Método Pominola


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¿Te gusta mirar?

jugando

Cuando yo tenía once o doce años, a mi hermano mayor le regalaron una consola de videojuegos. Las consolas de entonces no se parecían en nada a las máquinas de ahora: aquello era una caja negra de plástico con una ranura en la parte superior donde se insertaba un cartucho del mismo plástico negro.

Junto con la consola le regalaron, naturalmente, un buen montón de juegos. Juegos muy rudimentarios, primitivos, de gráficos pobres y nada atractivos. Pero para nosotros fue una especie de revelación. Antes de eso sólo habíamos jugado con el commodore 64, donde los juegos eran cintas de cassette que hacían terribles chirridos al cargarse.

Recuerdo las largas tardes de verano sin nada que hacer, cuando alguno de nosotros (mis hermanos o yo) proponíamos jugar a videojuegos con la consola.

Hace unos meses me acordaba de la consola y de aquellos juegos, y me di cuenta de una cosa. Yo casi nunca jugaba. Prefería mirar cómo jugaban los demás.

No sé si era por miedo a perder, o a hacerlo mal y que se rieran de mí; pero lo cierto es que yo prefería observar cómo jugaban los demás. Han pasado muchos años desde aquello, pero hasta hace poco seguía mirando lo que hacen los demás. Pensando (fantaseando) que yo podría hacer lo mismo que ellos si quisiera, si tuviera tiempo, si…

He perdido mucho tiempo mirando, ¿sabes? Demasiado. Pero eso se acabó. Me quedan muchos millones de milisegundos por delante.

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El virus de la memoria

viaje en el tiempo

Si tenía yo algún tipo de trauma con la cercanía de mis 40 años, se me ha quitado de golpe y porrazo. Ha bastado un virus para devolverme a mi más tierna infancia.

Mi hija se ha contagiado de algo en la escuela de verano, y como es de naturaleza generosa, me lo ha pasado a mí. La pediatra me comenta que es un virus propio de bebés de entre 6 y 24 meses, pero que al no estar inmunizada me ha tocado llenarme de manchitas rojas todo el cuerpo.

No recuerdo cuándo fue la última vez que tuve fiebre, pues con la maternidad me he prohibido incluso estar enferma; sufrida que es una.

Cuando me metí en la cama, tapada hasta la barbilla, fue como subir a la máquina del tiempo; de repente tuve 8 años otra vez. Estaba en casa de mis padres, en mi antiguo dormitorio, y a través de la ventana llegaban amortiguados los ruidos de la calle. No eran los sonidos que yo acostumbraba a oír por las tardes, mientras hacía los deberes. Eran sonidos dferentes, extraños para mí, de mujeres que volvían del ultramarinos con su compra diaria.

En la cocina, mi madre cacharreaba preparando el almuerzo. De vez en cuando se asomaba y me tocaba la frente, para ver cómo iba de fiebre; y si me notaba muy caliente, fruncía el ceño. Y yo tenía la sensación, vaga pero persistente, de que no tendría que estar allí, sino en el colegio. No debería estar allí oyendo esos sonidos nuevos, ni obligar a mi madre a fruncir el ceño.

Quizá me sentía culpable por estar enferma, no lo sé. Pero ya pensaba en términos de “debería” y “tendría que”. Nunca he creído que la infancia sea una etapa maravillosa de la vida; por nada del mundo quisiera volver a ser niña.

Hace años solía pensar (porque así me lo habían enseñado) que las personas no podemos cambiar, que “somos como somos” y no podemos luchar contra ello. Hace poco me di cuenta de que no era así, que nos vamos construyendo y transformando cada día. Pero al retroceder a la fiebre de mi infancia, a mi culpabilidad, me he puesto a pensar que quizá no sea tan fácil cambiar después de todo… Yo ya era así a los 8 años, y quizá antes; ¿estaré a tiempo todavía?


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La llamada de la sangre

la llamada de la sangre

Cruzó un océano, el Atlántico, para reunirse con su madre. ¿Sabes cuánto se tardaba en cruzar el océano en 1909? Desde Cuba hasta Cádiz, 2 semanas o incluso más. En unas condiciones poco agradables, por decirlo de algún modo.

Manuel y Francisca habían emigrado a Cuba, no sé porqué, con su hijo de 2 años. Estando allí, en La Habana, él se buscó trabajo de lo suyo (albañil) y se metieron a vivir en una casita muy endeble, apenas cuatro paredes y un techo.

Francisca dio a luz a su tercer varón (el segundo murió en Cádiz siendo un bebé, por una meningitis) en aquella casita. Y lo pasó mal; muy mal.

Cuando quedó embarazada por cuarta vez, decidió que no volvería a parir allí. Y se embarcó con sus dos niños rumbo a España, embarazadísima, para reunirse con su madre. Manuel quedó en Cuba, esperando. Esperó cerca de un año para conocer a su hija.

La madre de Francisca, que ya estaba viuda, se fue a Cuba con ellos, y allí murió y está enterrada. Nacieron más hijos, 3 más, uno de ellos discapacitado. En 1926 sufrieron un ciclón tremendo y  la casita se elevó por los aires para no regresar; hubieron de meterse en un viejo vagón de tren que el gobierno les cedió como “vivienda”.

Trabajaron como mulos durante años y años, para apenas comer y poco más; y un día pensaron que quizá era hora de regresar al hogar, a la patria. Se embarcaron nuevamente, ilusionados con el comienzo de una nueva etapa, y al llegar a Cádiz murieron los dos en el plazo de un año.

¿Moraleja? No hay. Esto no es un cuento; es una historia real, de personas reales que vivieron y sufrieron, y rieron y tuvieron momentos felices.

¿Esperabas un final efectista, una historieta al estilo inspirador que se lleva tanto ahora? Lo siento, esto no es un libro sobre líderes, Steve Jobs o cómo superar la crisis… Esto es la vida, solamente eso.


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Como moscas en ámbar

desaparecer (2)

A veces mis padres me miran raro. Como si no me conocieran, a pesar de que me conocen un poco. Más o menos, desde que nací.

Pues eso, que me miran raro cuando les explico que he contactado a través de internet con alguien en la otra punta del mundo, y que ese alguien conoce a un tercero que tiene una prima que trabaja en la embajada del país al que emigraron mis bisabuelos. Y me emociono pensando que quizá esta señora me consiga un trozo de papel amarillo con el nombre de mis antepasados.

– Pero hija, ¿para qué tanto trabajo? Total, si llevan décadas muertos y enterrados.

No me entienden. Nadie me entiende. A veces, ni yo misma me entiendo; otras personas coleccionan sellos o monedas, y yo colecciono ancestros.

Sólo entiendo una cosa, y es que me horroriza la idea de la desaparición. Todos tenemos que morir, pero no soporto pensar en la muerte como si fuera una goma de borrar. Una cosa es morir, y otra muy distinta es desaparecer sin dejar nada tras de ti. Como si nunca hubieras estado.

Por eso decidí escribir mi libro de historia familiar. Es una forma de salvarlos de la goma de borrar.

“La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia.” (El cuento número trece. Diane Setterfield.)

 

 


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La noche de las antorchas

inquietud

Vinieron de madrugada, mientras dormían tras un día de duro trabajo. Golpearon la puerta una, dos, tres veces; la pareja despertó sobresaltada. El hombre se echó algo por encima y acudió a abrir, mientras la mujer escuchaba con atención, vigilando al bebé que dormía junto a la cama.

Eran varios, y venían armados. Se alumbraban con un candil cuando el hombre les abrió la puerta de la pobre casucha.

– Coja sus cosas. Tiene que venir con nosotros.

Se vistió precipitadamente y agarró su maletín, dejando tras de sí al hijo dormido y a la esposa aterrorizada.

En la calle, estrecha y oscura, sólo se oían las pisadas apresuradas sobre los guijarros. Salieron deprisa del pueblo y se adentraron en el campo; los hombres armados prendieron antorchas y le guiaron a través de lomas y montes. Caminaron mucho, mucho tiempo; y finalmente llegaron a la cueva donde el herido les aguardaba.

Alguien acercó el candil. El hombre se arrodilló, examinó la herida y abrió su maletín para hacer la cura. Fue concienzudo como lo era siempre, suturó con cuidado y colocó el vendaje. Dio instrucciones precisas acerca de la limpieza y el cuidado de la herida; los hombres armados escucharon con atención y le dieron las gracias.

Salieron de nuevo a la noche oscura, la noche de las antorchas, y caminaron en dirección al pueblo. Le dejaron en la puerta de la casa y desaparecieron sin un solo ruido.

En el interior, la mujer esperaba en una silla, envuelta en la manta. Dio un salto al sentirlo entrar; había pensado que no volvería a verlo.

Los hombres del candil volvieron muchas veces, y se lo llevaron con ellos a través de los montes, a la luz de las antorchas.

 

Mientras tanto, mi padre dormía tranquilamente en su cunita; sin saber que, aunque la guerra ya había terminado, muchos hombres aún no eran libres de volver a sus casas. Que debían ocultarse en las cuevas de la sierra como animales heridos.

 

 


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La memoria que se apaga

la memoria que se apaga

Me llama mi madre para contarme que ha ido al geriátrico a visitar a su prima, y que viene horrorizada. Su prima sólo tiene unos pocos años más que ella, y está en una situación espantosa. La situación se llama Alzheimer, pero mi madre no dice esa palabra.

No reconoce a su hijo cuando va a verla, me cuenta en voz baja. Se ha quedado dormida mientras yo le hablaba, y al despertar sonreía como un bebé, con esa sonrisa y esa mirada vacía de un verdadero entendimiento. Mi madre no me lo describe así, claro, pero entiendo lo que me quiere decir.

Menos mal que yo no estoy perdiendo la cabeza. Prefiero morirme a quedarme así, en blanco, sin reconocer a mis propios hijos. No sabes qué impresión tan tremenda, verla así, tan chiquitita, tan arrugada… Se ha quedado muy chiquitita y muy seca, ¿sabes?

Quiero borrar esa imagen de la mente de mi madre, desviar el curso de la conversación (que es más bien un monólogo) hacia temas más alegres.

¿Te acuerdas de aquella vez que nos dejaste a mi hermana y a mí en su casa? Nos dio quesitos en porciones, y nosotras nunca los habíamos comido, porque tú no los comprabas.

No me acuerdo. ¿Cuándo dices que fue?

Cuando la abuela estuvo mala, en el hospital, y nos dejaste en casa de tu prima. Nos vino a recoger Manolo, su marido, con el coche. ¿Te acuerdas?

Eso debes de haberlo soñado. Yo no recuerdo nada de lo que me estás contando… No te he dicho que se quedó dormida mientras yo le hablaba, y al despertar se sonreía como una niña pequeña…

Sí, mamá, me lo has dicho hace un momento.

¿Te lo he dicho? ¿Seguro? No recuerdo haberlo hecho. Bueno, y lo peor, no te lo vas a creer… Que no conoce ya ni a sus hijos. ¿Qué te parece?

Se me pone un nudo en la boca del estómago. Miro la pantalla negra del televisor mientras oigo, a través del teléfono, cómo vuelve a relatarme la misma historia de unos minutos antes. Mañana volverá a hacerlo, seguramente. No es la primera vez que pasa. Me esfuerzo para mostrarme sorprendida, como si lo oyera por primera vez; y me dan ganas de llorar cuando, por fin, termina diciendo: “Menos mal que yo no estoy perdiendo la cabeza”.