Método Pominola


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Sólo cinco palabras

cinco palabras

Pasó por mi lado sin ni siquiera mirarme, y eso que nos conocemos desde hace varios años. No puede decirse que seamos amigas, pero solemos charlar cuando coincidimos en la puerta del colegio.

Pasó por mi lado como si no me viese, dejando tras de sí una marejada de pensamientos.

¿Qué pasa? ¿Por qué no me ha saludado siquiera? ¿En qué estaría pensando? ¿Le habrán dicho algo de mí? ¿Se habrá molestado por algo? ¿Un chisme, un rumor?

Las horas fueron pasando, pero los pensamientos no cesaban. Terminé agotada y un poco enfadada (conmigo misma, con ella). Sintiéndome bastante tonta, la verdad.

Por la tarde volví a verla, en el parque, sentada en un banco con su cuñada. Al pasar junto a ellas comprendí. Solamente cinco palabras; no necesité escuchar más. Se esfumaron el enfado, el cansancio, los pensamientos estúpidos.

Biopsia… Células alteradas… ¡Tanto miedo!

Cinco palabras y cambió todo. Ya sólo quedó tristeza.

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Como una cabra

cabras

Después de escribir la última entrada,donde te contaba la historia de Julia, me quedé mal. No por la historia, que ya no me impresiona demasiado por haberla sufrido yo durante años en carnes propias. No. Es que me llevé veinte minutos intentando terminar de escribirlo, darle el remate o la puntilla o como lo quieras llamar. Y no pude; escribí varios finales alternativos y los terminé descartando todos.

Pensé en algo así como “sólo tú puedes arreglar la situación, ponte las pilas” o “no va a venir nadie a sacarte las castañas del fuego”. O también algo del tipo “no te preocupes, hay esperanza para ti”.

El caso es que no me sale. No me sale decir esas cosas, porque yo NO SOY NADIE para ir por ahí diciéndolas; no sé cuál es tu situación ni lo que estás sufriendo ni nada. Y aun cuando lo supiera, tampoco me atrevería a darte soluciones ni recetas.

Como te decía al principio, me quedé mal; yo quería escribir una entrada “redonda” y no pude. Después me consolé pensando que, quizá, la historia de Julia le serviría a alguien para pensar en el tema y sacar sus propias conclusiones. Y dije “sí, eso es, escribiré entradas para hacer a la gente reflexionar”.

Pero tampoco me parece bien pasarme la vida filosofando en el blog hasta que te duela la cabeza… Y ahí ya me di cuenta de que estaba hecha un lío. Me propuse parar unos días para pensar en ello, a pesar de que tenía pendiente de escribir la historia de Cornelia Starr, la bebedora de lágrimas, para el bazar. “Que espere Cornelia. – pensé – Esto es más importante”.

Y pensé hasta ponerme de los nervios y no saqué nada en claro. Fui a leer otros blogs, y aprendí que debo publicar con regularidad para que la gente me siga. Que, sobre todo, debo publicar contenido de calidad, que a los lectores les resulte útil, porque si no, se irán a leer a otro lado.Y me encontré montones de posts de tipo “Por qué debes ducharte con frecuencia para sentirte bien” (es un ejemplo que me invento, quede claro). Y dicen cosas lógicas, y ciertas, y la gente comenta “yo me ducho por la mañana y empiezo el día de buen humor” o “yo prefiero ducharme por la noche, cuando llego del trabajo, porque me quedo muy relajada y duermo mejor”.

Bueno, pues ya tampoco sirvo para eso. O quizá es que no me entrenado lo suficiente.

Esta mañana, mientras planchaba, me vino otra vez el chorro de ideas; y conocí a Analía Babel, la mayor de las tres hermanas y la única que eligió bien. Me contó su historia mientras yo doblaba las prendas o las colgaba en los armarios.

Y entendí por fin. Comprendí que mi blog no tiene estrategia. No publico periódicamente, un día fijo, acerca de un tema concreto. Normalmente vengo, después de varios días de malestar, y me vacío aquí. Ordeno mis pensamientos, alivio mis desvaríos y sigo funcionando. Supongo que es una terapia que me ayuda a no terminar como las cabras de la foto.


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Justo sobre tu cabeza

desolación

Hace un par de noches, volviendo a casa por la autopista, levanté la vista y ocurrió.

Durante mucho tiempo he ido por la vida mirando hacia abajo. Ya casi había olvidado lo maravilloso que es el cielo de noche, sobre todo en lugares remotos y poco iluminados. Me entretuve en contemplar las estrellas, aquellas tres que parecen estar tan juntitas y casi perfectamente alineadas, y que luego supe que forman parte de la constelación de Orión. Y el gran punto brillante que resultó ser Júpiter. Y tantas otras que se podían distinguir y cuyos nombres ignoro.

Estaba mirándolas y pensé en cuántos miles de personas las habrían contemplado antes que yo… Pensé en mis abuelos, que nacieron en pueblos de campo donde seguro que el cielo resultaba inmenso y sobrecogedor. Ellos, que ni siquiera sabían leer ni escribir, también miraron estas mismas estrellas sin conocer sus nombres.

Y sus padres antes que ellos, y sus abuelos aún antes. Y todos los que les antecedieron. Era el mismo cielo, los mismos puntos brillantes, la misma luna. Me sentí conectada de alguna manera con ellos, con todos ellos, sin haberlos siquiera conocido. ¿Qué pensarían cuando contemplaban esas estrellas?

Quizá al hacerse adultos perdieron la costumbre de levantar la mirada, como me ocurrió a mí. La vida era dura, el trabajo agotador, había muchas bocas que alimentar y poco tiempo para soñar. Pero antes de eso, antes de que la vida les aplastara, estoy segura de que muchas veces se quedaron mirando el cielo. Soñando despiertos, haciendo planes para el futuro, imaginando. Quizá rezaban, o pedían deseos. No lo sé.

Durante un momento me sentí parte de algo, de un algo grande y poderoso que comenzó hace miles  (millones)  de años y se mueve lenta pero inexorablemente. Me sentí diminuta. Y no me gustó.


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Reto de los 122 días: Día 120

Casi he llegado al final de este camino, que no es sino el comienzo de otro más largo y emocionante. Y ahora que se acaba mi reto, no puedo evitar mirar atrás; Septiembre se ve tan lejano que casi no se distingue.

En estos cuatro meses he aprendido muchas cosas, he descubierto otras que ni imaginaba y me he reencontrado a mí misma. Después de tantos años pensando que necesitaba un trabajo de oficina, una carrera universitaria y tantas otras cosas, me he dado cuenta de que mi felicidad es esto:

era esto

Es sencillo de comprender ahora, y da sentido a muchas cosas que no encajaban en mi vida, en mi trayectoria de los últimos años. Como si en algún momento me hubiera salido del camino, de mi camino, y hubiese seguido avanzando en una dirección equivocada sin darme cuenta.

Un día me detuve y me encontré en un lugar extraño en el que no deseaba estar, y tuve que preguntarme cómo había llegado hasta allí y porqué. Desandar el camino hasta el punto exacto en el que me salí de mi senda… Pero en realidad, no consiste en desandar; pues ya no vuelves a ser la misma de hace 10, 15 o 20 años. Es correr (o más bien gatear) campo a través, tropezando y cayendo, hasta encontrar la senda nuevamente. Has dado un rodeo enorme, te has perdido por retorcidos laberintos pero ya estás en tu sitio otra vez. En el lugar que reconoces como tuyo, en donde eres tú, tú de verdad.

Quizá no me explico bien. No sé. Es difícil poner en palabras (en pocas palabras) un recorrido triste y doloroso que ha durado varios años, pero no puedo ni quiero borrarlo porque es parte de mi vida. Ha contribuido a hacer de mí la persona que soy ahora.

Durante mucho tiempo me he sentido así:

en lo mas alto

Como un pájaro solitario en la cima del árbol contemplando (y a veces envidiando) las vidas de los demás. Poco a poco me vi atrapada en la autocompasión y el victimismo (lo que más he destestado en toda mi vida) y mi existencia se redujo a esto:

T3

Una rendija en la oscuridad desde la que se vislumbraban algunas luces lejanas, pero también muchos nubarrones negros y amenazantes. Y preferí quedarme agazapada en lo oscuro.

Pero esto ya te lo he contado muchas veces, y forma parte de mi pasado. Ahora se abre ante mí (ante ti también) un camino nuevo, cubierto por un cielo como éste:

glorioso

Ya ves que sigo obsesionada con el cielo y sus colores. Con los árboles desnudos (y ahora también con los “vestidos”). Creo que fue en primavera cuando escribí acerca de árboles desnudos y cielos grises… Sigo siendo la misma, pero al mismo tiempo he cambiado mucho.

 

Una última cosa: si vienes el día 1 de Enero, te contaré en qué consistirá mi próximo reto.


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Reto de los 122 días: Día 113

somnia ilusionis

Mi marido es de esas personas que aún conservan a sus amigos de la infancia. Un día, hablándome de uno de esos amigos, dijo: “Se hizo ingeniero agrónomo porque desde siempre le han gustado el campo y los árboles”.

Yo no entendí entonces que a alguien le pudieran gustar “los árboles” (así, en genérico) hasta el punto de estudiar una ingeniería. Y el tema del campo, siempre lo he visto como algo en plan “no, no me gusta mucho la playa, yo soy más de campo”. Yo misma lo he dicho muchas veces, aunque es mentira, para intentar justificar el pecado imperdonable de que no me guste la playa siendo de Cádiz (por cierto, tampoco me apasiona el carnaval).

No me gusta el campo porque soy muy cómoda, detesto los bichos y los insectos y en ninguna parte estoy mejor que en mi casa, como dijo Dorothy.

Todo este preámbulo es porque últimamente me pasa algo raro.

Sí, ya sé, te creíste que me había liado yo sola como otras veces, pero no.

Como iba diciendo, desde hace unas semanas me pasa algo extraño. No sé cómo empezó, supongo que fue gradual; pero ahora que lo pienso, quizá empezó con las gafas nuevas.

Pues eso. Que me gustan los árboles. No es sólo que me gusten, es que me quedo embobada mirándolos y observándolos y contemplando la forma hipnótica en que se balancean y mecen las ramas con la brisa. De siempre me han gustado más los árboles desnudos, pero ahora me entretengo en observar las formas curiosas que adoptan las hojas, sus colores cambiantes llenos de matices sutiles y cualquier pequeño detalle del tronco o las ramas. No es que vaya por ahí en plan “loca de los árboles” abrazándome a los troncos ni nada así. Es sólo que estoy más abierta a la observación, más atenta a los detalles que antes se me escapaban. Por eso creo que se debe a las gafas nuevas, aunque en el fondo sé que es algo más profundo que unas simples lentes.

Durante los últimos años me limité a sobrevivir, en lugar de vivir plenamente. Exceptuando el nacimiento de mis hijos, que lo recuerdo con asombrosa claridad,  los demás acontecimientos pasados se me presentan desvaídos y sin forma definida. Transité por ese trecho de mi vida sin fijarme en nada más que en mi propio dolor, acorazada ante todo lo externo, ignorante de tantas cosas que me rodeaban. Y ahora me siento como mis niños cuando eran bebés que comenzaban a descubrir el mundo; todo les resultaba llamativo, nuevo e interesante.

He estado varios días pensando en escribir sobre esto, pero me daba reparo. O vergüenza, más bien. Por si parecía que se me había ido un poco la olla. Yo misma lo pienso a veces. Pero cuando voy por la calle y me detengo ante un árbol para contemplar cómo se mueven sus ramas, no pienso “estoy loca”. Pienso “he estado muy perdida, pero por fin encontré mi camino”.


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Reto de los 122 días: Día 101

Construyó un pequeño mundo a su medida, cómodo y seguro, y lo cubrió con una campana de cristal.

Allí vivió durante años, muchos años, sin sufrir el menor contratiempo. Nunca tuvo un fracaso, porque jamás intentó nada. Nadie la traicionó, hirió ni decepcionó; porque en su campana no entraba persona alguna.

Su vida entera fue tranquila y apacible, sin altibajos ni sobresaltos. Y cuando llegó al final de su camino, pensó que sería buena idea salir de la campana para ver un poco de mundo. Temía morir sin haber vivido.

Golpeó el cristal con todas sus fuerzas. Una, dos, cientos de veces. El vidrio se había endurecido con el paso de los años y ella no tenía apenas fuerza; su vida había sido tan suave y relajada …

Por fin alguien pasó cerca de la campana, y la encontró muerta sobre la hierba. Tenía las manos destrozadas y cubiertas de sangre. La campana se veía intacta: su refugio convertido en prisión. Una tumba.

la campana de cristal