Método Pominola


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Reto de los 122 días: Balance del primer mes

balance mes1

Cuando me planteé el tema del Reto de los 122 días, recuerdo que lo subtitulé “122 días para ponerme las pilas“.

Ese era, en principio, mi objetivo: salir de la desidia y la comodidad en que me había instalado durante los últimos años y obligarme a hacer cosas a diario.

Debo reconocer que, aunque me lo propuse en un momento de gran entusiasmo, tenía serias dudas acerca de mi propia capacidad. Quise proponerme algo difícil que pudiera llamarse un reto, y en un momento en que me sentía llena de fuerza decidí que fueran 4 meses, los 122 días que hay entre el 1 de Septiembre y el fin de año.

Parecía difícil, pero ésa era la gracia del asunto. Nadie se siente orgulloso ni satisfecho de conseguir algo fácil… por lo menos, nadie que sea medianamente razonable. Como dijo Kennedy: “Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sean fáciles sino porque son difíciles.”

Yo quería eso, hacer algo que me resultara difícil. De modo que el 31 de Diciembre pueda revisar el trabajo terminado y decirme a mí misma que lo he hecho bien, que puedo estar satisfecha.

Pero como ya he dicho, tenía dudas. No en vano son ya cerca de 8 años de autoestima menguante, y la mella es grande y profunda. Así que pensé hacer “trampas”. Trabajar “en diferido”.

Decidí que empezaría con los trabajos en el mes de Agosto, y así tendría un mes de margen de maniobra, un colchón confortable de 31 días de adelanto. Pero me salió mal (¿no te dijeron nunca que los tramposos no llegan lejos?).

El 25 de Julio operaron a mi madre de su cáncer de colon, y el mes de Agosto lo pasó con infección en el hígado y problemas varios. De modo que llegó el 30 de Agosto y no tenía NADA preparado. Y me acojoné. Y me arrepentí. Y decidí dejarlo, no hacer nada, seguir como hasta entonces. Pero no pude. ¿Sabes por qué?

No pude dejarlo pasar porque he cambiado. No sé exactamente en qué momento, porque no ha habido un “clic”, pero algo ha cambiado dentro de mí. Tengo una sensación de que ahora es justo el momento, de que no puedo dejarlo pasar. Además, me comprometí conmigo misma y no puedo ni quiero fallarme; no es el modo de recuperar la confianza en mí.

Este mes ha sido difícil pero muy gratificante. Algunos trabajos han salido bien y otros no tanto, pero me he forzado a publicarlos. A no mirar el detalle hasta quedarme bizca, como hacía antes, pensando que nada era lo suficientemente bueno.

He aprendido a planificar pero también a improvisar cuando el tiempo se me venía encima; me he dado cuenta de que la creatividad crece exponencialmente cuando pones a trabajar al músculo creativo. Los primeros días me agobiaba pensando en no tener ideas suficientes para cubrir los 122 días, y me propuse “copiar” a personas a las que considero especiales y creativas (Elsita, Posie, Geninne…). Pero conforme empezaba a trabajar, de cada idea surgía otra y otra; y algunas se iban ramificando y dando lugar a montones de nuevas pequeñas ideas. El resultado es que, ahora que llevo ya un mes con el reto, tengo un cuaderno de ideas con decenas de nuevos proyectos para desarrollar. Algunos verán la luz y otros no, pero todos son “hijos” míos; y los he parido trabajando, no mirando lo que hacen los demás.

Recordé algo que me dijo hace 17 años un compañero de la facultad: “Cuántas más cosas haces, más tiempo tienes”. En ese momento no lo entendí, o no lo quise creer; pero ahora me doy cuenta de que es verdad.

Cuando no hacía nada, me pasaba el día lamentándome de no tener tiempo para nada, de no disponer de un espacio adecuado, de la cantidad de atención que mis hijos me reclamaban. Y no tenía tiempo para nada que no fuera quejarme, protestar y autocompadecerme.

Ahora, en cambio, mientras escribo esto estoy pensando en todo lo que quiero hacer; y sé que, de algún modo, encontraré el tiempo y el modo de hacerlo.

El reto nació como un fin en sí mismo, un objetivo, pero ahora me doy cuenta de que se ha convertido en un principio, en un punto de partida para todos los planes que tengo en mente. Montones de ideas que se agolpan en la cabeza y empujan para salir de ahí, para convertirse en una realidad.

¿Quieres quedarte para verlas nacer? Adelante, siéntate.


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Reto de los 122 días: Día 30

Algo importante que he aprendido en el último mes:

Tu imaginación es fértil como un campo bien abonado

fondo verde

¿Conoces algún suelo que se cultive solo? Yo no.

Para obtener frutos, hay que trabajar con el suelo. Trabajar mucho y de forma constante.

Por mucha calidad que tenga la semilla, ella solita no se entierra en el suelo, ni se riega, ni se abona.

Por mucho talento que tengas, no va a salir como un grano que erupciona de repente sin que nadie lo llame.

Desengáñate, eso no va a pasar.

Sólo de ti depende que tu cosecha sea ésta

pedregal

o esta otra

 

campoflorido

¿Cómo lo ves?

 


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Reto de los 122 días: Día 28

Quizá eres introvertida, tímida o reservada. No pasa nada, está bien.

Pero, ¿quién podrá apreciar tu talento si te escondes tras el miedo o la inseguridad?

 

no escondas

Hay gente a tu alrededor haciendo cosas sin parar, ¿te has dado cuenta?

A veces se equivocan. Otras aciertan. Pero siempre siguen adelante…

¿A qué esperas tú para mostrarles a todos lo que puedes hacer?

Sal de tu escondite AHORA y brilla.

 

tu talento


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Reto de los 122 días: Día 27

Por dentro eres como el océano. A veces calmado, otras turbulento y muchas veces, insondable. Pero en el fondo esconde pequeños tesoros, igual que tú.

No los encontrarás si no buscas; y buscarlos no es nada más que llegar a conocerte.

 

tesoros


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Reto de los 122 días: Día 26

Una mañana despertó, y había olvidado su nombre.

una mañana despertó

Se miró al espejo e hizo un esfuerzo, un gran esfuerzo. Recordó que era hija de Antonio y Lola, esposa de Damián, madre de Sara; hermana de Juan y de Jorge, amiga de Encarna y prima de Charo. Pero no pudo recordar su nombre, y dejó de saber quién era. Se reconstruyó a partir de los recuerdos que pudo recuperar, donde aparecían siempre los padres, la hija, el marido. Y así siguió viviendo, y desde entonces fue sólo media persona.

media persona


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Conocerte mejor: el testamento

Cuando empecé a investigar mi historia familiar en 2006, cometí muchos errores de principiante; uno de ellos fue pensar que podía prescindir de investigar en el campo de los testamentos.

En una rama de mi familia he conseguido remontarme hasta cerca del año 1500, y todos los individuos que he encontrado se dedicaban a faenar en el campo. Sólo mi bisabuelo se hizo albañil, y su hijo (mi abuelo paterno) casi terminó la carrera de medicina.

Es decir, todos eran pobres. ¿Cómo iba a imaginar que dejaron decenas de testamentos entre unos y otros?

Mi segundo error de principiante fue pensar en esas personas en términos actuales. No puedes suponer cuál sería el comportamiento de alguien nacido en 1800 pensando con los parámetros de alguien de dos siglos después. Pensar “Si era pobre y trabajó toda su vida rompiéndose la espalda en el campo, ¿para qué iba a hacer un testamento? No tenía nada que legar”.

Tengo bastantes testamentos donde se legan mesas, sillas y ropa de uso diario. ¿Te imaginas ir a un notario y pagarle para que te redacte un testamento donde legas tus vaqueros y camisetas a tus hijos o parientes?

Los testamentos (y los documentos notariales, en general)  aportan muchísima información de distintos tipos. Así que no debes menospreciarlos.

En España, los archivos notariales se denominan “archivos de protocolos”. Los documentos redactados ante notario se conservan en la notaría durante 25 años, y luego pasan al archivo notarial del distrito donde permanecen otros 75 años. Por fin, cuando cumplen el siglo de vida, van a parar al archivo histórico notarial (que suele estar en el archivo histórico municipal o provincial).

En esta última ubicación encontrarás índices de los protocolos notariales (cartas de dotes, poderes notariales, testamentos, etc) ordenados según distintos criterios. Por localidades, por apellidos del otorgante, por apellido del notario que firma, por fecha.

Cosas a tener en cuenta cuando visites el archivo notarial:

– los documentos no siempre se redactaban en la población donde vivía el interesado (porque no había notario, porque estaba de viaje, porque el testador no quería que nadie supiera que visitaba al notario). Ten cuidado y no te limites en tu búsqueda, muévete a las poblaciones cercanas.

– ten paciencia: los testamentos suelen ser muy extensos y llenos de fórmulas que se repiten (por ejemplo, las dos primeras páginas pueden estar dedicadas a florituras religiosas).

– en el acta de defunción del registro civil se suele indicar si el difunto testó o no, y en caso afirmativo, ante qué notario lo hizo.

Si no sabes si existe testamento o no, puedes dirigirte al Registro de Actos de Última Voluntad. Según la web del ministerio de justicia, “el Registro de Actos de Última Voluntad es aquel en el que se inscriben los testamentos, con el fin de garantizar el conocimiento de su existencia una vez fallecidas las personas que los hubiesen otorgado o bien en vida por los propios otorgantes.”

Cumplimentando un formulario con los datos del fallecido (nombre, lugar y fecha de la defunción) y abonando la tasa correspondiente (que ahora mismo es de 3,62 euros), el registro te envía un certificado donde se indica si existe testamento o no, y si lo hay, dónde está.

Ya sé que explicado así resulta un rollo, pero te aseguro que no lo es. En un testamento puedes descubrir muchísimas cosas de una persona: cómo vivía, cómo era su relación con su familia, las deudas que tenía y porqué, las cosas que compraba, las rencillas familiares que existían. Algunos de estos documentos son auténticos folletines, te animo a que los descubras.