Método Pominola


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Psicología del champú

champú

A primera vista se puede pensar que nada tienen que ver la psicología y la peluquería; pero lo cierto es que cualquier negocio o actividad que requiera de contacto directo con el público necesita una buena dosis de psicología.

Hace varios meses tuve que ir a la peluquería porque el matojo que tengo por cabellera ya era ingobernable; de modo que pedí cita a la hora de comer, como hago siempre, para que mis niños se quedaran con su padre mientras yo me adecentaba. Visito la peluquería cada tres o cuatro meses, así que cuando voy es como si fuera fiesta. Me gusta cerrar los ojos y pensar en mis cosas mientras me masajean el cráneo con energía.

Pues  bien, esta última vez fue imposible. La peluquera se empeñó en darme conversación y ofrecerme revistas del corazón, que yo rechazaba repetidamente. Al final, suponiendo que me aburría, trajo una revista y me la dejó en el regazo.

Me preguntó por mi salud, por mis hijos, por el clima, por mi comunidad de vecinos, por el colegio de mi hija, y finalmente terminó contándome quién le iba a coser su traje de flamenca para la feria.

Salí de allí medio mareada por la cháchara de aquella mujer, que de buen seguro sólo quería ser agradable y distraerme un poco. Pero, ¿acaso no se dio cuenta de que yo no quería que me distrajera? He ido a esa peluquería los últimos 7 años, y siempre me he comportado de la misma forma; pero la peluquera todavía no se ha dado cuenta. O quizá ha supuesto que a mí me gusta lo mismo que a ella; probablemente le encanta charlar mientras le arreglan el pelo.

Hace unas semanas decidí que ya me tocaba volver a la peluquería, pero me daba una pereza horrible regresar allí. Así que me metí en un local nuevo, muy pequeñito, donde trabaja una sola persona. Me preguntó qué quería, se lo expliqué y lo entendió enseguida. Se puso a trabajar, hizo un par de intentos de charlar pero debió de darse cuenta de que yo no tenía ganas de conversación. Cerré los ojos y ya no volvimos a hablar hasta que hubo terminado.

Salí encantada de allí, sabiendo que volvería. Y estaba pensando en ello cuando recordé esta entrada del blog de Andrés Pérez Ortega. Es uno de los muchos blogs que conocí cuando buscaba información sobre coaching, autoconocimiento y desarrollo personal. Y es el único que he seguido visitando, porque aporta información útil en lugar de montones de manidos consejos.

 

Hay cosas que son de sentido común, que se observan a simple vista; pero tienes que tomarte el tiempo y la molestia de observar. ¿Por qué una madre de la clase de mi hija me pide que le firme una propuesta para presentar en el consejo escolar? Porque no se ha tomado la molestia de averiguar qué opino yo del tema; de otro modo, sabría que yo he cambiado a mi hija de clase precisamente por no estar de acuerdo con el contenido de dicha propuesta.

¿Tan difícil es salir un momento de nosotros mismos e intentar saber qué opinan y sienten los demás?

 


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Vivir sin objetivo

jessica fletcher

Soy fan absoluta de Jessica Fletcher desde hace años. Por una parte, por motivos sentimentales (los primeros años veía los episodios con mi madre y mi hermana, comentándolos e intentando resolver los crímenes).

Por otro lado, me encanta el personaje por algunos de los rasgos de su personalidad. Por ejemplo, es asertiva; no tiene miedo de decir que algo no le gusta o no le parece bien. Con educación pero con firmeza.

Además es positiva, entusiasta, trabajadora… El caso es que tengo todos los episodios en DVD, y en uno de los últimos discos se incluyen algunos extras. Entre ellos hay una entrevista con Angela Lansbury, la actriz que interpreta a Jessica, y le preguntan acerca de la evolución de la serie y del personaje durante los 12 años que duró. Tuvo muchísimo éxito y la veían millones de espectadores, muchos de ellos personas de la tercera edad que vivían en residencias de ancianos.

Angela explica que habló con los responsables de la serie y les dijo algo así como: “Jessica no puede seguir como una paleta de pueblo montando en bici, haciendo tartas de manzana  y vistiendo jerséis enormes de lana. No podemos enviar ese mensaje a las personas mayores que ven la serie. Tienen que darse cuenta de que pueden hacer muchas más cosas”.

Y a partir de entonces fue cuando Jessica empezó a pasar temporadas en un apartamento en Nueva York, a asistir a fiestas y a cócteles, a frecuentar el teatro, a impartir clases en la universidad.

Últimamente me doy cuenta del peligro de vivir sin objetivos, sobre todo cuando te haces mayor. Mi madre (y muchas mujeres de su edad) consagraron su vida entera a ocuparse de la casa y de los hijos; y cuando los hijos se van de casa (por tarde que sea) se quedan sin nada que hacer.

Mi tía Irene tiene más de 80 años y asiste a clases de alfabetización. Nació en el campo y apenas fue al colegio; luego se casó, tuvo dos hijos y empezó a vivir la vida a través de ellos. Los estudios, la búsqueda de empleo, el matrimonio, los niños…  Cuando se quedó viuda, podría haberse quedado en casa viendo la televisión; pero en lugar de eso, se inscribió al curso de alfabetización. Su hermana Manuela opina que es una tontería y una pérdida de tiempo, pues con esa edad es evidente que no va a aprender álgebra, por decir algo. Pero mientras Manuela dice no tener ganas de vivir y  que no le queda nada por lo que levantarse por las mañanas, Irene resuelve afanosamente sus sumas en el cuaderno de cuadros que le compró su hijo.

Manuela se acuesta pensando que mañana sería un día más, igual al anterior y al posterior. Irene se duerme  ilusionada pensando que quizá mañana sea el día en que hará el dictado sin cometer una sola falta. ¿A ti te parece que es una tontería?

 

 


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Como moscas en ámbar

desaparecer (2)

A veces mis padres me miran raro. Como si no me conocieran, a pesar de que me conocen un poco. Más o menos, desde que nací.

Pues eso, que me miran raro cuando les explico que he contactado a través de internet con alguien en la otra punta del mundo, y que ese alguien conoce a un tercero que tiene una prima que trabaja en la embajada del país al que emigraron mis bisabuelos. Y me emociono pensando que quizá esta señora me consiga un trozo de papel amarillo con el nombre de mis antepasados.

– Pero hija, ¿para qué tanto trabajo? Total, si llevan décadas muertos y enterrados.

No me entienden. Nadie me entiende. A veces, ni yo misma me entiendo; otras personas coleccionan sellos o monedas, y yo colecciono ancestros.

Sólo entiendo una cosa, y es que me horroriza la idea de la desaparición. Todos tenemos que morir, pero no soporto pensar en la muerte como si fuera una goma de borrar. Una cosa es morir, y otra muy distinta es desaparecer sin dejar nada tras de ti. Como si nunca hubieras estado.

Por eso decidí escribir mi libro de historia familiar. Es una forma de salvarlos de la goma de borrar.

“La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, el calor de su aliento, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo de ella termina. Es algo terrible y natural al mismo tiempo. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, pues siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, el tono de su voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte. Pueden consolarte, pueden desconcertarte, pueden cambiarte. Y todo eso pese a estar muertos. Como moscas en ámbar, como cadáveres congelados en el hielo, eso que según las leyes de la naturaleza debería desaparecer se conserva por el milagro de la tinta sobre el papel. Es una suerte de magia.” (El cuento número trece. Diane Setterfield.)

 

 


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Mirando la luna

mirando la luna

Durante los últimos años, he perdido demasiado tiempo mirando la luna. No en sentido literal; quiero decir que he perdido demasiado tiempo mirando lo que hacían y conseguían los demás.

En mis momentos más bajos, miraba a los demás en busca de inspiración; deseando encontrar algo que me arrancara de mi parálisis, un chispazo que me hiciera reaccionar. Pero cuanto más miraba, más me hundía en el fango.

Luego seguí mirando para regodearme en mi propia “desgracia”. Miraba para confirmar que, efectivamente, todos hacían cosas (interesantes, útiles, atractivas) excepto yo.

Recuerdo una noche en que me sentía especialmente mal, y me dio por buscar en google los nombres de mis antiguos compañeros de instituto. Muchos no aparecían. Pero la encontré a ella.

Ella, llamémosla Susana, era la chica más popular del instituto. No digo popular en plan peli americana, de niña mona con pompones del equipo de animadoras. No. Popular de verdad.

Susana era de ese tipo de personas que gusta a los padres, a los profesores y a los alumnos, tanto chicas como chicos. Era alegre, simpática, generosa. Era la primera de su clase, pero nadie la llamaba empollona; porque tenía demasiados intereses para pasarse la vida encerrada estudiando.

Hacía teatro, practicaba varios deportes y colaboraba en un programa de ayuda a niños de zonas marginales. No sé cómo era su cara de enfado, porque jamás la vi; sonreía siempre.

Encontré su nombre en google, y también varias fotos (todas sonrientes). Tiene un blog, colabora con distintas asociaciones, ha publicado varios libros, imparte talleres por todo el país y sigue trabajando con niños con problemas.

Mirando las fotos me di cuenta de que no era tan distinta de mí. Era una mujer normal, madre de varios niños pequeños, que había decidido hacer cosas desde que era muy joven. Y las hacía, sin más.

 

Esta historia no tiene moraleja. Quisiera poder decir que descubrí qué era lo que hace a Susana tan especial, tan atractiva para todos. Pero no creo que ni ella misma lo sepa, y seguro que tampoco le importa. Susana es la luna, y los demás tan solo la miramos. ¿Qué le importa a la luna si alguien la mira?

 

 


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La noche de las antorchas

inquietud

Vinieron de madrugada, mientras dormían tras un día de duro trabajo. Golpearon la puerta una, dos, tres veces; la pareja despertó sobresaltada. El hombre se echó algo por encima y acudió a abrir, mientras la mujer escuchaba con atención, vigilando al bebé que dormía junto a la cama.

Eran varios, y venían armados. Se alumbraban con un candil cuando el hombre les abrió la puerta de la pobre casucha.

– Coja sus cosas. Tiene que venir con nosotros.

Se vistió precipitadamente y agarró su maletín, dejando tras de sí al hijo dormido y a la esposa aterrorizada.

En la calle, estrecha y oscura, sólo se oían las pisadas apresuradas sobre los guijarros. Salieron deprisa del pueblo y se adentraron en el campo; los hombres armados prendieron antorchas y le guiaron a través de lomas y montes. Caminaron mucho, mucho tiempo; y finalmente llegaron a la cueva donde el herido les aguardaba.

Alguien acercó el candil. El hombre se arrodilló, examinó la herida y abrió su maletín para hacer la cura. Fue concienzudo como lo era siempre, suturó con cuidado y colocó el vendaje. Dio instrucciones precisas acerca de la limpieza y el cuidado de la herida; los hombres armados escucharon con atención y le dieron las gracias.

Salieron de nuevo a la noche oscura, la noche de las antorchas, y caminaron en dirección al pueblo. Le dejaron en la puerta de la casa y desaparecieron sin un solo ruido.

En el interior, la mujer esperaba en una silla, envuelta en la manta. Dio un salto al sentirlo entrar; había pensado que no volvería a verlo.

Los hombres del candil volvieron muchas veces, y se lo llevaron con ellos a través de los montes, a la luz de las antorchas.

 

Mientras tanto, mi padre dormía tranquilamente en su cunita; sin saber que, aunque la guerra ya había terminado, muchos hombres aún no eran libres de volver a sus casas. Que debían ocultarse en las cuevas de la sierra como animales heridos.

 

 


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Las cosas que no me pasan

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(Foto tomada de aquí)

 

¿Te acuerdas de él? No sé ni cuántos cientos de veces repitieron los episodios de esta serie durante la década de los 90. Y después de los 90, siguieron. Y hace un par de años, aún los emitían en una cadena de televisión por cable.

Yo me vi todos los episodios un montón de veces, me encantaba Urkel porque era auténtico. Era un bicho raro y lo sabía, pero le daba igual. A él le gustaba cómo era y eso le bastaba.

Recuerdo que, en uno de los episodios, Laura y su hermano Eddie se quedan asombrados escuchando las aventuras de la abuela en una sala de fiestas con strippers y cosas por el estilo. La abuela tiene como 80 años y le suceden cosas tremendas.

Eddie le pregunta: “Abuela, ¿cómo pueden pasarte esas cosas?” .

Y la abuela responde: “Cariño, a mí las cosas no me pasan. YO HAGO QUE ME PASEN”.

Vi el episodio muchas veces, hace muchos años; y lo había olvidado por completo. Pero la frase se debió de quedar grabada en alguna parte, porque un día de repente la recordé. Y me di cuenta de que no es sólo una frase ingeniosa. Es una filosofía, una actitud ante la vida. La que yo quiero adoptar.

 


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La manera correcta de hacer las cosas

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Éramos amigas desde el instituto. A los pocos meses de casarse, me invitó a su casa a merendar; llevábamos un rato charlando cuando su marido se marchó a trabajar. Aproveché para preguntarle qué tal se apañaban con las tareas domésticas, porque los dos trabajaban bastantes horas fuera de casa.

– Bien, bastante bien. Pero al principio fue un poco complicado, porque tuve que enseñarle a hacer las cosas. Llevaba varios años en un piso de soltero, pero no sabía ni fregar los platos; ¿te lo puedes creer?

– ¿No sabía?

– Bueno, él fregaba, claro. Pero no de la forma correcta. Ya sabes, como lo hace todo el mundo… Pones el tapón del fregadero, lo llenas de agua y metes los platos para fregarlos… Lo normal, vamos. Pues él no: lavaba los platos debajo del chorro del grifo.

Yo no dije nada; estaba conmocionada. Acababa de descubrir, a mis 29 años, que nunca había fregado los platos del modo correcto. A mí me enseñaron a fregar del otro modo, el “incorrecto”. Sólo que, en mi casa, ésa se consideraba la mejor forma, la “correcta”.

En cuanto empecé a convivir con mi marido, descubrí que él tampoco sabía “hacer bien las cosas”. Hacerlas bien significa, ni más ni menos, hacerlas como yo las hago. Como las he hecho siempre, sin preguntarme porqué las hago así.

Intenté “instruirle” en el arte de hacer las cosas de la forma correcta, pero se rebeló. Me respondió que su forma era tan buena como la mía, y tras muchos enfados tuve que reconocer que tenía razón.

Esto me ha ocurrido muchas veces, no solamente con mi marido. También con los compañeros de la oficina, y más recientemente con las madres de los compañeros de colegio de mi hija.

Cada uno de nosotros tiene una forma correcta de hacer las cosas; hay tantas formas correctas como personas que hacen algo. Incluso para mí misma, la forma que hace unos años parecía perfecta ya no es tan eficiente. Y, a pesar del rechazo que me produce la idea de cambiar (son tantos años ya, repitiendo de forma mecánica e inconsciente), me doy cuenta de que hay que actualizarse. Y, sobre todo, respetar las “formas correctas” de los demás.

Piensa en esto: hace años, la forma correcta de lavar la ropa era frotarla contra una tabla de madera hasta desollarte las manos… ¿Hubiera rechazado tu abuela una lavadora, sólo porque no era lo que su madre le había enseñado?

No funciones como un autómata: plantéate porqué haces las cosas como las haces, y mira a tu alrededor. Seguro que ves a alguien haciéndolas de otro modo. Y quizá su manera sea mejor que la tuya.