Método Pominola

Retrato de paloma y otros sinsentidos

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retrato de paloma

El árbol está justo delante de la ventana de mi dormitorio, de modo que la mayoría del año no necesito cortina; me asomo y no veo más que ramas y hojas, apenas un trocito pequeño de cielo entre la espesura.

Y las palomas, claro. Mi árbol es hogar y refugio de gorriones y palomas, y muchas veces me asomo y les veo allí, contemplando la vida desde lo alto. Me miran, les miro, y cuando se cansan de mí escapan volando.

Pero no he venido a hablar de palomas. En realidad, no sé ni a qué he venido… Creo que necesito ordenar mis ideas, y escribir es siempre una buena idea; me obliga a ir despacio, que es cosa muy necesaria cuando se trata de ordenar algo.

Es que hablo demasiado deprisa, y salto de un tema a otro sin previo aviso. Es decir, que hablo igual que pienso. A borbotones.

Se acerca el final del año, otra vez, y eso implica evaluar lo que he hecho durante los meses anteriores. Me acordé de que Leonie Dawson (que es una especie de oyedeb pero en plan hippy y australiana) propone una “ceremonia” de despedida del año que se termina. Hay que dar gracias a la vida (o a quien quieras) por las cosas buenas y positivas que te han ocurrido en esos 12 meses. Yo me doy las gracias a mí misma por haber tenido la fuerza y el valor suficientes para salir del pozo de tristeza y autocompasión en el que me había metido hace ya tantos años.

Este es un tema que seguramente quedaría mejor el 31 de Diciembre, pero es que a mí me sale escribirlo hoy. Para darme cuenta de que las cosas marchan bien, aunque a veces me desespere y me frustre y me parezca que no avanzo. Es como estar atrapada en una película a cámara lenta: quiero avanzar más deprisa pero he de adaptarme al ritmo del decorado para no salirme de la cinta.

Hace ya unos años me dije a mí misma que debía hacer algo con mi vida, que no podía continuar viviendo en un continuo y amargo quejido. A finales de Diciembre me preparé un cuaderno monísimo (la historia de mi vida está llena de cuadernos preciosos) y escribí en la tapa: “2011. El año en que cambió mi vida”.  Llené la primera página con la lista (la historia de mi vida está llena de listas de todo tipo) de las cosas fantásticas que haría durante el año que comenzaba.

Seguro que ya imaginas lo que pasó. En el mes de Agosto, ordenando papeles y carpetas, apareció el cuaderno. Me sentí fatal, me propuse cambiar y pegué un trozo de papel blanco sobre la etiqueta de la portada. Escribí  “2012. El año en que cambió mi vida”. Y vuelta a empezar.

El cuaderno todavía anda por ahí, bajo una pila de papelotes, listas de cosas por hacer y libros de manualidades. Da igual, ya no lo necesito. 2013 es el año en que ha empezado a cambiar mi vida, y 2014 va a ser especial. No tiene más remedio, lo sé.

Ayer fui a comprarme unos vaqueros de esos sencillos, rectos, sin tachuelas ni parches descoloridos ni bordados de calaveras. Normales, podríamos decir. Busqué uno de mi talla en el perchero y me lo probé. Resultaba un poco ancho, así que lo cambié (no muy convencida) por una talla menor. Y me quedaba perfecto. Podría haberme alegrado, pensando que he bajado una talla; pero en lugar de eso pensé: “Cada vez hacen los pantalones más grandes”.

Esta mañana he ido, como siempre, al gimnasio. Llevaba varios días sin poder terminar el circuito de ejercicios, pero hoy me propuse hacerlo y lo conseguí. ¿Salí satisfecha? No. Pensé: “Si hoy he podido hacerlo, también podría haberlo hecho los días anteriores”. Y me sentí mal por los días anteriores, en lugar de sentirme bien por lo de hoy.

Conclusión: soy muy mala conmigo misma. Es un comportamiento contra el que estoy batallando desde hace meses, pero está tan arraigado que es difícil cortarlo de raíz.

Y ya por último, para terminar con la lista de temas que no guardan ninguna relación entre sí, te quiero hablar del único programa de televisión que sigo. Se llama “América: la historia de EEUU” y lo ponen los viernes a las 9 de la noche en Canal Historia.

Antes que nada debo aclarar que soy la única persona que conozco a la que no le gusta viajar. Si hablas con cualquiera acerca de este tema, todo el mundo dice que le encanta viajar y que si le tocaran unos millones de euros se dedicaría a dar la vuelta al mundo.

A mí no me gusta viajar. Soy terriblemente cómoda y detesto hacer el equipaje. Incluso en verano, cuando nos vamos unos días a visitar a los abuelos, yo lo paso fatal y sólo deseo volver a mi querida casa. Por no hablar de lo mucho que extraño las camas.

Todo este paréntesis es para explicar que, desde que tengo memoria, jamás me ha atraído lo más mínimo la idea de atravesar el charco para conocer los EEUU. En cualquier caso, si lo hiciera sería para visitar Canadá, que es un país que debe ser precioso si se parece en algo a las imágenes que veíamos en Ana de las Tejas Verdes.

Por eso, las pocas veces que he salido de España ha sido para visitar algún país europeo. Pero desde hace algún tiempo siento una absoluta fascinación por la historia de los EEUU. Me maravilla el hecho de que un país tan joven haya llegado a convertirse en la primera potencia mundial. Y la mentalidad que tienen (o que dicen tener) del valor del trabajo duro, y sobre todo el concepto del “hombre hecho a sí mismo” (selfmade man, creo que dicen ellos).

Quisiera poder ordenar las ideas para que saliera un post coherente en lugar de un batiburrillo como éste, pero estoy en un momento de mi vida en el que el orden brilla por su ausencia. Tengo ante mí varios caminos, y no quiero elegir ninguno. Quiero recorrerlos todos, y hacerlo deprisa; así que toca sentarse, respirar y pensar.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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