Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 113

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somnia ilusionis

Mi marido es de esas personas que aún conservan a sus amigos de la infancia. Un día, hablándome de uno de esos amigos, dijo: “Se hizo ingeniero agrónomo porque desde siempre le han gustado el campo y los árboles”.

Yo no entendí entonces que a alguien le pudieran gustar “los árboles” (así, en genérico) hasta el punto de estudiar una ingeniería. Y el tema del campo, siempre lo he visto como algo en plan “no, no me gusta mucho la playa, yo soy más de campo”. Yo misma lo he dicho muchas veces, aunque es mentira, para intentar justificar el pecado imperdonable de que no me guste la playa siendo de Cádiz (por cierto, tampoco me apasiona el carnaval).

No me gusta el campo porque soy muy cómoda, detesto los bichos y los insectos y en ninguna parte estoy mejor que en mi casa, como dijo Dorothy.

Todo este preámbulo es porque últimamente me pasa algo raro.

Sí, ya sé, te creíste que me había liado yo sola como otras veces, pero no.

Como iba diciendo, desde hace unas semanas me pasa algo extraño. No sé cómo empezó, supongo que fue gradual; pero ahora que lo pienso, quizá empezó con las gafas nuevas.

Pues eso. Que me gustan los árboles. No es sólo que me gusten, es que me quedo embobada mirándolos y observándolos y contemplando la forma hipnótica en que se balancean y mecen las ramas con la brisa. De siempre me han gustado más los árboles desnudos, pero ahora me entretengo en observar las formas curiosas que adoptan las hojas, sus colores cambiantes llenos de matices sutiles y cualquier pequeño detalle del tronco o las ramas. No es que vaya por ahí en plan “loca de los árboles” abrazándome a los troncos ni nada así. Es sólo que estoy más abierta a la observación, más atenta a los detalles que antes se me escapaban. Por eso creo que se debe a las gafas nuevas, aunque en el fondo sé que es algo más profundo que unas simples lentes.

Durante los últimos años me limité a sobrevivir, en lugar de vivir plenamente. Exceptuando el nacimiento de mis hijos, que lo recuerdo con asombrosa claridad,  los demás acontecimientos pasados se me presentan desvaídos y sin forma definida. Transité por ese trecho de mi vida sin fijarme en nada más que en mi propio dolor, acorazada ante todo lo externo, ignorante de tantas cosas que me rodeaban. Y ahora me siento como mis niños cuando eran bebés que comenzaban a descubrir el mundo; todo les resultaba llamativo, nuevo e interesante.

He estado varios días pensando en escribir sobre esto, pero me daba reparo. O vergüenza, más bien. Por si parecía que se me había ido un poco la olla. Yo misma lo pienso a veces. Pero cuando voy por la calle y me detengo ante un árbol para contemplar cómo se mueven sus ramas, no pienso “estoy loca”. Pienso “he estado muy perdida, pero por fin encontré mi camino”.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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