Método Pominola

Los extraños mecanismos de la memoria

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La semana pasada, mientras hacía no-sé-qué, estuve escuchando de fondo un documental sobre Calígula, Nerón y otros encantadores personajes. Se hizo referencia a algo que yo no había oído nunca y que me llamó mucho la atención: la Damnatio Memoriae, es decir, la condena de la memoria. Algo así como borrar todo rastro de un difunto para que no quede huella de él. Imágenes, inscripciones, todo. A mí me pareció horroroso y muy triste, aun cuando fueran personas crueles y abyectas. Pero supongo que será por mi pavor a la desaparición, que ya he explicado otras veces.

Estos días he estado pensando acerca del funcionamiento de la memoria, de sus maneras caprichosas. Todo empezó por esto

montoncillo

Esta foto era para ponerla en el “Cómo se hizo el reto de los 122 días“, ilustrando la necesidad de reunir todo tipo de objetos variopintos hasta encontrarles una utilidad. Y mientras miraba el montón, de repente me acordé de un libro que leí hace mucho tiempo: Las almas muertas, de Gógol.

Recordé (erróneamente, según he podido comprobar) que Chíchikov, el protagonista de la novela,  se dedicaba a recoger todo tipo de cosas y las iba acumulando en una caja, un maletín o algo parecido. Atesoraba trocitos de papel, plumas, pedazos de cuerda y cosas así.

Y mientras pensaba en esto, tratando de recordar más detalles de la novela, me vi nuevamente sentada en el banco de la estación de tren. Aquella donde cada día tomaba el tren de cercanías para regresar a casa, después de las clases en la facultad. Me pareció estar viendo otra vez ante mí a las personas con las que coincidí casi a diario durante cinco años, como aquella prostituta bajita con el pelo pintado de naranja. A la una del mediodía ya estaba bastante bebida, pidiendo tabaco a todo el que pasaba; era de una cierta edad, unos cincuenta años quizá, aunque podrían ser menos pero muy mal llevados.

Hace ya más de veinte años de aquello, y después de terminar mi carrera ya nunca volví a aquella estación. He pasado muchas veces en tren, y siempre que lo hago observo el andén con atención mientras los otros pasajeros suben o bajan. No la he vuelto a ver, ni a ella ni a tantos otros con los que compartí unos pocos minutos cada día durante un buen trecho de mi vida. Y es una sensación rara y un poco amarga, pensar que cada día éramos los mismos pero nunca hablábamos unos con otros. Un puñado de desconocidos sin nada en común, más que la coincidencia en el tiempo y en el espacio.

No recordé nada del libro (ni siquiera el nombre del protagonista), pero durante unos minutos me quedé perdida en mis pensamientos, en aquella especie de “regreso al pasado”. La memoria es caprichosa y juega con nosotros, llevándonos por caminos que ya ni siquiera recordamos haber recorrido en otra época de nuestra vida.

Al final, no tuve más remedio que buscar el libro:

“En el interior de su casa guardaba todo lo que encontraba en el suelo: un pedazo de lacre, un trozo de papel, un plumón, y todo ello lo colocaba en el escritorio o en la ventana.”

 

Yo hago lo mismo. Guardo una palabra, una mirada, un retazo de conversación pillado al azar, y lo coloco en un estante de mi memoria. Y allí permanece durante meses o años, hasta que un detalle insospechado lo arranca del estante y me lo coloca de nuevo ante los ojos.

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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