Método Pominola


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Me rindo

Sí. Me rindo. Ya no puedo más.

Estoy cansada de luchar contra mí misma, de exigirme siempre más y más. De hacer todo pensando que “debería estar haciendo aquello o lo otro”. De no estar nunca satisfecha conmigo ni con mi vida. De vivir pendiente de lo que estarán pensando los demás, de lo que hacen, de si lo estaré haciendo bien o ellos lo hacen mejor. De si estaré rindiendo lo suficiente, lo máximo. De subirme el listón una y otra vez.

Estoy enferma otra vez. Físicamente, quiero decir. El cuerpo ya no da más de sí; se niega a seguir tirando. Y no le culpo. Llevo tanto tiempo maltratándolo, cargándolo de trabajo, que no me extraña que haya colapsado.

Vivo rodeada de listas de tareas pendientes. Ya no hago nada por diversión, por el mero hecho de disfrutar. Todo son obligaciones, trámites, deberes.

Mis hijos terminaron ayer el curso escolar. Y, como todos los años, trajeron una hoja de papel con la lista de tareas recomendadas para repasar durante las vacaciones de verano. Normalmente, en este papel se indica que se debe repasar diariamente durante una media hora. Pero el de ayer era diferente, y decía algo así como “Se debe esperar un largo período de tiempo  antes de empezar con las tareas de repaso. Los niños han realizado un gran esfuerzo y merecen un tiempo de  descanso”. Y me quedé pensando que yo también he realizado un gran esfuerzo. Y que también merezco un descanso. Pero tengo que darme permiso a mí misma para disfrutarlo.

Hoy he decidido hacerlo. Darme permiso. Me he hecho una lista de “tareas” para el verano:

– leer biografías y novelas

– dibujar “por gusto”

– escribir “por gusto”

– hacer el vago / perder el tiempo (conscientemente y sin sentirme culpable).

Vendré por aquí (o por el Bazar) si me apetece y tengo algo que compartir. Y si no vengo, no te preocupes; estaré bien. Descansando por primera vez en muchos años.

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Sólo cinco palabras

cinco palabras

Pasó por mi lado sin ni siquiera mirarme, y eso que nos conocemos desde hace varios años. No puede decirse que seamos amigas, pero solemos charlar cuando coincidimos en la puerta del colegio.

Pasó por mi lado como si no me viese, dejando tras de sí una marejada de pensamientos.

¿Qué pasa? ¿Por qué no me ha saludado siquiera? ¿En qué estaría pensando? ¿Le habrán dicho algo de mí? ¿Se habrá molestado por algo? ¿Un chisme, un rumor?

Las horas fueron pasando, pero los pensamientos no cesaban. Terminé agotada y un poco enfadada (conmigo misma, con ella). Sintiéndome bastante tonta, la verdad.

Por la tarde volví a verla, en el parque, sentada en un banco con su cuñada. Al pasar junto a ellas comprendí. Solamente cinco palabras; no necesité escuchar más. Se esfumaron el enfado, el cansancio, los pensamientos estúpidos.

Biopsia… Células alteradas… ¡Tanto miedo!

Cinco palabras y cambió todo. Ya sólo quedó tristeza.