Método Pominola

Horribles maravillas

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Antes de nada, voy a poner una foto bonita; porque voy a hablar de cosas feas. O, mejor dicho, de maravillas que me ponen triste y me hacen sentir mal.

 

horrores maravillosos

Ya está. La foto no será como para ponerla en pinterest, pero es colorida y a mí me alegra la vista. Allá voy.

 

Hace tiempo que quiero comentar algo acerca de un libro que leí el verano pasado, pero no veo nunca la forma de sacarlo a colación. Es un libro tan bueno, tan bien escrito, que no quiero volver a leerlo nunca más.

¿Por qué?

 

Porque es horrible, espantoso, y me harté de llorar mientras lo leía. Terminé con un dolor de cabeza tremendo, borré el libro del lector electrónico y me advertí a mí misma “nunca más lo vuelvas a leer”.

No sé si coincidió también con un momento en que yo me encontraba especialmente mal (cuando una lleva varios años mal, ese pasa a ser su estado de ánimo habitual, y lo malo se convierte en lo normal). No lo sé. El caso es que leí la reseña en alguna parte, y no me pude resistir:

“Una mujer que vivió hace cien años escribe, a escondidas, a la luz de una vela en un pueblo perdido en la montaña. Sus letras la unirán con un hilo invisible a otra mujer del siglo XXI que, como ella, tampoco puede vivir sin escribir. El arte y las letras, pero también el dolor y sentimientos muy intensos son los que llevarán a estas dos mujeres a sufrir como nadie, pero también a disfrutar de una vida plena.”

Pensé que era una historia como las de Kate Morton, pero en versión española, y en cuanto pude conseguirlo me puse a leer. Y me pareció muy bueno, muy bien escrito, pero lloré hasta quedarme seca. La historia es tremenda y tristísima, pero si te sientes con fuerzas te recomiendo que la leas: La nevada del cuco, de Blanca Busquets.

 

Cuando terminé de leer (y de llorar) me acordé de otro libro que he “aborrecido” de por vida. Lo leí  a los 19 años, y todavía no lo he olvidado. Recuerdo que era invierno, y que lo leía en la cama, antes de dormirme; y hasta tuve alguna pesadilla. Me hacía sentir fatal, pero no podía dejarlo sin terminar. Nunca me obligo a leer libros que no me gusten mucho, sólo porque ya los he empezado. Si no me engancha desde las primeras páginas, lo dejo y me pongo con otro… Bastantes cosas tiene una que soportar en el día a día como para torturarse voluntariamente con lecturas insufribles.

Pero este libro que tanto me espantaba, no tuve más remedio que leerlo hasta el final, cerrarlo con horror y decir “nunca más”… Y he cumplido. No he vuelto a leer Cumbres borrascosas, y tampoco me apetece hacerlo, la verdad.

 

Y luego están los que me han gustado tanto que no he querido volver a leerlos para no estropear esa primera sensación que me dejaron. El que más, El manantial de Ayn Rand. Lo leí en la universidad y no tenía ni idea de que contuviera mensajes políticos, ideológicos, filosóficos ni nada de eso. Lo leí, me gustó y ya está. Y al cabo de casi veinte años, descubro que tenía montones de esas cosas…

 

Por lo general, los libros que más he disfrutado son aquellos a los que he llegado sin referencia alguna, sin conocimientos previos ni advertencias. En esos tiempos no teníamos internet por todos lados (hablo de los 90, no de la edad de piedra) y mi método para elegir libro consistía en ir a la biblioteca pública, ponerme de pie delante de la estantería de las novelas y buscar una que me llamara la atención (por el título o la portada, básicamente). Y no me iba mal.

Así descubrí también a Jane Austen. Yo estudié en una facultad de ciencias, pero por algún motivo que no recuerdo, los estudiantes de magisterio tenían su biblioteca dentro de la nuestra. Yo no iba mucho a la biblioteca, y cuando lo hacía siempre me sentaba al lado izquierdo, que es donde estaban los libros de química. Pero un día perdí el autobús al salir de la última clase, y como salía uno cada hora, me tocó esperar una hora entera. Estaba lloviendo, o hacía frío, y pensé que esperaría aquella hora en la biblioteca; así que entré y me di cuenta de que muchos otros habían pensado lo mismo que yo. Las mesas del lado izquierdo estaban ocupadas, y me tuve que sentar en el lado opuesto. Justo delante de las estanterías de novelas y libros de poemas (me acuerdo del Romancero gitano, en una edición donde la portada imitaba una celosía en color azul, así de caprichosa es la memoria).

Pero estaba hablando de Jane Austen. El libro que me llevé fue Emma (Orgullo y prejuicio no estaba) y me dejó un poco indiferente. Años más tarde leí que “contenía pasajes de una sutil y fina ironía”; pero era demasiado sutil y fina para mí, porque yo no la vi por ningún lado… Aparte de cuando le suelta la pulla a la señora aquella que hablaba tantas tonterías, pero eso de sutil no tenía mucho…

 

Como siempre me he ido por las ramas, no lo puedo evitar. Es que estoy dándole vueltas a una idea nueva y necesito ordenar mis pensamientos… Si has llegado hasta aquí, gracias. Espero no haberte dado dolor de cabeza.

 

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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