Método Pominola


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Visiones de otro mundo

las hojas de Alfredo

 

Mi tío Alfredo llevaba meses padeciendo continuos mareos y fuertes dolores de cabeza, y tras dos caídas y unas pocas pruebas le diagnosticaron un tumor cerebral, pequeño y operable.

La cirugía fue perfecta, de modo que Alfredo se sintió físicamente bien en el postoperatorio, alegre y animado. El cirujano le advirtió que, tras la operación, durante unos días habría algo de inflamación en la zona del cerebro intervenida, y que quizá notaría algunos efectos extraños. No le dijo cuáles, porque no eran los mismos para todos los pacientes, pero le advirtió que no debía preocuparse porque era algo normal y transitorio.

Por la tarde, mientras mi madre y yo le visitábamos, quiso levantarse a estirar un poco las piernas; de modo que le cogimos cada una de un brazo y salimos a pasear por los pasillos del hospital. Mi madre y yo caminábamos despacio, acoplándonos a su ritmo; él pisaba con mucha atención, mirando fijamente las baldosas del suelo.

– ¡Qué barbaridad! – dijo de pronto, dando fuertes pisotones con sus zapatillas – ¡Qué cantidad de hojas secas! ¿Cómo es que no viene nadie a recogerlas? Alguien podría resbalar y caerse. – y pateaba las imaginarias hojas secas, indignado.

Mi madre y yo nos miramos, sorprendidas; pero no dijimos nada y seguimos andando llevándole de los brazos. Durante unos minutos hablaron de cosas sin importancia, y al girar en una esquina del pasillo, Alfredo se quedó mirando fijamente una pared blanca.

– Mira – le dijo a mi madre – ya están colocando los travesaños. En cuanto estén terminadas las vías, podrán circular los trenes. Parece que los trabajadores se están afanando mucho para terminar pronto… Ese travesaño parece que pesa mucho…

Mi madre le dijo que sí, que parecía pesar mucho y que debía de ser un trabajo muy duro.

Alfredo estaba cansado, así que regresamos a la habitación y le acomodamos en la cama. No volvimos a hablar de hojas secas ni de las vías del tren, pero yo no podía dejar de pensar en ello. Me parecía increíble (perturbador y a la vez fascinante) la forma como el cerebro le estaba engañando, mostrándole cosas que no estaban allí realmente. Visiones de otro mundo, imágenes que quizá había registrado en otro tiempo y que estaban almacenadas en algún lugar recóndito.

Su mente racional podría haberse negado a aceptarlas, dándose cuenta de que no eran reales, sino simples alucinaciones; pero eran tan claras las imágenes, tan vívidas, que le parecía imposible que fueran un engaño. Según nos dijo luego, incluso podía oír el crujido de las hojas al pisarlas.

Tu mente te engaña también con frecuencia. Cuando te dice que eres demasiado tonta, demasiado vieja o demasiado gorda para conseguir lo que quieres. Cuando te recuerda todos los errores pasados y te dice que no puedes hacer las cosas bien. Cuando te caes en un hoyo y te dice que nunca vas a salir de él.

Mentira, todo mentira. Como las hojas secas y los travesaños de Alfredo. Lo ves claro y diáfano, nítido y real. Pero no lo es.


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La mala madre

la mala madre

Sí, soy mala madre, ¿qué pasa?

 

Sería a principios de 2011, porque mi hijo iba a cumplir un año y la niña tenía casi cinco. Llevábamos meses sin salir con nadie, y mi marido se quejaba de que no teníamos vida social; de modo que acepté ir a comer con otras dos parejas para no tener que escuchar reproches.

Vinieron Luis y Alicia, con su niña de pocos meses, y un amigo de mi marido con su mujer y su niño, de un año y pico. A Luis lo conozco desde mis tiempos de instituto, así que enseguida empezamos a charlar para ponernos al día. Recuerdo que me preguntó: “¿Y qué es de tu vida?”.

“Mi vida se terminó cuando nació mi hija”.

Se lo dije así, con amargura, porque mi vida entonces rezumaba amargura por todos lados. En aquel momento me sentía así, absorbida y anulada completamente por mis hijos; no era consciente de tener una vida propia, mía, separada de la de ellos. Creo que la palabra exacta es alienación, que según el diccionario es un “estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad”.

Así me sentía yo, y si lo dije fue por desahogarme; pero todos me miraron fatal. Cuando se habla con una madre de hijos pequeños, normalmente se espera que te diga que se siente plena y realizada y perfectamente dichosa. Es la respuesta correcta.

No volvieron a preguntarme nada más; pero al cabo de un rato, en voz muy baja, Alicia me confesó que estaba siendo muy difícil, que no se encontraba bien.

“No pensé que sería tan absorbente…ni siquiera puedo ducharme con tranquilidad”.

Meses después, supe que Alicia había estado en tratamiento por una depresión posparto.

 

Recordé todo esto al ver en televisión una noticia sobre Madeleine McCann, la niña desaparecida en el Algarve portugués en 2007. Seguro que conoces este caso, porque fue muy difundido en su momento.

Se sospechó de los padres, y especialmente de la madre; y uno de los “argumentos” para estas sospechas era el diario que la madre escribía. En este diario, la madre se quejaba de la intensa actividad de la niña y de sus dos hermanos pequeños, y se mostraba agotada y desbordada por el cuidado de los hijos. Se quejaba también de que el padre no se implicaba como ella y que incluso se iba a jugar al tenis mientras ella se quedaba en casa a cargo de los tres niños.

En ese momento yo sólo tenía a mi hija, que además era muy pequeña, y no supe comprender el verdadero alcance de la desesperación de esta mujer. Ahora estoy convencida de que escribió esas palabras allí porque necesitaba decirlas pero no se atrevía a hablar con nadie.

Si dices esas cosas, te miran mal. Incluso te reprenden. Una vez fui recriminada por otra madre, que hace poco me ha confesado que ella se sentía igual que yo. Pero si lo reconocía, si me daba la razón, era como admitir que era una mala madre.

Yo soy mala madre y lo digo así.

Soy mala madre porque no quiero ser un apéndice de mis hijos. Quiero tener tiempo para mí, dedicarme egoístamente a mis asuntos sin niños que griten y bailen a mi alrededor. Quiero seguir siendo yo, no “la madre de”.

Quiero que la maternidad me convierta en una mejor versión de mí misma, no en una versión limitada.

A lo mejor, al leer esto, piensas que no quiero a mis hijos. No es cierto; los quiero más que a nada en el mundo. Pero, ¿sabes una cosa? También me quiero a mí. ¿Significa esto que soy una mala madre?

 


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¿Cuánto vale un boli?

un boli

Si te pregunto cuánto cuesta un bolígrafo, me dirás que depende; del tipo, de la marca, de la tienda donde lo compres. Pero, si te pregunto cuánto vale, ¿qué me dirás?

 

Mis bisabuelos emigraron a Cuba a principios del siglo XX, y permanecieron allí durante varias décadas. Es por eso que tengo familiares nacidos y criados en ese país, aunque ya ninguno vive allí. Se fueron marchando a distintos lugares donde soñaban con vivir mejor. Mercedes es una de ellas, es prima de mi padre y vive desde hace mucho en Florida, en los Estados Unidos. Hace unos años quiso viajar a Cuba para ver cómo había cambiado su país natal. En el aeropuerto tomó un taxi para desplazarse a la ciudad, y como el recorrido era largo tuvo tiempo de sobra para charlar con el taxista. Cuando finalmente se detuvieron, ella abrió su bolso para pagar el importe de la carrera; y el taxista le dijo algo que la dejó estupefacta:

“¿No tendrá usted un bolígrafo de sobra? Es para mi hija, ¿sabe?  Está en el instituto y es muy buena estudiante, quiere ir a la universidad. Pero claro, yo no puedo comprarle un  bolígrafo y ella sufre porque tiene que presentar los trabajos a lápiz, y dice que así no quedan tan bien”.

Mercedes no podía dar crédito a lo que oía; rebuscó en el bolso y encontró dos o tres bolígrafos de esos publicitarios, que son más bien malos y a veces tiramos sin usar ni una vez. Se los dio al hombre sintiéndose abochornada por el agradecimiento que él le mostró; tanta gratitud por algo que para ella no valía nada, que le habían regalado por la calle o en la cola del supermercado.

 

Ahora te pregunto:  ¿cuánto vale un bolígrafo?

Depende.

Depende del lugar del mundo en el que estés.

 

 

 


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Psicología del champú

champú

A primera vista se puede pensar que nada tienen que ver la psicología y la peluquería; pero lo cierto es que cualquier negocio o actividad que requiera de contacto directo con el público necesita una buena dosis de psicología.

Hace varios meses tuve que ir a la peluquería porque el matojo que tengo por cabellera ya era ingobernable; de modo que pedí cita a la hora de comer, como hago siempre, para que mis niños se quedaran con su padre mientras yo me adecentaba. Visito la peluquería cada tres o cuatro meses, así que cuando voy es como si fuera fiesta. Me gusta cerrar los ojos y pensar en mis cosas mientras me masajean el cráneo con energía.

Pues  bien, esta última vez fue imposible. La peluquera se empeñó en darme conversación y ofrecerme revistas del corazón, que yo rechazaba repetidamente. Al final, suponiendo que me aburría, trajo una revista y me la dejó en el regazo.

Me preguntó por mi salud, por mis hijos, por el clima, por mi comunidad de vecinos, por el colegio de mi hija, y finalmente terminó contándome quién le iba a coser su traje de flamenca para la feria.

Salí de allí medio mareada por la cháchara de aquella mujer, que de buen seguro sólo quería ser agradable y distraerme un poco. Pero, ¿acaso no se dio cuenta de que yo no quería que me distrajera? He ido a esa peluquería los últimos 7 años, y siempre me he comportado de la misma forma; pero la peluquera todavía no se ha dado cuenta. O quizá ha supuesto que a mí me gusta lo mismo que a ella; probablemente le encanta charlar mientras le arreglan el pelo.

Hace unas semanas decidí que ya me tocaba volver a la peluquería, pero me daba una pereza horrible regresar allí. Así que me metí en un local nuevo, muy pequeñito, donde trabaja una sola persona. Me preguntó qué quería, se lo expliqué y lo entendió enseguida. Se puso a trabajar, hizo un par de intentos de charlar pero debió de darse cuenta de que yo no tenía ganas de conversación. Cerré los ojos y ya no volvimos a hablar hasta que hubo terminado.

Salí encantada de allí, sabiendo que volvería. Y estaba pensando en ello cuando recordé esta entrada del blog de Andrés Pérez Ortega. Es uno de los muchos blogs que conocí cuando buscaba información sobre coaching, autoconocimiento y desarrollo personal. Y es el único que he seguido visitando, porque aporta información útil en lugar de montones de manidos consejos.

 

Hay cosas que son de sentido común, que se observan a simple vista; pero tienes que tomarte el tiempo y la molestia de observar. ¿Por qué una madre de la clase de mi hija me pide que le firme una propuesta para presentar en el consejo escolar? Porque no se ha tomado la molestia de averiguar qué opino yo del tema; de otro modo, sabría que yo he cambiado a mi hija de clase precisamente por no estar de acuerdo con el contenido de dicha propuesta.

¿Tan difícil es salir un momento de nosotros mismos e intentar saber qué opinan y sienten los demás?

 


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Vivir sin objetivo

jessica fletcher

Soy fan absoluta de Jessica Fletcher desde hace años. Por una parte, por motivos sentimentales (los primeros años veía los episodios con mi madre y mi hermana, comentándolos e intentando resolver los crímenes).

Por otro lado, me encanta el personaje por algunos de los rasgos de su personalidad. Por ejemplo, es asertiva; no tiene miedo de decir que algo no le gusta o no le parece bien. Con educación pero con firmeza.

Además es positiva, entusiasta, trabajadora… El caso es que tengo todos los episodios en DVD, y en uno de los últimos discos se incluyen algunos extras. Entre ellos hay una entrevista con Angela Lansbury, la actriz que interpreta a Jessica, y le preguntan acerca de la evolución de la serie y del personaje durante los 12 años que duró. Tuvo muchísimo éxito y la veían millones de espectadores, muchos de ellos personas de la tercera edad que vivían en residencias de ancianos.

Angela explica que habló con los responsables de la serie y les dijo algo así como: “Jessica no puede seguir como una paleta de pueblo montando en bici, haciendo tartas de manzana  y vistiendo jerséis enormes de lana. No podemos enviar ese mensaje a las personas mayores que ven la serie. Tienen que darse cuenta de que pueden hacer muchas más cosas”.

Y a partir de entonces fue cuando Jessica empezó a pasar temporadas en un apartamento en Nueva York, a asistir a fiestas y a cócteles, a frecuentar el teatro, a impartir clases en la universidad.

Últimamente me doy cuenta del peligro de vivir sin objetivos, sobre todo cuando te haces mayor. Mi madre (y muchas mujeres de su edad) consagraron su vida entera a ocuparse de la casa y de los hijos; y cuando los hijos se van de casa (por tarde que sea) se quedan sin nada que hacer.

Mi tía Irene tiene más de 80 años y asiste a clases de alfabetización. Nació en el campo y apenas fue al colegio; luego se casó, tuvo dos hijos y empezó a vivir la vida a través de ellos. Los estudios, la búsqueda de empleo, el matrimonio, los niños…  Cuando se quedó viuda, podría haberse quedado en casa viendo la televisión; pero en lugar de eso, se inscribió al curso de alfabetización. Su hermana Manuela opina que es una tontería y una pérdida de tiempo, pues con esa edad es evidente que no va a aprender álgebra, por decir algo. Pero mientras Manuela dice no tener ganas de vivir y  que no le queda nada por lo que levantarse por las mañanas, Irene resuelve afanosamente sus sumas en el cuaderno de cuadros que le compró su hijo.

Manuela se acuesta pensando que mañana sería un día más, igual al anterior y al posterior. Irene se duerme  ilusionada pensando que quizá mañana sea el día en que hará el dictado sin cometer una sola falta. ¿A ti te parece que es una tontería?

 

 


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Mirando la luna

mirando la luna

Durante los últimos años, he perdido demasiado tiempo mirando la luna. No en sentido literal; quiero decir que he perdido demasiado tiempo mirando lo que hacían y conseguían los demás.

En mis momentos más bajos, miraba a los demás en busca de inspiración; deseando encontrar algo que me arrancara de mi parálisis, un chispazo que me hiciera reaccionar. Pero cuanto más miraba, más me hundía en el fango.

Luego seguí mirando para regodearme en mi propia “desgracia”. Miraba para confirmar que, efectivamente, todos hacían cosas (interesantes, útiles, atractivas) excepto yo.

Recuerdo una noche en que me sentía especialmente mal, y me dio por buscar en google los nombres de mis antiguos compañeros de instituto. Muchos no aparecían. Pero la encontré a ella.

Ella, llamémosla Susana, era la chica más popular del instituto. No digo popular en plan peli americana, de niña mona con pompones del equipo de animadoras. No. Popular de verdad.

Susana era de ese tipo de personas que gusta a los padres, a los profesores y a los alumnos, tanto chicas como chicos. Era alegre, simpática, generosa. Era la primera de su clase, pero nadie la llamaba empollona; porque tenía demasiados intereses para pasarse la vida encerrada estudiando.

Hacía teatro, practicaba varios deportes y colaboraba en un programa de ayuda a niños de zonas marginales. No sé cómo era su cara de enfado, porque jamás la vi; sonreía siempre.

Encontré su nombre en google, y también varias fotos (todas sonrientes). Tiene un blog, colabora con distintas asociaciones, ha publicado varios libros, imparte talleres por todo el país y sigue trabajando con niños con problemas.

Mirando las fotos me di cuenta de que no era tan distinta de mí. Era una mujer normal, madre de varios niños pequeños, que había decidido hacer cosas desde que era muy joven. Y las hacía, sin más.

 

Esta historia no tiene moraleja. Quisiera poder decir que descubrí qué era lo que hace a Susana tan especial, tan atractiva para todos. Pero no creo que ni ella misma lo sepa, y seguro que tampoco le importa. Susana es la luna, y los demás tan solo la miramos. ¿Qué le importa a la luna si alguien la mira?

 

 


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La manera correcta de hacer las cosas

beso1

Éramos amigas desde el instituto. A los pocos meses de casarse, me invitó a su casa a merendar; llevábamos un rato charlando cuando su marido se marchó a trabajar. Aproveché para preguntarle qué tal se apañaban con las tareas domésticas, porque los dos trabajaban bastantes horas fuera de casa.

– Bien, bastante bien. Pero al principio fue un poco complicado, porque tuve que enseñarle a hacer las cosas. Llevaba varios años en un piso de soltero, pero no sabía ni fregar los platos; ¿te lo puedes creer?

– ¿No sabía?

– Bueno, él fregaba, claro. Pero no de la forma correcta. Ya sabes, como lo hace todo el mundo… Pones el tapón del fregadero, lo llenas de agua y metes los platos para fregarlos… Lo normal, vamos. Pues él no: lavaba los platos debajo del chorro del grifo.

Yo no dije nada; estaba conmocionada. Acababa de descubrir, a mis 29 años, que nunca había fregado los platos del modo correcto. A mí me enseñaron a fregar del otro modo, el “incorrecto”. Sólo que, en mi casa, ésa se consideraba la mejor forma, la “correcta”.

En cuanto empecé a convivir con mi marido, descubrí que él tampoco sabía “hacer bien las cosas”. Hacerlas bien significa, ni más ni menos, hacerlas como yo las hago. Como las he hecho siempre, sin preguntarme porqué las hago así.

Intenté “instruirle” en el arte de hacer las cosas de la forma correcta, pero se rebeló. Me respondió que su forma era tan buena como la mía, y tras muchos enfados tuve que reconocer que tenía razón.

Esto me ha ocurrido muchas veces, no solamente con mi marido. También con los compañeros de la oficina, y más recientemente con las madres de los compañeros de colegio de mi hija.

Cada uno de nosotros tiene una forma correcta de hacer las cosas; hay tantas formas correctas como personas que hacen algo. Incluso para mí misma, la forma que hace unos años parecía perfecta ya no es tan eficiente. Y, a pesar del rechazo que me produce la idea de cambiar (son tantos años ya, repitiendo de forma mecánica e inconsciente), me doy cuenta de que hay que actualizarse. Y, sobre todo, respetar las “formas correctas” de los demás.

Piensa en esto: hace años, la forma correcta de lavar la ropa era frotarla contra una tabla de madera hasta desollarte las manos… ¿Hubiera rechazado tu abuela una lavadora, sólo porque no era lo que su madre le había enseñado?

No funciones como un autómata: plantéate porqué haces las cosas como las haces, y mira a tu alrededor. Seguro que ves a alguien haciéndolas de otro modo. Y quizá su manera sea mejor que la tuya.