Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 65

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elcuartodia

 

Seguro que conoces a Sherlock Holmes, y si has leído este cuento sabrás de qué te voy a hablar hoy. Comienza con la escena en la que Holmes “lee” el pensamiento de Watson observando los gestos de éste.

Cuando lo leí, hace unos 15 años, me pareció una tontería; una escena  muy forzada para darle más lustre a Holmes, por si no tenía ya bastante. Y ahora que lo releo, me sigue pareciendo lo mismo. Ayer me acordé de esto por algo que me ocurrió en la calle.

Iba a comprar el pan cuando me encontré con unos de esos carteles de “perro perdido”, impresos en un folio con foto en blanco y negro del animal. Los veo con frecuencia, últimamente, pero ayer le presté atención, no sé porqué. Recordé la única vez que mi perra se perdió tras escaparse de casa, hace ya un millón de años (bueno, fue en 1999, en otro siglo).

Era una caniche blanca a la que recogimos con 6 meses de vida, y vivió con nosotros más de 14 años. En el último año de su vida desarrolló un tumor, o varios, y el veterinario sugirió que lo mejor era sacrificarla. No lo hicimos, no recuerdo porqué, y sus últimos meses fueron terribles. Se quedó prácticamente ciega, y se movía por la casa que tan bien conocía tropezando con los muebles a cada momento.

Un día se escapó (jamás lo había hecho) y mi hermana y yo salimos a buscarla. Fue ella quien la encontró y la trajo de vuelta, aturdida y desorientada. Estaba muy cerca de casa, pero no sabía volver; entonces no lo pensé, pero seguro que pasó mucho miedo.

Pensaba en esto cuando mi mente dio un salto que Sherlock Holmes no habría podido seguir. Me acordé (¿de dónde demonios salió aquel recuerdo?) de una lejana tarde en que viajaba en el autobús urbano de camino a mi casa.

En una de las paradas subió una mujer bastante mayor, bien peinada y bien vestida, que no llevaba bolso. Del bolsillo de su chaqueta sacó una carterita con un bonobús, pagó el viaje y se sentó. No recuerdo bien la razón, pero los demás pasajeros nos dimos cuenta enseguida de que algo no iba bien.

 

Aquella mujer no sabía volver a su casa. Había salido a dar una vuelta, se había alejado (o eso creía ella) y no sabía regresar. Miraba insistentemente las fachadas de los edificios tratando de encontrar algo conocido o levemente familiar, pero no lo conseguía. Los demás viajeros comenzaron a hacerle preguntas acerca de su calle, de su familia, de los comercios donde compraba; le preguntaban si su casa tenía escaleras, o balcón. Ella apenas acertaba a responder.

De haber estado Sherlock Holmes allí, habría averiguado la verdad sin ninguna dificultad. Pero no estaba.

Cuando llegué a mi parada, la señora continuaba sentada allí, mirando por la ventanilla con expresión aturdida. Una de las pasajeras se ofreció a llevarla a la comisaría de policía, a falta de otra idea mejor. Y curiosamente, tampoco entonces se me ocurrió pensar que aquella mujer estuviera asustada. Pensé en sus hijos, si los tenía, que estarían preocupados si habían notado su ausencia; pero no en ella.

 

Espero que no se diera cuenta de lo que pasaba, que no fuera consciente de su situación. Porque es cruel e inhumano ser privado así de tu identidad. Convertido en una cáscara vacía de todo recuerdo, como un papel en blanco que el viento arrastra de un lugar a otro hasta dejarlo olvidado en una esquina.

 

 

Y digo yo… también podría acordarme de cosas alegres, ¿no?

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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