Método Pominola


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Conocerte mejor: ¿Punto de partida?

quién eres

Seguramente habrás oído a tus padres o abuelos contar “batallitas” e historias familiares. El motivo por el que la bisabuela Ramona dejó de dirigirle la palabra a su cuñado Sandalio, por ejemplo. En el caso de los abuelos, son típicas las historias acerca del servicio militar y de los “tiempos del hambre” (la posguerra).

Otras historias se mantienen ocultas, resguardadas en la memoria de los mayores: el hermano quinceañero fusilado durante la guerra, el bebé muerto a las pocas horas de nacido. Son historias dolorosas que se guardan para sufrirlas en lo más íntimo, y quizá a veces has pillado algún retazo de conversación entre los mayores de tu familia. Son sucesos que no se nombran, pero que están ahí.

Intenta recordar las historias (aunque sean incompletas o poco verosímiles) que hayas oído en tu familia. Incluso los fragmentos o detalles te servirán; ten en cuenta que se trata de recomponer un puzle donde intervienen muchas personas y que ha tardado muchos años en dibujarse.

Anota todo lo que recuerdes, con todos los detalles posibles. A veces, las personas mayores recuerdan gran cantidad de detalles nimios y a pesar de ello no son capaces de hilar una historia coherente. No importa. Apúntalo todo, que ya habrá tiempo de cribar la paja del grano y colocar cada pieza en su lugar.

(Anotarlo todo no implica creerlo a pies juntillas. A veces, te encontrarás con historias repetidas cientos de veces que NO son ciertas, al menos no en su totalidad. Cuando una mentira se repite muchas veces, los implicados llegan a creer que realmente ocurrió así, aunque no sea cierto.)

Las personas de cierta edad tienen tendencia a guardarlo todo, ¿te has dado cuenta? Recortes de prensa, invitaciones de boda, recordatorios de comunión y esquelas de difuntos. La cartilla militar del abuelo Teodoro, unos cupones de los tiempos del racionamiento, el resguardo de la compra de la primera lavadora. Y las fotos de la familia, claro.

Tu objetivo es conseguir que te presten (o mejor, que te donen) todo ese material. Como es poco probable que te lo regalen (nadie se lleva cincuenta años reuniendo papeles con devoción para dárselos al primero que llegue pidiéndolos), lo normal es pedirlo prestado y escanearlo. POR LOS DOS LADOS. ¿Por qué digo lo de los dos lados? Te pongo un ejemplo real, que me ha sucedido a mí.

Tengo una foto antigua, en blanco y negro, de un señor vestido de marinero. La típica que se hacían los mozos durante el servicio militar para enviarla a la madre o a la novia. Sé quién es el muchacho, pero ignoro dónde se hizo la foto ni cuándo. Le das la vuelta y no hay dedicatoria, ni fecha, ni nada que parezca útil. Sólo unas letras medio descoloridas, estampadas con tinta azul, donde dice “Estudio fotográfico Jenofonte Díaz. Tel. 6782”.

En principio, como no eres descendiente de Jenofonte, no le das importancia y decides no escanear el reverso de la foto. Y cuando dentro de 5 años ya no tengas la foto, ni sepas dónde está, descubrirás una vieja guía comercial de Quintanar del Membrillo donde aparece el estudio fotográfico de Jenofonte Díaz, con su número de teléfono. Con un poco de suerte y paciencia podrías averiguar en qué período de tiempo estuvo funcionando el negocio, y afinar un poco la fecha de la foto. Pero ya hace mucho que te olvidaste de aquellas letras descoloridas estampadas en tinta azul.

Escanea TODO lo que te den, y por todos lados. Con la mayor calidad y resolución posible, por supuesto. Nadie sabe lo que habrás descubierto dentro de 5 años, y los documentos originales no te van a esperar eternamente. Ve a visitar a tu tía Aurelia y pídele amablemente que te preste todo lo que tenga. Sí, ya sé que las esquelas y los recordatorios de las misas de difuntos no son precisamente atractivos, pero los vas a necesitar. Hazme caso. Y ve ya. No te esperes al año que viene, porque Aurelia tiene 82 años y está bastante pachucha; y cuando te llamen para decirte que la tía Aurelia falleció hace 4 días a causa de una neumonía, puede que sea tarde para recuperar nada. Ten en cuenta que tu prima Telesfora estuvo con Aurelia en sus últimos días; ha estado reuniendo toda la ropa de la difunta para donarla a la beneficencia y los papeles viejos le han dado mucho repelús y los ha tirado. A LA BASURA.

Esto te puede parecer cómico o exagerado, pero no es así. A mí me pasó, y es muy frustrante. Telesfora no sabe lo que es la genealogía ni le interesa averiguarlo; ella sólo quiere poner orden en la casa y lo hace lo mejor que puede. Tampoco tú le has dicho que te guarde nada; total, para qué, si el verano próximo ibas a visitar a la tía Aurelia.

Otra ventaja de visitar a la tía Aurelia antes de que sea tarde es la cantidad de historias que te puede contar de primera mano. Cuando una persona muere, no solamente se lleva sus vivencias. Desaparecen también los recuerdos de todas las historias que oyó contar a lo largo de su vida. Con ella mueren un poco más sus padres y abuelos, que llevaban muchos años bajo tierra pero en cierta forma seguían vivos en ella, que los recordaba.

Puedes tener una docena de fotos del padre de Aurelia, pero sólo ella puede contarte que tenía una cicatriz en la pantorrilla derecha porque le coceó un mulo en las fiestas del pueblo y le rompió la tibia. El padre de Aurelia no era solamente una cara y un nombre, era una persona real. Ella le conoció y puede contarte muchas cosas de él; cuando ella desaparezca, se llevará a la tumba la historia del mulo, y muchas otras.

Es por esto que no debes despreciar los testimonios orales, porque muchas veces será lo único que tengas. Tengo antepasados que se dedicaban a faenar en el campo, y sus vidas parecen absolutamente vacías y monótonas. Se reducen a una línea recta con tres puntos marcados en rojo: nacimiento, matrimonio y muerte. Eso, los que estuvieron casados. Los hombres, además, hacían el servicio militar; y las mujeres daban a luz incansablemente. Muchos eran analfabetos, así que ni siquiera puedo aspirar a encontrar su firma en un trozo de papel. Nacían, trabajaban como bestias del campo y morían dando paso a otra generación de campesinos. Ni una foto, ni una firma, nada. Sólo las historias que contaba mi abuela a mi madre, y que a su vez le había contado su propia abuela.

Si te he convencido, la próxima semana visitaremos a tu tía Aurelia, a ver qué nos cuenta.¡Hasta el miércoles!

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Las gafas de ver al revés

gafas de cambiar las cosas

¿Alguna vez te has puesto las gafas de ver al revés? Cuando las llevas puestas, las consecuencias parecen causas y al revés.

Después de nacer mi hija, me quedaron 15 kilos de más. Son tan fieles que todavía no me han abandonado del todo.

He luchado mucho contra ellos, culpándolos de mi infelicidad; pensando que “si estuviera delgada sería más feliz / me sentiría mejor / tendría más ganas de hacer cosas / recuperaría la ilusión”.  Es decir, como si los kilos fueron la causa y la infelicidad, la consecuencia. Y es justo al revés.

Hace un año leí una novela de Santa Montefiore llamada “La caja mariposa”. En un momento dado, la protagonista le dice a su hermano: “Estás gordo porque no eres feliz”. Es sólo una frase, pero a mí me hizo “clic” en alguna parte.

Al poco me encontré con el libro de Montse Barderi llamado “Perder para ganar”, en el que la autora explica que “El malestar no es fruto de las adicciones, las adicciones son fruto del malestar”.  Y ahí me puse a pensar que quizá había estado equivocándome con todas aquellas dietas… que quizá no era esa la solución, porque había equivocado el problema.

Desde que empecé con el blog y mis nuevos planes, he perdido 4 kilos sin hacer dieta. Me doy cuenta de que ya no tengo tantos ratos muertos en los que visitar el frigorífico. Cuando tengo un hueco, prefiero hacer cualquier cosa antes que atracarme a comer porquerías.

Me quité las gafas de ver al revés. Ahora sé que utilizaba la comida para llenar los vacíos de mi vida desgraciada, así que en lugar de hacer dieta, voy rellenado esos vacíos.

Y tú, ¿todavía llevas tus gafas?


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Adivina cuánto me quiero

me quiero a mí

El verano pasado, en mi etapa de lecturas inescrupulosas (leer todo lo que pillaba, básicamente) me encontré con unos libros de Louise L. Hay de los que la gente hablaba como si fuesen la biblia. En uno de ellos, que se llama “El poder está dentro de ti”, se describen unos ejercicios para recuperar el amor hacia uno mismo (y por tanto, la autoestima). Tienes que ponerte ante un espejo y decirte “Te quiero, de verdad que te quiero” y cosas así.

Yo no sirvo para eso, no me sale. Así que me cosí este corazón de tela de cuadritos y le planté una chapa que dice “Me quiero a mí” (en lenguaje chapa, claro). Lo tengo bien a la vista, y de vez en cuando lo miro para recordarme a mí misma que me quiero. ¿No es triste tener que recordarte algo así?


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Conocerte mejor: ¿Qué quieres saber?

marca el objetivo

 

Si eres como yo, antes de empezar querrás tenerlo todo bien organizado y planificado; tanto, que quizás no llegues a empezar nunca.

Mi consejo es que, para empezar, tengas simplemente un cuaderno (mejor que papeles sueltos) y un bolígrafo. Nada más. Para empezar es más que suficiente, y durante algún tiempo no necesitarás nada más. No pierdas días o semanas intentando averiguar cuál es el mejor software libre para elaborar tu árbol genealógico, o calculando si te sale a cuenta hacerte miembro de una web de búsqueda de ancestros. Ya tendrás tiempo para eso más adelante.

Algo que debes tener muy en cuenta es que ésta es una labor que requiere tiempo y paciencia. Pasarás muchas horas investigando, revisando documentos y navegando por internet como un poseso. A veces ocurrirá que, durante meses, no habrá ningún avance y te aburrirás; pero luego, de repente, llegará el certificado de defunción de tu tía abuela Clodomira y te encontrarás con ese dato que necesitabas para continuar. Ese día sentirás un subidón tremendo y te quedarás hasta las 4 de la madrugada navegando por webs de búsqueda de antepasados, intentando localizar a Fulgencio, el hijo soltero que dejó la tía abuela Clodomira.

Por ponerte un símil, debes pensar que este trabajo sigue el ritmo de las cosechas; sembrarás (cartas, solicitudes, peticiones, búsquedas) y deberás esperar que den su fruto (certificados, documentos, datos en definitiva). No hay que desesperarse.

Mi primera recomendación es la paciencia. La segunda, la minuciosidad. Estamos haciendo un trabajo de investigación casi detectivesca, así que no vale andarse con vaguedades. Hay que ir al detalle, y estudiarlo con detenimiento. Los detalles pueden aportar mucha información relevante e insospechada.

Una vez armada de paciencia y dispuesta a estudiar los detalles, tienes que definir claramente tu objetivo. ¿Quieres dibujar el árbol genealógico hasta tus bisabuelos para regalárselo a tu sobrina Mari Puri? ¿Deseas saberlo todo sobre Fulgencio, el hijo soltero de la tía abuela Clodomira? ¿O necesitas saber si el tatarabuelo Pancracio dejó alguna herencia cuando falleció a los 103 años en Brasil?

Si la respuesta es la de tu sobrina Mari Puri, no tiene sentido que te pongas a estudiar documentos del siglo XV, por ejemplo. Y si lo que te interesa es la herencia del tatarabuelo Pancracio, deberás centrarte, en principio, en Brasil.

No te preocupes si no lo tienes claro. El objetivo inicial puede ir difuminándose conforme avances, porque la investigación genealógica causa adicción. Empezaste con el árbol de Mari Puri, se lo regalaste en un marco precioso pero ya te había picado la curiosidad y querías saber más. Y luego más, y más, y más. La genealogía es como el chocolate, por mucho que comas nunca es suficiente.

Yo comencé en esto buscando a Rodolfo, el hermano de mi abuela paterna, desaparecido durante la Guerra Civil. Mis padres solían hablar de él de vez en cuando, muchas veces delante de mí y de mis hermanos. Por suerte, yo no tenía ni idea de lo que era la guerra; y me imaginaba toda clase de historias fantásticas en las que Rodolfo se veía envuelto en su huída. Sucesos inesperados que le retenían, apartándole de su esposa y sus hijos, impidiéndole regresar a casa.

Recuerdo con claridad un día en que hablaban de él, y mi padre concluyó la conversación diciendo: “Después del tiempo que ha pasado… nunca sabremos lo que le ocurrió”. Algo hizo “clic” dentro de mi cabeza; me prometí que descubriría la verdad, lo que le ocurrió a Rodolfo, y porqué ya nunca volvió a su casa.

Pasaron más de 20 años sin que hiciera nada para localizar a Rodolfo, aunque a veces me acordaba de él y fantaseaba con la idea de encontrar su pista. Dejé de ser una niña, me casé y fui madre; y surgió la necesidad imperiosa y apremiante de SABER, saber lo que ocurrió para poder contárselo a mi hija.

Hay quien habla de un reloj biológico que determina el momento en que la mujer siente la necesidad de ser madre. En mi caso, con la maternidad se activó mi “reloj genealógico”. Fui plenamente consciente de que mis abuelos llevaban muchos años muertos, y mis padres eran ya sexagenarios. Recordé algo que mi padre suele decir cuando hablamos de estos temas: “Cuando uno es joven, no se preocupa por preguntar estas cosas; y cuando con la edad se siente interesado, ya no queda nadie a quien preguntarle”. Decidí que no iba a ser mi caso, y comencé a plantear interrogantes. Más adelante te explicaré que no todas las preguntas valen, y que hay que saber preguntar y, sobre todo, escuchar.

Descubrí muchas cosas de Rodolfo. Su historia no era romántica ni aventurera; más bien resultó ser sórdida y tenebrosa. Hube de investigar incluso un crimen…

¿Creías que sólo en las novelas de Kate Morton hay secretos oscuros y siniestros?

Volvamos a ti. Tienes tu cuaderno, tu bolígrafo y tu objetivo marcado. Te has propuesto ser paciente y minuciosa. ¿Qué haces ahora? ¿Por dónde empiezas?

Lo más fácil y lógico es empezar por ti misma. Piensa con cuidado y reúne los datos que tienes. Sabes tu nombre, los de tus padres y seguramente los de tus abuelos. Tienes tu fecha y lugar de nacimiento, y con eso ya puedes empezar a tirar del hilo de tus orígenes.

Prepara el boli y el cuaderno, porque la semana próxima empezaremos a investigar.

¡Hasta el próximo miércoles!


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El virus de la memoria

viaje en el tiempo

Si tenía yo algún tipo de trauma con la cercanía de mis 40 años, se me ha quitado de golpe y porrazo. Ha bastado un virus para devolverme a mi más tierna infancia.

Mi hija se ha contagiado de algo en la escuela de verano, y como es de naturaleza generosa, me lo ha pasado a mí. La pediatra me comenta que es un virus propio de bebés de entre 6 y 24 meses, pero que al no estar inmunizada me ha tocado llenarme de manchitas rojas todo el cuerpo.

No recuerdo cuándo fue la última vez que tuve fiebre, pues con la maternidad me he prohibido incluso estar enferma; sufrida que es una.

Cuando me metí en la cama, tapada hasta la barbilla, fue como subir a la máquina del tiempo; de repente tuve 8 años otra vez. Estaba en casa de mis padres, en mi antiguo dormitorio, y a través de la ventana llegaban amortiguados los ruidos de la calle. No eran los sonidos que yo acostumbraba a oír por las tardes, mientras hacía los deberes. Eran sonidos dferentes, extraños para mí, de mujeres que volvían del ultramarinos con su compra diaria.

En la cocina, mi madre cacharreaba preparando el almuerzo. De vez en cuando se asomaba y me tocaba la frente, para ver cómo iba de fiebre; y si me notaba muy caliente, fruncía el ceño. Y yo tenía la sensación, vaga pero persistente, de que no tendría que estar allí, sino en el colegio. No debería estar allí oyendo esos sonidos nuevos, ni obligar a mi madre a fruncir el ceño.

Quizá me sentía culpable por estar enferma, no lo sé. Pero ya pensaba en términos de “debería” y “tendría que”. Nunca he creído que la infancia sea una etapa maravillosa de la vida; por nada del mundo quisiera volver a ser niña.

Hace años solía pensar (porque así me lo habían enseñado) que las personas no podemos cambiar, que “somos como somos” y no podemos luchar contra ello. Hace poco me di cuenta de que no era así, que nos vamos construyendo y transformando cada día. Pero al retroceder a la fiebre de mi infancia, a mi culpabilidad, me he puesto a pensar que quizá no sea tan fácil cambiar después de todo… Yo ya era así a los 8 años, y quizá antes; ¿estaré a tiempo todavía?


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Secretos y mentiras

miércoles genealógicos

Todas las familias tienen secretos; la tuya también.

¿Nunca te has preguntado por qué tu tía Josefina dejó de dirigirle la palabra a su cuñada Emilia? ¿Qué ocurrió de verdad mientras tu abuelo Venancio estaba en la guerra?

Probablemente no descubrirás secretos como para llenar una novela de Kate Morton, pero poco importa. Son tus secretos de familia.

 

 

En Agosto se cumplen 7 años de mi primera “pesquisa genealógica”. En este tiempo ha llovido mucho, como suele decirse, y he aprendido muchas cosas. Muchísimas.

He leído libros, guías, manuales, documentos antiguos, inventarios de archivos y cientos de papeles viejos. He visitado archivos de distintos tipos y conocido a personas interesantes, que en muchas ocasiones me han ayudado. Y, sobre todo, me he dado de cabezazos contra muchas paredes. He aprendido a base de errores, por el método de “ensayo y error”.

Todos mis conocimientos son, podríamos decir, un tanto dispersos y nada sistemáticos. Yo me licencié en químicas, no en historia, de modo que no tengo una formación reglada en este tema.

Cuando empezaba, busqué cursos y guías para principiantes. No encontré ninguno realmente “básico”. Por eso, y porque me acuerdo todavía de lo mucho que tuve que trabajar al principio, he decidido abrir en el blog un nuevo apartado.

A partir del día 24 de Julio, todos los miércoles publicaré una entrada dedicada a la investigación familiar o genealógica. En ellas explicaré paso a paso y de forma sencilla todo lo que hay que hacer para elaborar el árbol genealógico o, si lo prefieres, para saber más de quién eres y de dónde vienes. Para descubrir los misterios de tu pasado, y los secretos de tu bisabuela Telesfora.

 

Algunos me habéis comentado que es un tema que os atrae pero no sabéis por dónde meterle mano. Voy a explicar exactamente los pasos a seguir, así que si te interesa, ya sabes. Te voy a ahorrar miles de horas de buscar en google, de visitar webs y de preguntar en foros.

 

Miércoles genealógicos a partir del día 24 de Julio, para saber quién eres y de dónde vienes.

 

 


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La llamada de la sangre

la llamada de la sangre

Cruzó un océano, el Atlántico, para reunirse con su madre. ¿Sabes cuánto se tardaba en cruzar el océano en 1909? Desde Cuba hasta Cádiz, 2 semanas o incluso más. En unas condiciones poco agradables, por decirlo de algún modo.

Manuel y Francisca habían emigrado a Cuba, no sé porqué, con su hijo de 2 años. Estando allí, en La Habana, él se buscó trabajo de lo suyo (albañil) y se metieron a vivir en una casita muy endeble, apenas cuatro paredes y un techo.

Francisca dio a luz a su tercer varón (el segundo murió en Cádiz siendo un bebé, por una meningitis) en aquella casita. Y lo pasó mal; muy mal.

Cuando quedó embarazada por cuarta vez, decidió que no volvería a parir allí. Y se embarcó con sus dos niños rumbo a España, embarazadísima, para reunirse con su madre. Manuel quedó en Cuba, esperando. Esperó cerca de un año para conocer a su hija.

La madre de Francisca, que ya estaba viuda, se fue a Cuba con ellos, y allí murió y está enterrada. Nacieron más hijos, 3 más, uno de ellos discapacitado. En 1926 sufrieron un ciclón tremendo y  la casita se elevó por los aires para no regresar; hubieron de meterse en un viejo vagón de tren que el gobierno les cedió como “vivienda”.

Trabajaron como mulos durante años y años, para apenas comer y poco más; y un día pensaron que quizá era hora de regresar al hogar, a la patria. Se embarcaron nuevamente, ilusionados con el comienzo de una nueva etapa, y al llegar a Cádiz murieron los dos en el plazo de un año.

¿Moraleja? No hay. Esto no es un cuento; es una historia real, de personas reales que vivieron y sufrieron, y rieron y tuvieron momentos felices.

¿Esperabas un final efectista, una historieta al estilo inspirador que se lleva tanto ahora? Lo siento, esto no es un libro sobre líderes, Steve Jobs o cómo superar la crisis… Esto es la vida, solamente eso.