Método Pominola

Más cosas erróneas que me enseñaron de pequeña

2 comentarios

Difícil

 

Cuando era una niña, oí muchas veces decir que “las cosas que merecen la pena son las que cuestan trabajo y esfuerzo”. De hecho, aún lo oigo algunas veces porque mi marido lo aprendió también. Cada vez que lo dice (él o cualquier otro)  me chirrían los oídos.

Cuando afirmas eso, la deducción que uno saca inmediatamente es que las cosas fáciles, las que no te cuestan, no valen nada. No pueden ser valiosas si te resultan fáciles, y no digamos ya si encima te gusta hacerlas…

Durante 10 años (de los 4 a los 14) asistí a un colegio de monjas. Todavía no entiendo cómo mi padre, que es ateo, consintió en matricularnos a mi hermana y a mí. Supongo que los hombres no se implicaban demasiado en esos temas de la crianza y la educación de los hijos, y eran las madres las que decidían esos asuntos.

El caso es que, durante todos esos años, tuve que escribir montones de redacciones y ejercicios de todo tipo. Hubo un año (yo tenía 12) en que la casa de la cultura de mi localidad convocó un concurso de redacción sobre la semana santa. Iba dirigido a escolares, y siendo el mío un colegio religioso, tuvimos que participar. Recuerdo palabra por palabra la primera frase de mi ejercicio; decía así:   “Oigo el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado y pienso que, quizá, también llovía cuando crucificaron a Cristo”.

Me acuerdo de que acababa de descubrir el verbo repiquetear, y quería incluirlo en mi ejercicio. Me pareció que quedaba bien, y a la maestra también debió de parecérselo, porque mi redacción fue la seleccionada para representar al colegio en el concurso.

Hubo más redacciones, más escritos, más concursos; y gané muchos de ellos.  A mí me encantaba ganarlos (¿a quién no le gusta algo así?) pero no me parecía gran cosa, porque no me costaba esfuerzo. Y además, me gustaba escribir. Empecé a los 8 años y siempre se me ha dado mejor que la expresión oral; en otras palabras, que prefiero escribir a hablar.

Quizá fue por eso que nunca me tomé en serio lo de la escritura; no podía merecer la pena, si me salía de forma natural y sin grandes esfuerzos. Con el dibujo me sucedió lo mismo. Me gustaba, me pasaba horas dibujando, pero nunca lo consideré nada más que un hobby sin importancia.

Dejé de lado las dos únicas cosas que me hacían feliz para dedicarme a ocupaciones “que merecieran la pena”, es decir, que me costaran trabajo y sacrificio. Y conforme las hacía, con enorme desgana y esfuerzo, me consolaba pensando que eran valiosas, útiles, productivas. Qué extraño resultaba que no me reportaran ninguna satisfacción, ni siquiera un poco de orgullo al conseguirlas. Y desde luego, ni el más mínimo disfrute. Algo debía de estar mal en mí si no era capaz de apreciar el valor de todo aquello que iba consiguiendo.

Hace poco me di cuenta de que el fallo no estaba en mí, sino en la estúpida frase. Mi hija estaba pintando con acuarelas y vino a enseñarme su obra. Mientras yo contemplaba el trozo de cartón lleno de coloridas manchas, me preguntó: “¿Lo estoy haciendo bien, mamá?” .

Y yo, no sé porqué, le respondí: “¿Te lo estás pasando bien?  -ella asintió- Pues entonces, lo estás haciendo genial”.

Es tan sencillo que parece una estupidez decirlo, pero… ¿por qué no podemos, simplemente, hacer las cosas que nos gustan por puro placer? ¿por qué todo ha de ser eficaz, productivo, orientado a la obtención de un resultado? ¿no es el deleite en sí mismo un resultado lo bastante bueno?

Te propongo algo: piensa en tus momentos de mayor felicidad cuando eras una niña. ¿Qué hacías para sentirte tan contenta? ¿Qué cosas has dejado de hacer, a pesar de que te gustaban, porque parecían una pérdida de tiempo?

 

Y ahora, dime: ¿mereció la pena abandonarlas en el camino? Quizá estés a tiempo de recuperarlas.

 

 

 

 

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

2 pensamientos en “Más cosas erróneas que me enseñaron de pequeña

  1. Hola Conchi,

    Me siento bastante identificada con lo que has escrito, aunque no he ido a ningún colegio de monjas, por lo que no creo que tenga nada que ver….:). Solo puedo decirte que por mí experiencia personal como madre, veo que nuestros hijos nos abren los ojos, y que debemos aprovechar de este conocimiento que nos aportan para crecer. Es curioso pensar que estamos para acompañarlos y enseñarlos, y muchas veces son ellos que con una sencilla pregunta nos dan una gran lección de vida. Un saludo.

    Mireia
    Siempre en las nubes

  2. Pingback: Reto de los 122 días: Día 17 | Método Pominola

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