Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 63

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elsegundodia

Me gustan las palabras esdrújulas. Me di cuenta cuando leí acerca de una encuesta en la que se pretendía elegir la palabra más bonita del castellano, y todas las palabras que se me ocurrían eran esdrújulas. Libélula, caléndula, anémona, bitácora, estrépito, decrépito, súbito, relámpago. Tienen algo musical, supongo.

Pensaba en esto cuando terminé de leer La insólita amargura del pastel de limón, novela de Aimee Bender donde lo que más me ha gustado ha sido el título (es triste, ya lo sé, pero es la verdad).

Me quedé pensando en el hecho de que siempre me han gustado más las palabras que los números, y sin embargo hice un bachillerato de ciencias y me licencié en químicas. Supongo que fue por una cuestión práctica, por aquel antiguo dicho de que “las carreras de ciencias tienen más salidas”. O quizá porque las matemáticas y la física me parecían más entretenidas que el latín y la Celestina, quién sabe. El hecho es que elegí un camino que supuestamente sería decisivo para el desarrollo de mi vida laboral, y al cabo de los años me he dado cuenta de que prefiero las palabras, esdrújulas a poder ser.

Hoy quería hablar de eso, de palabras, pero no paro de darle vueltas a algo que ocurrió hace unos días.

Estaba en una tienda esperando para pagar, y la mujer que iba delante de mí en la cola se encontró con un conocido al que llevaba bastante tiempo sin ver. Después de los besos, el consabido “hombre, fulanito, cuánto tiempo” y todo lo demás, el hombre preguntó: “Y a ti, ¿cómo te va?”

La mujer respondió con un “bien” bastante rotundo; y él contestó lo siguiente:

“Bueno, bueno… Tirando, como todo el mundo, ¿no?”

Yo me quedé pensando en aquello. Me dio la impresión de que a aquel hombre le había molestado que a ella le fuese “bien”. Parece que, con esto de la crisis, lo políticamente correcto es decir que te van mal las cosas; de lo contrario, pareces insolidario o qué sé yo.

Ayer fue el día 62 de mi reto; es decir, que ya he superado la mitad. Han sido dos meses de publicar diariamente, y varias veces he pensado en abandonar. Me he puesto enferma, han surgido contratiempos, me he sentido desanimada o aburrida o simplemente cansada. Pero he seguido adelante,  y eso es lo que cuenta.

Y ahora voy a contarte algo que me da vergüenza, mucha vergüenza. Porque vas a pensar mal de mí (yo lo haría también).

Lo voy a contar por si te ayuda, y también porque ya está superado. Y porque representa muy bien lo que ha sido mi vida durante muchos años, y lo que no quiero de ningún modo que vuelva a ser.

Sé piadosa, por favor.

Durante un año entero no me cepillé los dientes porque no me sentía con fuerzas.

Sí, ya sé que es un asco. Yo misma no me lo puedo creer, pero es verdad. No me sentía con fuerzas, con ganas o qué sé yo. Pensaba “total, ¿para qué? ¿a quién le importa? ¿a quién le importo yo?”.

Es doloroso (además de asqueroso) recordarlo, pero no quiero que se me olvide. No puedo volver a caer en eso. Así que ya sabes, si tienes alguna historia vergonzosa como la mía, no has de sentirte sola.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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