Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 94

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Hoy me siento comunicativa, así que voy a escribir una larga parrafada de esas que me gustan tanto. No hay dibujillo ni nada por el estilo: hoy toca leer.

Fíjate lo mal que he estado en estos últimos años, que la miopía me ha aumentado casi una dioptría en el ojo izquierdo y ni me he dado cuenta. Si fui a la óptica no fue porque no viera bien, sino porque las gafas estaban que se caían a pedazos y ya tocaba renovarlas; y cuando buscaron mi nombre en los archivos del ordenador, el óptico me dijo que llevaba 4 años sin revisarme la graduación.

A los dos días volví a recoger las gafas nuevas, y me advirtieron que al principio sería un poco incómodo. Había un cambio importante en el cristal izquierdo, y tendría que habituarme a mi nueva “super-visión”.

Me las llevé puestas. Todo a mi alrededor brillaba con una nitidez desconocida para mí; podía leer carteles que antes ni siquiera intuía, distinguía detalles donde media hora antes sólo había borrones y manchas. Era una sensación rara y agobiante. Como un conejo deslumbrado por los faros de un coche, yo caminaba por la calle mirándolo todo como si acabase de caer en un planeta desconocido.

Por la tarde, en casa, ya no pude soportarlo más y fui a ponerme mis gafas rotas para descansar un poco de tanta nitidez, porque aquel brillo me resultaba irritante y fatigoso. ¿Y qué crees que ocurrió?

Me puse mis destartaladas gafas y volví a sumirme en aquella niebla tranquilizadora y reconfortante; pero ya no había vuelta atrás. Cuando has visto la luz (y no hablo en sentido bíblico) ya no puedes volver tan alegremente a las tinieblas. Así que anduve durante un par de días con los ojos achinados, para filtrar tantos detalles molestos, y finalmente me habitué a ver bien.

La semana pasada, no sé porqué, me paré a pensar que este asunto de la vista se parece mucho a lo que me ha ocurrido a raíz de empezar mi reto. Antes vivía rodeada de niebla, sin ver más allá de mis narices; y cuando por fin salí de esa oscuridad me maravillé de la cantidad de cosas que me había estado perdiendo. Demasiados detalles, quizá. Vi las cosas con tan perfecta claridad, con tanta nitidez, que tuve miedo y quise volver a mi confortable “ceguera” anterior. Pero ya no puedo. Y, si lo pienso bien, tampoco quiero. Si algo tengo claro ahora mismo es que bajo ningún concepto quiero volver a mi vida anterior (si es que aquello se podía llamar “vida”).

La otra historia que te quiero contar sucedió el sábado pasado. Pero antes de decirte lo que pasó, te explicaré cuál  ha sido mi estado mental en el último mes.

Mi Reto de los 122 días termina el 31 de Diciembre, es decir a finales de este mes. Y andaba yo dándole vueltas al tema de lo que ocurriría después, o más bien de qué podría yo hacer después. Tuve varias ideas, unas mejores que otras, pero ninguna acababa de coger forma. Y es así como llegamos al sábado, un rato antes de comer.

Podría decir que estaba meditando, o haciendo yoga, o cualquier otra cosa por el estilo cuando me llegó la iluminación. Pero no. Suena cutre, pero estaba fregando los platos (del modo incorrecto en que suelo hacerlo) después de preparar una tortilla de patatas para los niños. Y estaba allí de pie, disfrutando de un raro momento de paz y agua caliente, cuando ocurrió. Fue como una ráfaga, como si de repente me bombardearan un millón de ideas dentro de la cabeza. Cada pieza iba encajando con las demás, y casi podía oír el sonido que hacían al ensamblarse. Me puse nerviosa (me pasa siempre cuando tengo esos destellos de lucidez) y pedí, no sé a quién, que fuera más despacio. Que me dejara un minuto para apuntarlo por lo menos, para intentar retenerlo; pero siguió centrifugando a toda velocidad hasta desaparecer tan repentinamente como había llegado. Y ahora que lo recuerdo, me doy cuenta de que a eso debía de referirse la señorita Prim cuando hablaba del “fragor”:

”  —Vamos, Prudencia, me ha oído perfectamente. Dígame, ¿por qué una mujer con su preparación decidió aceptar un oscuro trabajo como éste?
(…)

—Creo que fue para huir del ruido.

El hombre del sillón no pudo disimular una sonrisa.
—Señorita Prim, desde que la conozco jamás me ha defraudado con una respuesta. Es maravilloso interrogarla, no hay ni rastro de conversación de ascensor en usted. Así que fue el ruido… ¿Se refiere al ruido de la ciudad?
La bibliotecaria, todavía con la obra de san Beda entre las manos, le miró con compasión.
—Me refiero al ruido de la mente, al fragor. “

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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