Método Pominola


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El viaje de Pominola – El retorno

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Hace una eternidad que no vengo por aquí, ya lo sé. No he tenido ganas de escribir, la verdad, y si vengo hoy es porque tengo algo importante que mostrar.

El mes pasado volvió a mis manos el libro viajero, y desde entonces estoy queriendo publicar sus páginas. Y hoy, por fin, aquí están:

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Como veis, hay de todo. ¡Si hasta ha participado una gata! 😛

Aunque el proyecto no salió como yo esperaba (qué cosa tan tonta son las expectativas) creo que el resultado ha sido mucho mejor de lo que habría podido imaginar siquiera. Os agradezco muchísimo a todos los participantes (hombres, mujeres y gatas) que os hayáis tomado el tiempo y el trabajo de dejar un trozo de vosotros en mi libro. Ha sido una experiencia preciosa que sin duda repetiré, así que espero poder contar con vosotros en el futuro.

Todas las mascotas serán bienvenidas.

** Hay una persona que aún no me ha contestado para autorizarme (o no) a publicar sus páginas, de modo que no las he puesto.


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El viaje de Pominola

El viaje de Pominola es mi nuevo proyecto; y, a diferencia del Reto de los 122 días, no lo voy a hacer yo sola. Lo voy a hacer contigo.

Ya te hablé  en esta entrada de mi pasión por el correo postal y las cartas manuscritas. Quiero recuperar esa emoción, y quiero que tú también la sientas. Ese es el motivo por el que te propongo participar en el Viaje.

¿Quieres saber de qué se trata?  Entra.


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A veces recibo cartas…

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Hace un par de meses leí esta noticia explicando que en Canadá va a desaparecer la figura del cartero que entrega el correo a domicilio, y me dio mucha pena porque yo tengo una relación de amor de muchos años con las cartas manuscritas.

Me parece que era en El Pequeño País, y yo tendría nueve o diez años. Cada fin de semana publicaban los datos de varios niños (y niñas, para ser políticamente correctos) que querían hacer amigos por correspondencia.

Como yo siempre estaba escribiendo por aquel entonces, mi padre me preguntó si me interesaba cartearme con alguno; yo acepté, claro.

Empecé a escribirle cartas a una niña de Sevilla que tenía dos hermanas menores, y enseguida ellas se encapricharon y tuve que escribirles también. Como se pasaban mis cartas de unas a otras, me pidieron que escribiera tres cartas diferentes y las enviara en el mismo sobre; pero yo solía recibir tres cartas prácticamente iguales.

Más tarde empecé a escribirle a Natalia, de Madrid, que un día se presentó por sorpresa en casa de mis padres para conocerme en persona. Y ahí terminó mi relación con ella, porque me tomé fatal aquella “intromisión”.

Estando ya en la universidad supe (no recuerdo cómo) de un club internacional llamado PenFriend (acabo de buscarlo en google, y todavía existe). Rellenabas un formulario con tus datos personales, tus gustos y aficiones y te enviaban una lista de posibles candidatos. Me pareció gracioso el detalle de que no pusieran en contacto a personas de distinto sexo y estado civil: yo, que era una mujer soltera, no podía recibir contactos de hombres casados.

A través de este club conocí a más de 20 personas, hombres y mujeres, de toda Europa. Durante años mantuve correspondencia regular con sólo dos de ellos: un chico lituano que se hizo médico anestesista y trabaja en un hospital francés, y mi amiga Sonia, que es alemana. Con ella todavía intercambio cartas manuscritas, a pesar de que tenemos los números de móvil y las direcciones de correo electrónico por si surge alguna emergencia.

Sé que es una tontería sentimental. Que estamos en el siglo XXI, rodeados de tecnología por todos lados, y que el correo postal es lento y poco eficiente comparado con el correo electrónico. Pero a mí me emociona todavía recibir una carta manuscrita. Me gusta oír el sonido de la moto del cartero cuando se detiene bajo mi ventana, y mientras llama (o no) a mi puerta, tengo un cosquilleo en el estómago.

La emoción cuando sacas la carta del buzón y la abres con cuidado, mientras te acomodas para leerla, no tiene nada que ver con una fría pantalla que te anuncia “X mensajes recibidos”. Ves la carta y por la letra ya sabes si se ha escrito deprisa, mientras el niño pequeño dormía la siesta, o en un lugar incómodo para aprovechar un rato muerto durante el entrenamiento de tenis de la mayor.

Me gusta recibir cartas, pero también escribirlas; sentarme cómodamente con un café y vaciarme lentamente en el papel blanco, una página tras otra. Tiene algo de terapia, o tal vez mucho. En ocasiones me he sorprendido de las cosas que he llegado a escribir a alguien a quien no había visto nunca, y que estaba al otro lado del mundo. Porque escribir cartas es algo íntimo, y cuando lo haces a veces te olvidas de que hay alguien que las va a leer. Te olvidas (a mí me pasa) de que no estás escribiendo en tu diario…

Cuando comencé mi proyecto de “reconstrucción ” personal, hice una lista de todas las cosas que me gustaban y que había dejado de hacer. Leer, pintar. dibujar. También escribir. Escribir cartas.

Es una de las que aún no he retomado; aunque Sonia y yo nos seguimos escribiendo, con frecuencia se pasan varios meses entre carta y carta. Y las páginas se llenan de disculpas, de explicaciones (la niña se puso enferma, mi marido tiene problemas en el trabajo, mi madre estuvo en el hospital…).

Últimamente he pensado mucho en ello. En la manera de recuperar la correspondencia manuscrita, la emoción, el timbrazo del cartero y todo lo demás. Y la he encontrado: se llama EL VIAJE DE POMINOLA y muy pronto sabrás de qué se trata.