Método Pominola


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Nada

Hace un par de horas que terminé de leer la novela “Nada” de Carmen Laforet (la empecé ayer) y todavía me dura la sensación de… ¿cómo decirlo?

Es imposible decirlo en una sola palabra. Repugnancia. Desasosiego. Estupor. Sorpresa. Inquietud. Opresión. Angustia.

Pero, sobre todo, me pregunto qué clase de mujer debió de ser la autora; qué debió de vivir para haber sido capaz de escribir, a los 22 años, semejante novela.

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Colombine, Agatha, Nayoung y yo

Dos libros, dos mujeres, dos escritoras extraordinariamente prolíficas. Dos puñetazos en mi estómago 😛

agatha colombineYa expliqué hace tiempo (creo recordar) que en mis años mozos me aficioné mucho a leer biografías. Es un género que me entretiene, me inspira y me enseña cosas; así que, cuando me hice el propósito de “desconectar” (te lo conté en la entrada anterior) me fui derecha a la biblioteca del barrio y pregunté por la sección de biografías.

Tras la impresión inicial de encontrar a Isabel de Farnesio junto a María Teresa Campos, me decidí por los dos libros de la foto. No tenía ni idea de quién era Carmen de Burgos (Colombine) y a Agatha sólo la “conocía” de nombre porque nunca he leído nada suyo. Así que se puede decir que elegí los libros “a ciegas”, dispuesta a dejarme sorprender. Y resulta curioso que, tratándose de dos mujeres tan distintas, las dos historias me han dejado con la misma sensación: vergüenza de mí misma, por lo mucho que me quejo y lo poco que hago.

Tanto Carmen como Agatha viajaron por todo el mundo, escribieron incansablemente, se emparejaron con mayor o menor fortuna y tuvieron hijos. Vivieron intensamente, conocieron a multitud de personajes interesantes y aprovecharon al máximo el tiempo que tenían.

Al terminar la biografía de Colombine, imaginé que la buena mujer venía y me daba un tirón de orejas (cariñoso) para hacerme reaccionar; y yo me defendía diciéndole que tanto ella como Agatha habían tenido claro desde “siempre” que querían escribir, que les gustaba escribir. Pero yo no sé lo que quiero hacer con mi vida.

Y estaba dándole vueltas al asunto (ya ves qué tonto fue mi propósito de desconectar) cuando ayer me encontré con este artículo. Y, aparte de las maravillosas ilustraciones, mira lo que dice Nayoung Wooh, la protagonista:

“Tras graduarme en Arte Oriental, trabajé como diseñadora gráfica durante tres años para un desarrollador de videojuegos(…). Pero hace unos 10 años sufrí una depresión terrible. Dejé mi trabajo. Sentía que era la única persona que no sabía qué hacer con su vida. Estaba harta de todo y necesitaba algo desesperadamente a lo que agarrarme. Me encerré en casa y jugaba a la consola todo el día”.

 “Nunca había dedicado tiempo a pensar en mí, lo que me deprimía, lo que me hacía feliz, lo que el dibujo significaba para mí. La depresión me forzó a hacerlo. Me hizo plantearme quién era, qué me interesaba. Tuvo un gran efecto terapéutico. Concentrarme en producir arte me permitió reconciliarme conmigo misma. Me acepté tal como era”.

Puedes ver sus obras aquí.

Después de leer estas palabras me quedé más tranquila, aunque supongo que puede sonar tonto. Ella y yo no tenemos nada en común, aparentemente. Pero en realidad nuestro camino es el mismo, sólo que ella ha avanzado ya un buen trecho y yo estoy todavía en la encrucijada inicial, planteándome quién soy y qué me interesa. Si Nayoung pudo encontrar su camino (poblado de imágenes preciosas y delicados detalles), seguro que yo también podré encontrar el mío… Seguiré buscándolo, entre tintos de verano y jarras de sangría 🙂


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Me rindo

Sí. Me rindo. Ya no puedo más.

Estoy cansada de luchar contra mí misma, de exigirme siempre más y más. De hacer todo pensando que “debería estar haciendo aquello o lo otro”. De no estar nunca satisfecha conmigo ni con mi vida. De vivir pendiente de lo que estarán pensando los demás, de lo que hacen, de si lo estaré haciendo bien o ellos lo hacen mejor. De si estaré rindiendo lo suficiente, lo máximo. De subirme el listón una y otra vez.

Estoy enferma otra vez. Físicamente, quiero decir. El cuerpo ya no da más de sí; se niega a seguir tirando. Y no le culpo. Llevo tanto tiempo maltratándolo, cargándolo de trabajo, que no me extraña que haya colapsado.

Vivo rodeada de listas de tareas pendientes. Ya no hago nada por diversión, por el mero hecho de disfrutar. Todo son obligaciones, trámites, deberes.

Mis hijos terminaron ayer el curso escolar. Y, como todos los años, trajeron una hoja de papel con la lista de tareas recomendadas para repasar durante las vacaciones de verano. Normalmente, en este papel se indica que se debe repasar diariamente durante una media hora. Pero el de ayer era diferente, y decía algo así como “Se debe esperar un largo período de tiempo  antes de empezar con las tareas de repaso. Los niños han realizado un gran esfuerzo y merecen un tiempo de  descanso”. Y me quedé pensando que yo también he realizado un gran esfuerzo. Y que también merezco un descanso. Pero tengo que darme permiso a mí misma para disfrutarlo.

Hoy he decidido hacerlo. Darme permiso. Me he hecho una lista de “tareas” para el verano:

– leer biografías y novelas

– dibujar “por gusto”

– escribir “por gusto”

– hacer el vago / perder el tiempo (conscientemente y sin sentirme culpable).

Vendré por aquí (o por el Bazar) si me apetece y tengo algo que compartir. Y si no vengo, no te preocupes; estaré bien. Descansando por primera vez en muchos años.


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Sólo cinco palabras

cinco palabras

Pasó por mi lado sin ni siquiera mirarme, y eso que nos conocemos desde hace varios años. No puede decirse que seamos amigas, pero solemos charlar cuando coincidimos en la puerta del colegio.

Pasó por mi lado como si no me viese, dejando tras de sí una marejada de pensamientos.

¿Qué pasa? ¿Por qué no me ha saludado siquiera? ¿En qué estaría pensando? ¿Le habrán dicho algo de mí? ¿Se habrá molestado por algo? ¿Un chisme, un rumor?

Las horas fueron pasando, pero los pensamientos no cesaban. Terminé agotada y un poco enfadada (conmigo misma, con ella). Sintiéndome bastante tonta, la verdad.

Por la tarde volví a verla, en el parque, sentada en un banco con su cuñada. Al pasar junto a ellas comprendí. Solamente cinco palabras; no necesité escuchar más. Se esfumaron el enfado, el cansancio, los pensamientos estúpidos.

Biopsia… Células alteradas… ¡Tanto miedo!

Cinco palabras y cambió todo. Ya sólo quedó tristeza.


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Donde nacen las ideas

siempre cielos grises

A finales de Abril, en los días de vacaciones de la feria (no voy nunca a la feria de Sevilla porque no me gustan las multitudes :P), nos fuimos a Portugal. Al Algarve.

No sé si lo recuerdas, o si lo leíste siquiera, pero alguna vez he escrito que no me gusta viajar. Y es cierto, al menos en cierta forma.

No me gusta viajar en “rebaño”, en grupos grandes que se mueven como si fuesen un único individuo. No me gusta que un guía nos vaya “pastoreando” de un lado a otro, diciéndonos dónde tenemos que comer, comprar y dormir.

No me gusta viajar en grupos grandes porque nunca he entendido aquello de “cuantos más seamos, mejor lo pasaremos”. Lo estoy oyendo desde mis tiempos de instituto, así que debe de ser verdad, pero a mí no me funciona.

Yo necesito silencio, calma y tiempo para pensar (ya sabes que me paso la vida pensando, no lo puedo evitar).

El pasado mes de Marzo, no sé porqué, decidí de repente que tenía que ir a alguna parte; hace muchos años que hablábamos de visitar el Algarve, y en dos horas ya lo tenía organizado todo. Organizado a mi manera, como yo quería hacerlo. Y resultó muy bien, nos gustó mucho todo lo que vimos y hasta tuve tiempo de pensar…

En el Algarve nació el nuevo proyecto participativo pominolo, en el que espero poder contar contigo, estés donde estés. Si quieres saber de qué va, te espero mañana aquí mismo.


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Maraña de mentiras

Llevo mucho tiempo mintiendo, ¿sabes? En la vida real y también aquí, en el blog.

Hoy vengo a contar toda la verdad.

fonte benemola

En Enero coincidí en el parque con una madre que acababa de llegar de otro país europeo con sus dos niños pequeños, y la mujer andaba entre emocionada por el cambio y horrorizada por los posibles problemas de adaptación de sus hijos.

Hablamos de formas de cocinar, del clima, del sistema educativo y de muchas cosas. Hablamos de costumbres, de tradiciones, de fiestas. De excursiones y lugares donde llevar a los niños. Y en aquel momento no me di cuenta, pero el mes pasado estuve recordando aquella conversación. O, más bien, algunas cosas que dije.

– A mí no me gusta la playa.

– Odio la feria, es un agobio.

– En semana santa no salgo de casa.

En resumen, me di cuenta de que parezco una “odia-todo”. O, por decirlo de otra manera, que no me gusta nada.

Y, pensándolo bien, resulta que no es cierto.

Sí que me gusta la playa, o más bien el mar. Lo que no me gusta es achicharrarme vuelta y vuelta junto a miles de personas.

De la feria me molesta el gentío.

De la semana santa, la muchedumbre.

Así que, a partir de ahora, diré que no me gustan las multitudes, sea cual sea el lugar donde se encuentren.

¿Y a qué viene todo esto? ¿Por qué me puse a pensar en una conversación sin importancia de varios meses atrás?

Porque el mes pasado hice algo que llevaba años sin hacer, algo que dije que no me gustaba.

Viajar.


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La mujer perdida

el hombre solitario

Me comenta Rita Stone en una entrada anterior que se alegra de mi regreso, y del hecho de que haya regresado al lugar donde comencé. Y me quedo pensando que sí, que tiene razón, que todo comenzó aquí. Con el Método.

No sé porqué decidí que ya no quería seguir aquí, que debía “evolucionar” hacia algo más sofisticado, más complejo. Algo diferente, en definitiva.

Revisando las entradas del blog me doy cuenta de que hace ya casi un año de aquello (fue el 16 de Mayo de 2014 cuando me despedí). Y ahora vuelvo para decirte que estaba equivocada, confundida quizá, y que no tenía que inventar nada nuevo porque ya estaba en el lugar perfecto para mí. En mi hogar.

He andado perdida todo el último año, como un barco de papel a la deriva, dejándome llevar aquí y allá sin oponer resistencia. Esperando, simplemente, a ver qué ocurría, adónde me arrastraba el viento. Y me trajo de vuelta aquí.

*** El otro día hablaba de faros, ¿te acuerdas? Pues ayer me encontré con otro. Mira qué maravilla de dibujos

Éste es mi plan para el sábado: