Método Pominola


2 comentarios

Me rindo

Sí. Me rindo. Ya no puedo más.

Estoy cansada de luchar contra mí misma, de exigirme siempre más y más. De hacer todo pensando que “debería estar haciendo aquello o lo otro”. De no estar nunca satisfecha conmigo ni con mi vida. De vivir pendiente de lo que estarán pensando los demás, de lo que hacen, de si lo estaré haciendo bien o ellos lo hacen mejor. De si estaré rindiendo lo suficiente, lo máximo. De subirme el listón una y otra vez.

Estoy enferma otra vez. Físicamente, quiero decir. El cuerpo ya no da más de sí; se niega a seguir tirando. Y no le culpo. Llevo tanto tiempo maltratándolo, cargándolo de trabajo, que no me extraña que haya colapsado.

Vivo rodeada de listas de tareas pendientes. Ya no hago nada por diversión, por el mero hecho de disfrutar. Todo son obligaciones, trámites, deberes.

Mis hijos terminaron ayer el curso escolar. Y, como todos los años, trajeron una hoja de papel con la lista de tareas recomendadas para repasar durante las vacaciones de verano. Normalmente, en este papel se indica que se debe repasar diariamente durante una media hora. Pero el de ayer era diferente, y decía algo así como “Se debe esperar un largo período de tiempo  antes de empezar con las tareas de repaso. Los niños han realizado un gran esfuerzo y merecen un tiempo de  descanso”. Y me quedé pensando que yo también he realizado un gran esfuerzo. Y que también merezco un descanso. Pero tengo que darme permiso a mí misma para disfrutarlo.

Hoy he decidido hacerlo. Darme permiso. Me he hecho una lista de “tareas” para el verano:

– leer biografías y novelas

– dibujar “por gusto”

– escribir “por gusto”

– hacer el vago / perder el tiempo (conscientemente y sin sentirme culpable).

Vendré por aquí (o por el Bazar) si me apetece y tengo algo que compartir. Y si no vengo, no te preocupes; estaré bien. Descansando por primera vez en muchos años.

Anuncios


Deja un comentario

Maraña de mentiras

Llevo mucho tiempo mintiendo, ¿sabes? En la vida real y también aquí, en el blog.

Hoy vengo a contar toda la verdad.

fonte benemola

En Enero coincidí en el parque con una madre que acababa de llegar de otro país europeo con sus dos niños pequeños, y la mujer andaba entre emocionada por el cambio y horrorizada por los posibles problemas de adaptación de sus hijos.

Hablamos de formas de cocinar, del clima, del sistema educativo y de muchas cosas. Hablamos de costumbres, de tradiciones, de fiestas. De excursiones y lugares donde llevar a los niños. Y en aquel momento no me di cuenta, pero el mes pasado estuve recordando aquella conversación. O, más bien, algunas cosas que dije.

– A mí no me gusta la playa.

– Odio la feria, es un agobio.

– En semana santa no salgo de casa.

En resumen, me di cuenta de que parezco una “odia-todo”. O, por decirlo de otra manera, que no me gusta nada.

Y, pensándolo bien, resulta que no es cierto.

Sí que me gusta la playa, o más bien el mar. Lo que no me gusta es achicharrarme vuelta y vuelta junto a miles de personas.

De la feria me molesta el gentío.

De la semana santa, la muchedumbre.

Así que, a partir de ahora, diré que no me gustan las multitudes, sea cual sea el lugar donde se encuentren.

¿Y a qué viene todo esto? ¿Por qué me puse a pensar en una conversación sin importancia de varios meses atrás?

Porque el mes pasado hice algo que llevaba años sin hacer, algo que dije que no me gustaba.

Viajar.


1 comentario

La mujer perdida

el hombre solitario

Me comenta Rita Stone en una entrada anterior que se alegra de mi regreso, y del hecho de que haya regresado al lugar donde comencé. Y me quedo pensando que sí, que tiene razón, que todo comenzó aquí. Con el Método.

No sé porqué decidí que ya no quería seguir aquí, que debía “evolucionar” hacia algo más sofisticado, más complejo. Algo diferente, en definitiva.

Revisando las entradas del blog me doy cuenta de que hace ya casi un año de aquello (fue el 16 de Mayo de 2014 cuando me despedí). Y ahora vuelvo para decirte que estaba equivocada, confundida quizá, y que no tenía que inventar nada nuevo porque ya estaba en el lugar perfecto para mí. En mi hogar.

He andado perdida todo el último año, como un barco de papel a la deriva, dejándome llevar aquí y allá sin oponer resistencia. Esperando, simplemente, a ver qué ocurría, adónde me arrastraba el viento. Y me trajo de vuelta aquí.

*** El otro día hablaba de faros, ¿te acuerdas? Pues ayer me encontré con otro. Mira qué maravilla de dibujos

Éste es mi plan para el sábado:


Deja un comentario

De virus, faros y libros.

radiante

He escrito desde siempre (bueno, desde que me enseñaron a escribir). Me recuerdo desde niña siempre con cuadernos, diarios y papeles entre las manos; y aunque ha habido largos períodos de abandono, al final siempre vuelvo a caer. A escribir.

Desde primeros de año, cada pocas noches abro mi diario y escribo las mismas palabras:  “tengo que hacer algo”.  Luego me acuesto y me quedo pensando, en la oscuridad, en qué podría ser ese “algo”.

Una mañana me encontré con esto. Y me recordó a Edward Hopper, naturalmente, pero también pensé en el Bledchen Bazar. Durante días, sin ser consciente de ello, le di vueltas y vueltas a esas imágenes de casas blancas de madera, cielos radiantes y playas desiertas. Y empecé a sentirme mal, enferma, extenuada.

Gastroenteritis vírica, lo llaman, pero para mí fue casi una semana de pensar, leer, pensar y leer más, y seguir pensando. Y, sobre todo, darme cuenta de algunas cosas.

Leí Habitaciones cerradas, de Care Santos, y me di cuenta de cuánto echaba de menos mis historias de mujeres del Bazar.

Después leí Una tienda en París, de Màxim Huerta. Durante unas horas me olvidé de todo, y me prometí a mí misma que volvería a escribir con regularidad en cuanto me repusiera del dichoso virus.

El último día, cuando ya me encontraba casi bien del todo, me acordé de un libro que llevaba tiempo guardando “para cuando tuviera tiempo”. La verdad es que el título no me animaba a leerlo: Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven (de Albert Espinosa). Lo leí, no me gustó, pero me llamó la atención uno de los personajes y su relación con los faros. Creo que no lo he dicho nunca, pero estoy obsesionada con los faros, así como con los árboles desnudos, las puertas y las ventanas. No me preguntes el motivo (no tengo ni idea de cuál puede ser) pero los faros tienen para mí algo especial.

Unos días después, leyendo la prensa, me encontré esto y esto. Y me dije que no podía ser casualidad, que el Bazar me estaba llamando.


Deja un comentario

De vuelta en casa

Loulé1Llevo muchas semanas dándole vueltas a la idea de retomar el blog; pero, como todo lo que hago en mi vida, he intentado planificarlo y cuadricularlo al milímetro. Pensé que debería empezar con una entrada explicando qué fue lo que ocurrió con el Club, y sin embargo es tan sencillo como decir que murió por exceso de planificación.

El mes pasado estuve cuatro días en cama, con una gastroenteritis vírica que me dejó hecha un trapo; y aproveché para volver a leer tranquilamente, como hacía antes. Cuatro libros en cuatro días. Y ocurrió, como ha ocurrido tantas otras veces, que se me presentaron las señales tan claramente que no pude seguir ignorándolas. Señales en forma de faros, puertas, ventanas, libros y pedazos de papel. Tan intensas que parecen gritarme.

Si quieres que te cuente más, te espero mañana aquí mismo…


Deja un comentario

Como una cabra

cabras

Después de escribir la última entrada,donde te contaba la historia de Julia, me quedé mal. No por la historia, que ya no me impresiona demasiado por haberla sufrido yo durante años en carnes propias. No. Es que me llevé veinte minutos intentando terminar de escribirlo, darle el remate o la puntilla o como lo quieras llamar. Y no pude; escribí varios finales alternativos y los terminé descartando todos.

Pensé en algo así como “sólo tú puedes arreglar la situación, ponte las pilas” o “no va a venir nadie a sacarte las castañas del fuego”. O también algo del tipo “no te preocupes, hay esperanza para ti”.

El caso es que no me sale. No me sale decir esas cosas, porque yo NO SOY NADIE para ir por ahí diciéndolas; no sé cuál es tu situación ni lo que estás sufriendo ni nada. Y aun cuando lo supiera, tampoco me atrevería a darte soluciones ni recetas.

Como te decía al principio, me quedé mal; yo quería escribir una entrada “redonda” y no pude. Después me consolé pensando que, quizá, la historia de Julia le serviría a alguien para pensar en el tema y sacar sus propias conclusiones. Y dije “sí, eso es, escribiré entradas para hacer a la gente reflexionar”.

Pero tampoco me parece bien pasarme la vida filosofando en el blog hasta que te duela la cabeza… Y ahí ya me di cuenta de que estaba hecha un lío. Me propuse parar unos días para pensar en ello, a pesar de que tenía pendiente de escribir la historia de Cornelia Starr, la bebedora de lágrimas, para el bazar. “Que espere Cornelia. – pensé – Esto es más importante”.

Y pensé hasta ponerme de los nervios y no saqué nada en claro. Fui a leer otros blogs, y aprendí que debo publicar con regularidad para que la gente me siga. Que, sobre todo, debo publicar contenido de calidad, que a los lectores les resulte útil, porque si no, se irán a leer a otro lado.Y me encontré montones de posts de tipo “Por qué debes ducharte con frecuencia para sentirte bien” (es un ejemplo que me invento, quede claro). Y dicen cosas lógicas, y ciertas, y la gente comenta “yo me ducho por la mañana y empiezo el día de buen humor” o “yo prefiero ducharme por la noche, cuando llego del trabajo, porque me quedo muy relajada y duermo mejor”.

Bueno, pues ya tampoco sirvo para eso. O quizá es que no me entrenado lo suficiente.

Esta mañana, mientras planchaba, me vino otra vez el chorro de ideas; y conocí a Analía Babel, la mayor de las tres hermanas y la única que eligió bien. Me contó su historia mientras yo doblaba las prendas o las colgaba en los armarios.

Y entendí por fin. Comprendí que mi blog no tiene estrategia. No publico periódicamente, un día fijo, acerca de un tema concreto. Normalmente vengo, después de varios días de malestar, y me vacío aquí. Ordeno mis pensamientos, alivio mis desvaríos y sigo funcionando. Supongo que es una terapia que me ayuda a no terminar como las cabras de la foto.


3 comentarios

Dentro del laberinto

blancura

Sigo luchando a brazo partido contra mí misma para terminar el “Cómo se hizo el reto de los 122 días”. No sé porqué, pero en algún punto me he quedado atascada y no consigo avanzar; y no es que esté inmóvil, no. Llevo varios días dando vueltas como una rata dentro de un laberinto. Hay muchos trozos de queso, y quiero quedármelos todos. Así que avanzo un poco hacia uno de los trozos, y luego cambio de opinión y retrocedo y me voy a por otro.

Conclusión: un gran cansancio mental y ninguna tarea terminada. Mal humor. Irritabilidad.

Me levanto el lunes por la mañana pensando que la semana empieza fatal. Nublado, frío, sesión intensiva de gimnasio. Un drama, vaya. Y justo entonces, se oye una sirena y pasa a mi lado una ambulancia a toda velocidad. Se me quitan todas las tonterías de un golpe: el pasajero de la ambulancia sí ha empezado mal la semana. Yo sólo soy una pobre tonta que le da demasiadas vueltas a las cosas.

Luego, ya por la tarde, este cielo maravilloso.

cielo

Me acuesto deseando dormirme pronto, para que la cabeza deje de enredar; pero mientras espero a que venga el sueño, llega. LA IDEA.

Llega como una tromba, y aunque decido aparcarla hasta el día siguiente, ella no está dispuesta a esperar hasta entonces. Es Gertrudis Cooper, del Bledchen Bazar. Y me maravilla darme cuenta de cómo las piezas van encajando poco a poco, formando un todo completo en el que me voy reconociendo. El Bledchen Bazar fue una idea vaga que en ningún momento llegó a tomar forma definida; y aunque yo la creía estéril y sin futuro, ahora veo que era una pista. Un trocito de mí asomándose tímidamente al mundo.