Método Pominola


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Sólo cinco palabras

cinco palabras

Pasó por mi lado sin ni siquiera mirarme, y eso que nos conocemos desde hace varios años. No puede decirse que seamos amigas, pero solemos charlar cuando coincidimos en la puerta del colegio.

Pasó por mi lado como si no me viese, dejando tras de sí una marejada de pensamientos.

¿Qué pasa? ¿Por qué no me ha saludado siquiera? ¿En qué estaría pensando? ¿Le habrán dicho algo de mí? ¿Se habrá molestado por algo? ¿Un chisme, un rumor?

Las horas fueron pasando, pero los pensamientos no cesaban. Terminé agotada y un poco enfadada (conmigo misma, con ella). Sintiéndome bastante tonta, la verdad.

Por la tarde volví a verla, en el parque, sentada en un banco con su cuñada. Al pasar junto a ellas comprendí. Solamente cinco palabras; no necesité escuchar más. Se esfumaron el enfado, el cansancio, los pensamientos estúpidos.

Biopsia… Células alteradas… ¡Tanto miedo!

Cinco palabras y cambió todo. Ya sólo quedó tristeza.


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Señales en el cielo

señales en el cielo

No sé si a ti te ha pasado.

Te quedas embarazada, y cuando vas por la calle ves barrigas por todos lados.

Te rompes un hueso, y las calles se llenan de escayolas, férulas y vendajes.

Y piensas que son señales que te envía el universo.

Hace tiempo leí sobre este fenómeno, que en realidad no tiene nada de mágico. Es sólo que te encuentras en un estado más receptivo. Es decir, que no ha aumentado la cantidad de embarazadas y enyesados que deambulan por tu ciudad; es que ahora te fijas en ellos, cuando antes no les prestabas atención.

Una cosa que me pasa últimamente es que veo señales por todas partes. Como si el mundo me hablara (a veces susurrando, otras dando gritos), indicándome el camino a seguir.

Por ejemplo, escucho esta canción de Manolo García y es como si me hablara a mí:

Por respirar, por confiar de nuevo y volver a creer.

Por confiar, por respirar serena y saber esperar.

Renacerás. Será un regalo de tu propia fe.

Tu propia cuna la que has de mecer, cantando en la alborada.

Renacerás, si no te empeñas en querer sufrir.

Precioso tiempo tu vida ha de ser, preciosa perla rara.

(Que por cierto, ya quisiera yo que alguien me llamara preciosa perla rara).

La semana pasada una lectora (¡hola Maca!) me preguntó cómo continuaba la historia de Raquel Bledchen. Y me pilló por sorpresa, porque es un proyecto que lleva casi dos años parado. Parado y olvidado, en realidad, porque no había pensado en retomarlo. En su día me pareció una gran idea, lo empecé con muchas ganas pero su vida fue muy corta. Supongo que no era aquel su momento, y por eso no fructificó; pero ahora ha vuelto a mí, a los brazos amorosos de su madre, y he sentido la necesidad de continuarlo.

Raquel soy yo, en el fondo, y ahora que he salido del pozo no puedo dejarla a ella allí, entre tinieblas…

La semana que viene, si te pasas por el Bledchen Bazar, podrás conocer a Sinfonía Smith. ¡Te aseguro que no es una chica corriente!

 


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Reto de los 122 días: Día 120

Casi he llegado al final de este camino, que no es sino el comienzo de otro más largo y emocionante. Y ahora que se acaba mi reto, no puedo evitar mirar atrás; Septiembre se ve tan lejano que casi no se distingue.

En estos cuatro meses he aprendido muchas cosas, he descubierto otras que ni imaginaba y me he reencontrado a mí misma. Después de tantos años pensando que necesitaba un trabajo de oficina, una carrera universitaria y tantas otras cosas, me he dado cuenta de que mi felicidad es esto:

era esto

Es sencillo de comprender ahora, y da sentido a muchas cosas que no encajaban en mi vida, en mi trayectoria de los últimos años. Como si en algún momento me hubiera salido del camino, de mi camino, y hubiese seguido avanzando en una dirección equivocada sin darme cuenta.

Un día me detuve y me encontré en un lugar extraño en el que no deseaba estar, y tuve que preguntarme cómo había llegado hasta allí y porqué. Desandar el camino hasta el punto exacto en el que me salí de mi senda… Pero en realidad, no consiste en desandar; pues ya no vuelves a ser la misma de hace 10, 15 o 20 años. Es correr (o más bien gatear) campo a través, tropezando y cayendo, hasta encontrar la senda nuevamente. Has dado un rodeo enorme, te has perdido por retorcidos laberintos pero ya estás en tu sitio otra vez. En el lugar que reconoces como tuyo, en donde eres tú, tú de verdad.

Quizá no me explico bien. No sé. Es difícil poner en palabras (en pocas palabras) un recorrido triste y doloroso que ha durado varios años, pero no puedo ni quiero borrarlo porque es parte de mi vida. Ha contribuido a hacer de mí la persona que soy ahora.

Durante mucho tiempo me he sentido así:

en lo mas alto

Como un pájaro solitario en la cima del árbol contemplando (y a veces envidiando) las vidas de los demás. Poco a poco me vi atrapada en la autocompasión y el victimismo (lo que más he destestado en toda mi vida) y mi existencia se redujo a esto:

T3

Una rendija en la oscuridad desde la que se vislumbraban algunas luces lejanas, pero también muchos nubarrones negros y amenazantes. Y preferí quedarme agazapada en lo oscuro.

Pero esto ya te lo he contado muchas veces, y forma parte de mi pasado. Ahora se abre ante mí (ante ti también) un camino nuevo, cubierto por un cielo como éste:

glorioso

Ya ves que sigo obsesionada con el cielo y sus colores. Con los árboles desnudos (y ahora también con los “vestidos”). Creo que fue en primavera cuando escribí acerca de árboles desnudos y cielos grises… Sigo siendo la misma, pero al mismo tiempo he cambiado mucho.

 

Una última cosa: si vienes el día 1 de Enero, te contaré en qué consistirá mi próximo reto.


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Reto de los 122 días: Día 113

somnia ilusionis

Mi marido es de esas personas que aún conservan a sus amigos de la infancia. Un día, hablándome de uno de esos amigos, dijo: “Se hizo ingeniero agrónomo porque desde siempre le han gustado el campo y los árboles”.

Yo no entendí entonces que a alguien le pudieran gustar “los árboles” (así, en genérico) hasta el punto de estudiar una ingeniería. Y el tema del campo, siempre lo he visto como algo en plan “no, no me gusta mucho la playa, yo soy más de campo”. Yo misma lo he dicho muchas veces, aunque es mentira, para intentar justificar el pecado imperdonable de que no me guste la playa siendo de Cádiz (por cierto, tampoco me apasiona el carnaval).

No me gusta el campo porque soy muy cómoda, detesto los bichos y los insectos y en ninguna parte estoy mejor que en mi casa, como dijo Dorothy.

Todo este preámbulo es porque últimamente me pasa algo raro.

Sí, ya sé, te creíste que me había liado yo sola como otras veces, pero no.

Como iba diciendo, desde hace unas semanas me pasa algo extraño. No sé cómo empezó, supongo que fue gradual; pero ahora que lo pienso, quizá empezó con las gafas nuevas.

Pues eso. Que me gustan los árboles. No es sólo que me gusten, es que me quedo embobada mirándolos y observándolos y contemplando la forma hipnótica en que se balancean y mecen las ramas con la brisa. De siempre me han gustado más los árboles desnudos, pero ahora me entretengo en observar las formas curiosas que adoptan las hojas, sus colores cambiantes llenos de matices sutiles y cualquier pequeño detalle del tronco o las ramas. No es que vaya por ahí en plan “loca de los árboles” abrazándome a los troncos ni nada así. Es sólo que estoy más abierta a la observación, más atenta a los detalles que antes se me escapaban. Por eso creo que se debe a las gafas nuevas, aunque en el fondo sé que es algo más profundo que unas simples lentes.

Durante los últimos años me limité a sobrevivir, en lugar de vivir plenamente. Exceptuando el nacimiento de mis hijos, que lo recuerdo con asombrosa claridad,  los demás acontecimientos pasados se me presentan desvaídos y sin forma definida. Transité por ese trecho de mi vida sin fijarme en nada más que en mi propio dolor, acorazada ante todo lo externo, ignorante de tantas cosas que me rodeaban. Y ahora me siento como mis niños cuando eran bebés que comenzaban a descubrir el mundo; todo les resultaba llamativo, nuevo e interesante.

He estado varios días pensando en escribir sobre esto, pero me daba reparo. O vergüenza, más bien. Por si parecía que se me había ido un poco la olla. Yo misma lo pienso a veces. Pero cuando voy por la calle y me detengo ante un árbol para contemplar cómo se mueven sus ramas, no pienso “estoy loca”. Pienso “he estado muy perdida, pero por fin encontré mi camino”.