Método Pominola


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El jinete se acercaba…

de muerte tristeza y desengaño

 

¿Te acuerdas?

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano

La otra noche se me vino a la cabeza, no sé porqué (ya sabes que la memoria a veces me hace esas cosas).

Y mientras intentaba comprender, me puse a recitar

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas

 

Y ahí me di cuenta. Me he hecho “vieja”. O mayor. Lo mismo da.

Cuando tenía quince años y estudiaba literatura en el instituto, me gustaban Rubén Darío y su princesa de la boca de fresa; ahora no entiendo cómo podía gustarme. Ya no me dice nada; he cambiado, claro. Sería un poco extraño y ridículo seguir igual que hace 25 años, además de muy triste.

Estos días todo me sabe a muerte, a tristeza. He perdido a alguien de mi familia de una forma inesperada. Un empujón brutal le ha derribado, como dice Miguel Hernández; y tan repentino ha sido el golpe, que nadie ha tenido tiempo de ponerse la máscara. Cada uno ha mostrado su verdadero rostro. Y algunos son muy feos por dentro.

Descansa en paz, Jesús.


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Dentro del laberinto

blancura

Sigo luchando a brazo partido contra mí misma para terminar el “Cómo se hizo el reto de los 122 días”. No sé porqué, pero en algún punto me he quedado atascada y no consigo avanzar; y no es que esté inmóvil, no. Llevo varios días dando vueltas como una rata dentro de un laberinto. Hay muchos trozos de queso, y quiero quedármelos todos. Así que avanzo un poco hacia uno de los trozos, y luego cambio de opinión y retrocedo y me voy a por otro.

Conclusión: un gran cansancio mental y ninguna tarea terminada. Mal humor. Irritabilidad.

Me levanto el lunes por la mañana pensando que la semana empieza fatal. Nublado, frío, sesión intensiva de gimnasio. Un drama, vaya. Y justo entonces, se oye una sirena y pasa a mi lado una ambulancia a toda velocidad. Se me quitan todas las tonterías de un golpe: el pasajero de la ambulancia sí ha empezado mal la semana. Yo sólo soy una pobre tonta que le da demasiadas vueltas a las cosas.

Luego, ya por la tarde, este cielo maravilloso.

cielo

Me acuesto deseando dormirme pronto, para que la cabeza deje de enredar; pero mientras espero a que venga el sueño, llega. LA IDEA.

Llega como una tromba, y aunque decido aparcarla hasta el día siguiente, ella no está dispuesta a esperar hasta entonces. Es Gertrudis Cooper, del Bledchen Bazar. Y me maravilla darme cuenta de cómo las piezas van encajando poco a poco, formando un todo completo en el que me voy reconociendo. El Bledchen Bazar fue una idea vaga que en ningún momento llegó a tomar forma definida; y aunque yo la creía estéril y sin futuro, ahora veo que era una pista. Un trocito de mí asomándose tímidamente al mundo.


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Los extraños mecanismos de la memoria

La semana pasada, mientras hacía no-sé-qué, estuve escuchando de fondo un documental sobre Calígula, Nerón y otros encantadores personajes. Se hizo referencia a algo que yo no había oído nunca y que me llamó mucho la atención: la Damnatio Memoriae, es decir, la condena de la memoria. Algo así como borrar todo rastro de un difunto para que no quede huella de él. Imágenes, inscripciones, todo. A mí me pareció horroroso y muy triste, aun cuando fueran personas crueles y abyectas. Pero supongo que será por mi pavor a la desaparición, que ya he explicado otras veces.

Estos días he estado pensando acerca del funcionamiento de la memoria, de sus maneras caprichosas. Todo empezó por esto

montoncillo

Esta foto era para ponerla en el “Cómo se hizo el reto de los 122 días“, ilustrando la necesidad de reunir todo tipo de objetos variopintos hasta encontrarles una utilidad. Y mientras miraba el montón, de repente me acordé de un libro que leí hace mucho tiempo: Las almas muertas, de Gógol.

Recordé (erróneamente, según he podido comprobar) que Chíchikov, el protagonista de la novela,  se dedicaba a recoger todo tipo de cosas y las iba acumulando en una caja, un maletín o algo parecido. Atesoraba trocitos de papel, plumas, pedazos de cuerda y cosas así.

Y mientras pensaba en esto, tratando de recordar más detalles de la novela, me vi nuevamente sentada en el banco de la estación de tren. Aquella donde cada día tomaba el tren de cercanías para regresar a casa, después de las clases en la facultad. Me pareció estar viendo otra vez ante mí a las personas con las que coincidí casi a diario durante cinco años, como aquella prostituta bajita con el pelo pintado de naranja. A la una del mediodía ya estaba bastante bebida, pidiendo tabaco a todo el que pasaba; era de una cierta edad, unos cincuenta años quizá, aunque podrían ser menos pero muy mal llevados.

Hace ya más de veinte años de aquello, y después de terminar mi carrera ya nunca volví a aquella estación. He pasado muchas veces en tren, y siempre que lo hago observo el andén con atención mientras los otros pasajeros suben o bajan. No la he vuelto a ver, ni a ella ni a tantos otros con los que compartí unos pocos minutos cada día durante un buen trecho de mi vida. Y es una sensación rara y un poco amarga, pensar que cada día éramos los mismos pero nunca hablábamos unos con otros. Un puñado de desconocidos sin nada en común, más que la coincidencia en el tiempo y en el espacio.

No recordé nada del libro (ni siquiera el nombre del protagonista), pero durante unos minutos me quedé perdida en mis pensamientos, en aquella especie de “regreso al pasado”. La memoria es caprichosa y juega con nosotros, llevándonos por caminos que ya ni siquiera recordamos haber recorrido en otra época de nuestra vida.

Al final, no tuve más remedio que buscar el libro:

“En el interior de su casa guardaba todo lo que encontraba en el suelo: un pedazo de lacre, un trozo de papel, un plumón, y todo ello lo colocaba en el escritorio o en la ventana.”

 

Yo hago lo mismo. Guardo una palabra, una mirada, un retazo de conversación pillado al azar, y lo coloco en un estante de mi memoria. Y allí permanece durante meses o años, hasta que un detalle insospechado lo arranca del estante y me lo coloca de nuevo ante los ojos.

 


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Justo sobre tu cabeza

desolación

Hace un par de noches, volviendo a casa por la autopista, levanté la vista y ocurrió.

Durante mucho tiempo he ido por la vida mirando hacia abajo. Ya casi había olvidado lo maravilloso que es el cielo de noche, sobre todo en lugares remotos y poco iluminados. Me entretuve en contemplar las estrellas, aquellas tres que parecen estar tan juntitas y casi perfectamente alineadas, y que luego supe que forman parte de la constelación de Orión. Y el gran punto brillante que resultó ser Júpiter. Y tantas otras que se podían distinguir y cuyos nombres ignoro.

Estaba mirándolas y pensé en cuántos miles de personas las habrían contemplado antes que yo… Pensé en mis abuelos, que nacieron en pueblos de campo donde seguro que el cielo resultaba inmenso y sobrecogedor. Ellos, que ni siquiera sabían leer ni escribir, también miraron estas mismas estrellas sin conocer sus nombres.

Y sus padres antes que ellos, y sus abuelos aún antes. Y todos los que les antecedieron. Era el mismo cielo, los mismos puntos brillantes, la misma luna. Me sentí conectada de alguna manera con ellos, con todos ellos, sin haberlos siquiera conocido. ¿Qué pensarían cuando contemplaban esas estrellas?

Quizá al hacerse adultos perdieron la costumbre de levantar la mirada, como me ocurrió a mí. La vida era dura, el trabajo agotador, había muchas bocas que alimentar y poco tiempo para soñar. Pero antes de eso, antes de que la vida les aplastara, estoy segura de que muchas veces se quedaron mirando el cielo. Soñando despiertos, haciendo planes para el futuro, imaginando. Quizá rezaban, o pedían deseos. No lo sé.

Durante un momento me sentí parte de algo, de un algo grande y poderoso que comenzó hace miles  (millones)  de años y se mueve lenta pero inexorablemente. Me sentí diminuta. Y no me gustó.


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Bienvenida, nueva vida

Ya está. Lo he hecho.

conseguido

No están todos los que son, pero sí son todos los que están. Mis criaturas, podríamos decir; las que me han salvado.

Hoy es el primer día del nuevo año, y toca hacer balance de los últimos 12 meses. Es éste:

– he hecho el curso de experto universitario en coaching

– he hecho dos cursos virtuales de temas genealógicos

– he escrito 207 entradas en este blog

– me he planteado mi reto de los 122 días, y lo he cumplido

– he descubierto lo que quiero hacer con mi vida.

Y como no quiero que mi músculo creativo se vuelva a atrofiar, me propongo nuevas metas para 2014.

PROYECTOS

Y ahora quiero compartir contigo mi nuevo reto:

nuevo proyecto

Mi reto de los 122 días se terminó, y aunque ya he dicho varias veces lo mucho que me ha ayudado, creo que aún puede ser útil a más gente.

No te voy a engañar. A veces se me ha hecho largo y pesado, y muchas veces pensé en tirar la toalla. Me ha costado, y es por ello que ahora me siento satisfecha por haber llegado hasta el final. Pero me da pena terminar así, sin más, porque para mí ha supuesto un punto de inflexión en mi vida. Si a mí me ha ayudado tanto, seguro que también puede ayudar a más gente.

El 18 de Febrero cumplo 40 años, y quiero que sea un cumpleaños especial. El comienzo de mi nueva vida. He pensado que sería una buena idea comenzar esta nueva etapa compartiendo algo que para mí ha supuesto tanto, y por eso me he propuesto escribir el “Cómo se hizo” de mi Reto de los 122 días,  y regalártelo el día de mi cumpleaños. A mí me ha ayudado, y ahora es el momento de dejarlo libre para que también pueda ayudarte a ti.

Si quieres que escriba sobre algo concreto o tienes alguna pregunta o curiosidad, puedes escribirme aquí.

Copia de nuevo proyecto