Método Pominola


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La mujer perdida

el hombre solitario

Me comenta Rita Stone en una entrada anterior que se alegra de mi regreso, y del hecho de que haya regresado al lugar donde comencé. Y me quedo pensando que sí, que tiene razón, que todo comenzó aquí. Con el Método.

No sé porqué decidí que ya no quería seguir aquí, que debía “evolucionar” hacia algo más sofisticado, más complejo. Algo diferente, en definitiva.

Revisando las entradas del blog me doy cuenta de que hace ya casi un año de aquello (fue el 16 de Mayo de 2014 cuando me despedí). Y ahora vuelvo para decirte que estaba equivocada, confundida quizá, y que no tenía que inventar nada nuevo porque ya estaba en el lugar perfecto para mí. En mi hogar.

He andado perdida todo el último año, como un barco de papel a la deriva, dejándome llevar aquí y allá sin oponer resistencia. Esperando, simplemente, a ver qué ocurría, adónde me arrastraba el viento. Y me trajo de vuelta aquí.

*** El otro día hablaba de faros, ¿te acuerdas? Pues ayer me encontré con otro. Mira qué maravilla de dibujos

Éste es mi plan para el sábado:

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De virus, faros y libros.

radiante

He escrito desde siempre (bueno, desde que me enseñaron a escribir). Me recuerdo desde niña siempre con cuadernos, diarios y papeles entre las manos; y aunque ha habido largos períodos de abandono, al final siempre vuelvo a caer. A escribir.

Desde primeros de año, cada pocas noches abro mi diario y escribo las mismas palabras:  “tengo que hacer algo”.  Luego me acuesto y me quedo pensando, en la oscuridad, en qué podría ser ese “algo”.

Una mañana me encontré con esto. Y me recordó a Edward Hopper, naturalmente, pero también pensé en el Bledchen Bazar. Durante días, sin ser consciente de ello, le di vueltas y vueltas a esas imágenes de casas blancas de madera, cielos radiantes y playas desiertas. Y empecé a sentirme mal, enferma, extenuada.

Gastroenteritis vírica, lo llaman, pero para mí fue casi una semana de pensar, leer, pensar y leer más, y seguir pensando. Y, sobre todo, darme cuenta de algunas cosas.

Leí Habitaciones cerradas, de Care Santos, y me di cuenta de cuánto echaba de menos mis historias de mujeres del Bazar.

Después leí Una tienda en París, de Màxim Huerta. Durante unas horas me olvidé de todo, y me prometí a mí misma que volvería a escribir con regularidad en cuanto me repusiera del dichoso virus.

El último día, cuando ya me encontraba casi bien del todo, me acordé de un libro que llevaba tiempo guardando “para cuando tuviera tiempo”. La verdad es que el título no me animaba a leerlo: Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven (de Albert Espinosa). Lo leí, no me gustó, pero me llamó la atención uno de los personajes y su relación con los faros. Creo que no lo he dicho nunca, pero estoy obsesionada con los faros, así como con los árboles desnudos, las puertas y las ventanas. No me preguntes el motivo (no tengo ni idea de cuál puede ser) pero los faros tienen para mí algo especial.

Unos días después, leyendo la prensa, me encontré esto y esto. Y me dije que no podía ser casualidad, que el Bazar me estaba llamando.