Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 87

2 comentarios

Mi reto de hoy es escribir sobre un tema que se me resiste. Hace tiempo que me lo propuse, pero por algún motivo lo he ido posponiendo; y ahora, al cabo de los meses, siento como si se hubiese enquistado.

Me doy cuenta de que tengo que escribir sobre ello para poder seguir adelante, porque mientras no lo haga me seguirá quemando por dentro.

Pero es un tema que me duele, por lo que intento esquivarlo siempre que se me presenta.

La maternidad.

maternidad

Nunca me han gustado los niños. Ni siquiera los bebés. Pero por algún motivo, siempre supe que tendría hijos; para mí es importante la idea del legado, la continuidad en el tiempo. Tampoco sé bien porqué.

Cuando me quedé embarazada, sentí alegría a la vez que miedo, ilusión y dudas. Nada especial, imagino; lo mismo que cualquier otra embarazada.

Para algunas personas me convertí en un recipiente, una suerte de incubadora humana que portaba al heredero; y se preocupaban extraordinariamente por mi alimentación y comodidad, pues repercutían directamente sobre la salud y bienestar del que aún no había nacido.

Por algún motivo, la gente empezó a darme consejos que yo no había pedido (yo los agradecí, de todos modos) y a contarme truculentas historias de terrible partos. Hay una especie de competición de narraciones de terror para parturientas; y parece que no eres una “mujer-mujer” si no has pasado un mínimo de 20 horas de parto. Es como cuando vas al médico de cabecera y en la sala de espera hay varios abuelos enumerando todas sus dolencias, a ver quién acumula más, quién es el más “sufridor”.

Recuerdo que, cuando mi hija nació, no sentí nada de aquello que había leído en foros ni revistas. No me enamoré de ella en cuanto la vi, ni recuerdo su olor, ni nada de esas cosas tan emotivas que nos venden en los anuncios de productos infantiles. Recuerdo un cansancio tremendo, un alivio infinito y muchíiiisima hambre. Como si acabara de correr una maratón de nueve meses cargada con un saco de 20 kilos (más o menos, en eso consistió). Sólo quería dormir, estar tranquila, volver a casa y comer, comer, comer.

Volví a casa y nada era como en los anuncios de televisión. Era duro, exigente, agotador y deprimente; era horroroso. Y lo peor de todo era que debía de ser maravilloso, o eso decían todos.

Me acuerdo de una entrevista que le hicieron a JLo y su marido al poco de nacer sus bebés. Todos vestidos de blanco, sonrientes y maquillados. Y contaban que ellos mismos se levantaban de noche a dar los biberones, los dos juntos, y que se quedaban mirando a los pequeñines arrobados de amor y emoción. Y por la mañana se despertaban igual de arrobados. Y yo me odié porque, de madrugada, nunca sentía arrobamiento sino sólo sueño y cansancio. Y me despertaba con ojeras y mal humor, deseando que aquella fase pasara pronto.

Aquella etapa se terminó, como termina todo en la vida, pero llegó otra. Y luego otra. Y un día la niña se puso de pie y empezó a dar pasitos por la casa, a tirar la ropa limpia y planchada al suelo, a estrellar una  sandía en  las baldosas de la cocina, a meter la manita en la lata azul de nivea para pasarla luego por los muebles y las paredes. Y leí los consejos de las otras madres en los foros. Y ninguna parecía harta, cansada ni ligeramente irritada. Todas estaban contentas y satisfechas con sus paredes pringosas de nocilla y el sofá lleno de pegotes resecos de yogur. Y me sentí fatal, odiosa, perversa como una madrastra.

Me he sentido así muchas veces. Cuando decido quedarme en casa pintando en vez de llevarlos al parque, por ejemplo. Cuando antepongo mis intereses a cualquier actividad infantil. Cuando pienso en mí, y no en ellos. Cuando me digo que tengo derecho a tener mi vida, como hacía antes. Y sobre todo, me siento fatal y me dan ganas de estrellar el televisor cuando sale este anuncio. Lo de “yo, María, me entrego a ti, Nico” es que no lo puedo soportar. Me niego a anularme, a borrarme, a dejar de ser yo. Me niego a entregarme. Ni a mis hijos, ni a marido, ni a nadie.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

2 pensamientos en “Reto de los 122 días: Día 87

  1. Hola!! Supongo que escupir todo eso te debe de haber costado mucho, a sabiendas de las opiniones adversas que pudieses tener. Ser madre es una de tantas cosas de las que forma parte la vida de una mujer, no la única. A los hijos se les quiere pero la maternidad va unida a una responsabilidad enorme, un espíritu sacrificado y mucha paciencia. Hay días que los montarías en un barco sin rumbo fijo y otros en los que tu vida sin ellos sería vacía. En la vida hay que integrarlo todo y aprender a disfrutarlo o a torearlo lo mejor posible. Relájate, no te auto-flageles, ni te rebeles inconscientemente tampoco. Fuera el drama!! Intenta relajarte, ser flexible, dejarte de tanto control, que al final todo eso se convierte en una cárcel. Aprende a disfrutar de todo y cuanto te rodea. Sacúdete el mal humor, la apatía, el rencor hacia los demás o hacia ti misma. Todo eso a la basura! Y empieza por sonreir para empezar de nuevo.
    Vamos pa lante…

    • Pues sí, el tema de la maternidad es controvertido. La lactancia materna, el colecho y millones de cosas más. Es, con diferencia, lo más difícil que he hecho en mi vida; y si todo va bien, seguiré haciéndolo hasta que me muera. Así que más me vale tomármelo con tranquilidad…

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