Método Pominola


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Reto de los 122 días: Día 90

La importancia de ser honesto.

No, no voy a hablar de Oscar Wilde (aunque debería, porque me lo leí entero en mi etapa veinteañera y es MUY grande).

honestidad

Podría explicarte que esta pintura representa cosas profundas e importantes. Que la mancha de la derecha simboliza un conflicto emocional que no me permite avanzar en mi vida, que me retiene en el pasado o algo así. Y las pequeñas manchas son actos de rebeldía que me permito para intentar liberarme de ese núcleo que me aprisiona.

Podría contarte muchos cuentos.

Podría inventarme  traumas infantiles,  historias conmovedoras para explicar el dibujo.

Pero, ¿sabes qué?  No es más que una hoja de papel donde limpié los pinceles después de estar pintando. Pensé que podría intentar pintar como mi hijo de 3 años, que simplemente se divierte haciendo manchas en un papel.

Y estuvo bien.

Es importante ser honesto, al menos para mí. Por eso no puedo inventar una historia para interpretar un montón de manchas.

Si tienes un ratito, te recomiendo que leas La esfinge sin secreto, que es mi favorito de Oscar Wilde.


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Reto de los 122 días: Día 88

Para el reto de hoy necesito tu colaboración. O más bien, tu ayuda.

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Justo eso es lo que me pasa: que he perdido la ilusión con mi reto. Ahora mismo, cumplir con el reto es como ir al gimnasio: me cuesta un esfuerzo tremendo pero lo hago porque me he comprometido conmigo misma.

Es cuestión de disciplina, de compromiso y de cabezonería. Y esas cosas están bien, o eso creo yo.

Por otro lado, nunca he sido de esas personas que, cuando empiezan a leer un libro, lo terminan sí o sí. Aunque sea un muermo y les cueste la misma vida, lo terminan como sea. Yo siempre he pensado que, con los millones de libros que hay en el mundo, no merece la pena perder ni un minuto leyendo algo que no me gusta. Es decir, que con la cantidad de cosas que podría hacer con mi tiempo, ¿por qué empeñarme en seguir con algo que ya no me ilusiona? ¿Debería buscar la manera de recuperar el entusiasmo del principio, o lo dejo sin más?

¿Me obligo a seguir, para poder luego decir “lo conseguí”?

Por favor, millones de lectores de todo el mundo, dadme vuestra opinión. ¡La necesito!

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Vale, no tengo millones de lectores (todavía), pero estáis por todas partes:

visitas

A todos los que venís por aquí, GRACIAS.


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Reto de los 122 días: Día 87

Mi reto de hoy es escribir sobre un tema que se me resiste. Hace tiempo que me lo propuse, pero por algún motivo lo he ido posponiendo; y ahora, al cabo de los meses, siento como si se hubiese enquistado.

Me doy cuenta de que tengo que escribir sobre ello para poder seguir adelante, porque mientras no lo haga me seguirá quemando por dentro.

Pero es un tema que me duele, por lo que intento esquivarlo siempre que se me presenta.

La maternidad.

maternidad

Nunca me han gustado los niños. Ni siquiera los bebés. Pero por algún motivo, siempre supe que tendría hijos; para mí es importante la idea del legado, la continuidad en el tiempo. Tampoco sé bien porqué.

Cuando me quedé embarazada, sentí alegría a la vez que miedo, ilusión y dudas. Nada especial, imagino; lo mismo que cualquier otra embarazada.

Para algunas personas me convertí en un recipiente, una suerte de incubadora humana que portaba al heredero; y se preocupaban extraordinariamente por mi alimentación y comodidad, pues repercutían directamente sobre la salud y bienestar del que aún no había nacido.

Por algún motivo, la gente empezó a darme consejos que yo no había pedido (yo los agradecí, de todos modos) y a contarme truculentas historias de terrible partos. Hay una especie de competición de narraciones de terror para parturientas; y parece que no eres una “mujer-mujer” si no has pasado un mínimo de 20 horas de parto. Es como cuando vas al médico de cabecera y en la sala de espera hay varios abuelos enumerando todas sus dolencias, a ver quién acumula más, quién es el más “sufridor”.

Recuerdo que, cuando mi hija nació, no sentí nada de aquello que había leído en foros ni revistas. No me enamoré de ella en cuanto la vi, ni recuerdo su olor, ni nada de esas cosas tan emotivas que nos venden en los anuncios de productos infantiles. Recuerdo un cansancio tremendo, un alivio infinito y muchíiiisima hambre. Como si acabara de correr una maratón de nueve meses cargada con un saco de 20 kilos (más o menos, en eso consistió). Sólo quería dormir, estar tranquila, volver a casa y comer, comer, comer.

Volví a casa y nada era como en los anuncios de televisión. Era duro, exigente, agotador y deprimente; era horroroso. Y lo peor de todo era que debía de ser maravilloso, o eso decían todos.

Me acuerdo de una entrevista que le hicieron a JLo y su marido al poco de nacer sus bebés. Todos vestidos de blanco, sonrientes y maquillados. Y contaban que ellos mismos se levantaban de noche a dar los biberones, los dos juntos, y que se quedaban mirando a los pequeñines arrobados de amor y emoción. Y por la mañana se despertaban igual de arrobados. Y yo me odié porque, de madrugada, nunca sentía arrobamiento sino sólo sueño y cansancio. Y me despertaba con ojeras y mal humor, deseando que aquella fase pasara pronto.

Aquella etapa se terminó, como termina todo en la vida, pero llegó otra. Y luego otra. Y un día la niña se puso de pie y empezó a dar pasitos por la casa, a tirar la ropa limpia y planchada al suelo, a estrellar una  sandía en  las baldosas de la cocina, a meter la manita en la lata azul de nivea para pasarla luego por los muebles y las paredes. Y leí los consejos de las otras madres en los foros. Y ninguna parecía harta, cansada ni ligeramente irritada. Todas estaban contentas y satisfechas con sus paredes pringosas de nocilla y el sofá lleno de pegotes resecos de yogur. Y me sentí fatal, odiosa, perversa como una madrastra.

Me he sentido así muchas veces. Cuando decido quedarme en casa pintando en vez de llevarlos al parque, por ejemplo. Cuando antepongo mis intereses a cualquier actividad infantil. Cuando pienso en mí, y no en ellos. Cuando me digo que tengo derecho a tener mi vida, como hacía antes. Y sobre todo, me siento fatal y me dan ganas de estrellar el televisor cuando sale este anuncio. Lo de “yo, María, me entrego a ti, Nico” es que no lo puedo soportar. Me niego a anularme, a borrarme, a dejar de ser yo. Me niego a entregarme. Ni a mis hijos, ni a marido, ni a nadie.