Método Pominola

Reto de los 122 días: Día 45

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mi reto de hoy

Mi reto para el día de hoy es sencillo (creo): escribir 5000 palabras.

La semana pasada, al conectarme a wordpress para  actualizar el blog, me encontré con un mensaje de felicitación automático. Me felicitaban porque mi blog cumplía un año, y en principio pensé que sería un error del sistema porque yo no empecé a escribir hasta el mes de Marzo. Pero no, no era un error. Es que yo creé la cuenta y el blog en Octubre, con intención de comenzar inmediatamente. Pero, por el motivo de siempre, lo fui dejando y me olvidé del tema.

El motivo de siempre es, ya lo sabes, el miedo. Miedo a hacer cosas nuevas, miedo a comprometerte en serio con un proyecto. Por si luego no tienes tiempo, o no sabes qué escribir, o los lectores piensan que eres tonta por escribir lo que escribes.

Así que lo dejé para más adelante, cuando estuviera más centrada y tuviera más tiempo y mi vida estuviera mágicamente encarrilada. Y como nada de eso ocurrió, en Marzo le di dos patadas a las excusas y decidí empezar sin saber muy bien por dónde. Pero empecé, afortunadamente, y ya luego sólo tenía que seguir rodando.

Una vez que pasó el primer impulso y empecé a perder fuelle, pensé en darle dos patadas al blog y volver con mis excusas de siempre; pero ya no podía. Me daba vergüenza. Y no por mis millones de lectores repartidos por todo el mundo, no. Me daba vergüenza por mí, por todas las cosas que he empezado en los últimos 20 años y no me han durado más de unas pocas semanas o incluso días. Así fue como nació el reto de los 122 días, con la obligación autoimpuesta de hacer algo y ser constante.

Seguramente sería más bonito decir que me lo pedía el cuerpo y me nacía del interior y que ansiaba compartir cosas con el resto de la humanidad. Podría decir eso, pero sería mentira. Fue una disciplina que me puse, sin más. Al principio funcionó bien, digamos el primer mes (Septiembre). Y a partir de ahí comenzó a decaer, porque se había convertido en una rutina diaria y ya no costaba tanto como al principio. Me aburría un poco, pero por supuesto no me he planteado en ningún momento abandonar; eso sería un fracaso para mí.

Empecé a darle vueltas a la cabeza (en eso no me gana nadie) y me di cuenta del error que había cometido.

Una tontería, una estupidez, una cosa tan evidente que no sé porqué estuve más de una semana pensando en ello. Cuando por fin me di cuenta del fallo, entendí lo que pasaba: al asumir el reto de los 122 días me había quedado sin tiempo para escribir, y a mí lo que me gusta y me hace sentir bien es escribir. Así de sencillo.

Soy de las que piensan que, aunque una imagen vale más que mil palabras, yo prefiero las mil palabras. Y me dije: “voy a plantearme un reto de escritura” y en eso estoy. ¿Por qué 5000 palabras?

Mis millones de lectores repartidos por todo el mundo saben que soy una fanática de las antigüedades, y no me refiero a candelabros y jarrones chinos y ese tipo de objetos. Me apasionan la genealogía, las historias antiguas, leer biografías y rebuscar entre papeles viejos. Me gustan desde siempre las novelas de tipo “saga familiar”. Aunque alguna gente no se lo crea, esta temática ya existía antes de Kate Morton. Recuerdo con emoción las novelas de Mazo de la Roche, ambientadas en la mansión llamada Jalna, y que se extienden a lo largo de un siglo. En la biblioteca pública de mi pueblo tenían la colección completa, y yo me la leí enterita y la disfruté muchísimo. Tanto, que el año pasado la estuve buscando por internet para volver a leerla; y no aparecía por ningún sitio. Finalmente encontré algunos libros sueltos, de distintas colecciones de bolsillo, en librerías de segunda mano. Y por supuesto me los compré, y esperé con ansiedad a que llegaran, y me llevé una grandísima decepción.

Aquello no se parecía en nada a lo que yo recordaba, y fui consciente en ese momento de lo mucho que había cambiado yo sin darme cuenta. Me sentí triste como si hubiese perdido a un amigo muy querido, pues en realidad los libros son eso, amigos que te pueden durar toda la vida.

Sí, ya sé que estás esperando que te explique lo de las 5000 palabras. El asunto es que hace unos meses leí un artículo en el periódico sobre Kate Morton, que estaba a punto de sacar una nueva novela (o acababa de publicarla, no recuerdo bien). La entrevistaban y, entre otras cosas más o menos tópicas, le preguntaban por su rutina diaria de trabajo. Ella explicaba que cada una de sus novelas la ha escrito en una casa diferente, que tiene diversas manías a la hora de escribir y que en la habitación donde trabaja coloca una pizarra blanca donde pone su objetivo para cada día: 2000 palabras.

A mí me pareció poco, la verdad. No es, a primera vista, una cifra impresionante. Cualquiera podría escribir 2000 palabras en un día, en unas horas. El truco no está en el número de palabras, claro, sino en la segunda parte: CADA DÍA.

Escribe al menos 2000 palabras cada día durante todos los meses que tarda en terminar la novela. CADA DÍA. Ahí está el secreto: en la constancia y el esfuerzo continuado en el tiempo.

Bueno, en eso y en que sabe escribir de un modo que atrapa, por supuesto. No sé si será a raíz de su éxito (imagino que sí) pero empiezan a salir como setas las novelas de este tipo. Como cuando se puso de moda el dichoso Crepúsculo y nada más encontrabas vampiros y hombres lobo por todas partes…

Como iba diciendo a propósito de Kate Morton, hace dos semanas leí una novela que parecía calcada de las suyas. No sólo en la temática, sino incluso en el esquema (capítulos alternos que suceden en la época presente y en épocas pasadas). Se llama Ashford Park, la autora es Lauren Willig y me costó la misma vida leerla; cada página era un triunfo. Hacia la mitad me cansé, me fui directamente al último capítulo para leer el final y terminar con aquella tortura. La moraleja es que, aunque tengas la receta perfecta, el cocinero tiene que saber dar su punto especial. De otro modo, no hay nada más que un armazón desnudo y sin alma.

Un libro que he leído este verano y me ha gustado mucho: “El libro de la señorita Buncle”, escrito por Dorothy Emily Stevenson, que firmaba como D.E. Stevenson y era prima segunda de Robert Louis Stevenson, el autor de  La isla del tesoro. No tengo reparo alguno en reconocer que no tenía ni idea de la existencia de esta autora, y me encantó descubrirla. Es un librito que se lee muy fácilmente pero no por ello es simple ni tonto, y encima es divertido. Hay una segunda parte, “El matrimonio de la señorita Buncle”, que leí a continuación y también es bueno; pero  no tiene el encanto del primero porque ya sabes lo que te vas a encontrar. El primero de estos dos libros lo leí en los días que mi madre pasó en el hospital este verano, y tenía miedo de no poder volver a leerlo sin acordarme de esos días terribles. Me ocurre, por ejemplo, con los autores rusos que me dio por leer en mis años universitarios; empiezo a leer Las almas muertas y es como retroceder 20 años y volver a la estación de tren donde pasé tantos ratos muertos esperando, leyendo.

Me acuerdo de la primera vez que leí Jane Eyre, en casa de mis padres, en invierno. Me acuerdo de Cumbres borrascosas, tapada hasta la barbilla porque hacía mucho frío, y con mi hermana en la litera de arriba esperando a que yo apagara la luz. ¡Qué recuerdo tan feo tengo de Cumbres borrascosas! Está tan bien escrito que pasé dos o tres noches de espanto hasta que conseguí terminarlo; y decidí no volver a leerlo nunca más. Con tantos libros como hay en el mundo, ¿por qué volver a pasar otra vez por todo aquello? Aunque sospecho que, si lo volviera a leer, no me causaría ni la mitad de las emociones de entonces.

Este verano también leí “El despertar de la señorita Prim”, que parecía muy prometedor pero luego no me gustó demasiado; y una novela extraña llamada “La verdad de la señorita Harriet” (escrita por Jane Harris). La defino como extraña porque ésa es la sensación que me dejó: extrañeza. Se la recomendé a una amiga sin comentarle nada al respecto, y al cabo de un par de semanas me dijo: “Qué libro tan raro me recomendaste”. No comento nada más para no hacer “spoilers”, por si alguno queréis leerlo.

En resumen, lo que estoy intentando decir es que el estado de ánimo influye mucho en nuestras experiencias y en la percepción de las cosas. Me ocurre también con la música, en concreto me estoy acordando de un disco de canciones de cuna que me regalaron en el hospital cuando nació mi hija.

No sé si lo he dicho ya en alguna ocasión, pero mi hija no quiere dormir. Nunca. Lo considera “una pérdida de tiempo, con todas las cosas divertidas que se pueden hacer”. Ahora ya tiene edad de quedarse quieta y callada en la cama hasta que la vence el sueño, pero en sus tiempos de bebé era un horror para mí. Los tres primeros años fueron un espanto, y no creo poder olvidarlos: una orgía de llantos, gritos y pataleos por parte de ella; y un cansancio e irritabilidad crónicos por mi lado. Ahora que lo pienso, quizá mi depresión empezó ahí.

Tenía la niña un mes, o quizás dos, cuando me acordé del disco de canciones de cuna. Lo puse mientras intentaba dormir a la criatura, que llevaba una eternidad dando alaridos. No creo en ningún tipo de dios, pero en aquel momento rezaba para que funcionara, para que se quedara alelada y finalmente dormida con las cancioncillas. Pero ya te imaginas lo que ocurrió.

Hace un par de años, poniendo orden en un mueble, apareció el disco; y como mi hijo era pequeño entonces, se lo puse para que lo escuchara un rato. Empezó a sonar la primera nana y me puse malísima; creo que hiperventilaba y todo.

¿Has leído la novela Rebeca, de Daphne Du Maurier? Al principio del libro, cuando la protagonista sin nombre está pelando la pava con Max, hay un momento en el que dan un paseo en el coche de él. Ella, que es muy ingenua y un poquito tontorrona, está en la gloria y es felicísima; y se le ocurre una idea un tanto singular.

” –Si pudiera inventarse algo –dije impulsivamente– para embotellar los recuerdos, como los perfumes… Para que no se disipasen, para que nunca pudieran ponerse rancios… Cuando quisiéramos, podríamos destapar el frasco y sería como vivir de nuevo el momento guardado… ”

A mí me pasó justamente eso cuando volví a oír aquellas canciones. La sensación de angustia, el pellizco en la boca del estómago, el nudo en la garganta del llanto que quiere salir pero reprimes con esfuerzo. El cansancio, la tristeza, la inquietud, el desasosiego, la intranquilidad. Todo de golpe, en unos segundos, con sólo oír las primeras  notas.

No comenté nada por no parecer una desquiciada, pero hace cosa de una año, leyendo un suplemento dominical, me encontré con la magdalena de Proust. No tenía ni la menor idea de que Proust tuviera una magdalena con su nombre, y en principio no me interesé demasiado. Desde que intenté leer El tiempo perdido y Por el camino de Swann (ambos sin éxito)  en mis tiempos mozos, el nombre de Proust es para mí sinónimo de aburrimiento insoportable. De modo que pillé un trozo de papel, escribí “magdalena de Proust” y lo guardé en el bolso. Se pasó allí varios meses hasta que lo reencontré, me picó la curiosidad y lo busqué en google.

Y dijo la wikipedia que, en la novela Por el camino de Swann, “el narrador rememora recuerdos de su infancia al comer una magdalena con una taza de té, ya que asocia el sabor, la textura y el aroma de la magdalena con ese mismo estímulo vivido años atrás, en la niñez, pasados en los viajes que hacía con sus padres a la casa de la tía Leoncia. Con ello, una vulgar magdalena se ha convertido en el símbolo proustiano del poder evocador de los sentidos.”

Después de leer esto me sentí un poco menos loca, y sobre todo más acompañada.

Según mi editor de textos, en este momento llevo escritas 2134 palabras. Es decir, ni la mitad de lo que me había propuesto para hoy. Podría corregir el texto y escribir 2000 en lugar de 5000. Decir que el reto era escribir 2000 palabras como Kate Morton, en lugar de 5000. Pero sería mentira, y aunque sólo lo iba a saber yo, para mí es importante ser honesta conmigo misma. Una persona que no es honesta consigo misma, difícilmente lo será con los demás.

La nueva yo, la que estoy construyendo, no se escuda en pretextos ni en excusas. Pensé que escribir 5000 palabras era fácil, y me equivoqué. No es fácil. Pero lo he intentado, lo he hecho lo mejor que he podido, y ya van 2241 palabras. En otra época de mi vida (hace un año, sin ir más lejos) ni siquiera lo habría intentado. Seguro que habría pensado “eso es fácil, si quisiera lo haría; si los niños me dejaran tiempo lo haría; si mi marido ayudara más en casa lo haría; si…” . Todo mentira, claro.

Así que, aunque no he cumplido mi reto de hoy, me siento satisfecha conmigo misma. Dudo mucho que hayas conseguido leer hasta aquí; pero si lo has hecho, te felicito por tu paciencia. Número de palabras: 2332.

Hasta mañana.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

5 pensamientos en “Reto de los 122 días: Día 45

  1. Pues yo lo he leído todo y me parece un post estupendo. A mí también me pasa un poco como a tí, que cojo algo con muchas ganas e ilusión y poco a poco esa ilusión se va desinflaaaando poquito a poco. Pero el lado positivo de todo es que nos gusta probar cosas nuevas, nos gusta seguir sintiendo esa chispa por lo nuevo que comienza, seguimos teniendo la ilusión de intentar algo. Y eso, creo, es algo valioso que nadie debería perder. La ilusión. Y si después no llegamos a nada al menos lo hemos intentado, lo hemos probado, nos hemos retado. Como me digo a mí misma muchas veces; ‘Never Stop Xploring’. Hay tantas cosas por descubrir…. Te sigo!. Un beso.

    • Pues si te ha gustado, prepárate: ¡porque estoy preparando la segunda parte!
      ¿Te puedes creer que con todo el rollo que solté, se me quedaron cosas en el tintero?

      Tienes razón en lo de probar cosas nuevas, pero para mí, en este momento de mi vida, es importante terminar algunas de las cosas que empiezo.

      Ayer me acordé de ti y de tus tangles, porque vi un libro de mandalas para colorear. Es algo que me llama la atención desde hace tiempo, pero todavía no me ha dado por hacerlo, y seguro que relaja mucho. A ver si se lo comento a los reyes magos…

      Un beso y gracias por venir, Eva.

  2. Sí que relaja sí. Te animo a que lo pruebes y ya me contarás!.

  3. Me ha encantado tu post. Felicidades por tus 2.332 palabras. Y también por tu honestidad.
    Desconocía lo de la magdalena de Proust, que curioso. Pero a mi me pasaba de pequena algo parecido, solo que, en lugar de estar relacionado con la comida, lo estaba con la pintura. Cuando estaba varias horas trabajando en una pintura, si a la vez escuchaba una conversación o un programa de la tele, sucedía que tiempo después, al fijarme en algún detalle del cuadro, recordaba lo que había escuchado en ese momento. Pero también es cierto que esos recuerdos ya se me han borrado.
    También me he leído “El despertar de la señorita Prim” este verano, esperando algo más de lo que luego encontré.
    ( Y también para mi hijo pequeño el dormir es una pérdida de tiempo, así que te comprendo…..).
    No me he olvidado de mi reto….estoy intentando matar las pocas excusas que me quedan…. Beso

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