Método Pominola

Desandar el camino

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desandar el camino

 

La semana pasada tuve que ir al banco, un trámite que normalmente me pone de mal humor. Largas colas, personas enfadadas por la espera, quejas en tono agrio…

Esta vez fue distinto; no salí de mal humor, sino pensativa. Y triste.

No había tanta gente como de costumbre, pero tuve que esperar unos diez minutos a que me atendieran en la ventanilla. Mientras aguardaba mi turno, entró una mujer de unos setenta años acompañada de su hijo, de alrededor de cuarenta. Se dirigieron al mostrador, porque la mujer quería preguntar algo sobre una nueva cartilla que le habían enviado por correo. Hizo su pregunta al empleado del banco, éste le respondió amablemente y el hijo se giró para marcharse.

La madre insistió en su pregunta, no le había quedado claro; el empleado se lo volvió a explicar, con la calma y la paciencia de una persona acostumbrada a explicar lo mismo cientos de veces al día.

Ella se dio por satisfecha, se volvió adonde su hijo la esperaba, y le dijo: “ya lo he entendido”. Y entonces el hijo, que se veía impaciente e irritado, espetó: “TÚ NUNCA TE ENTERAS DE NADA”. Lo pongo en mayúsculas porque no lo dijo en voz baja. Tampoco en un tono de voz normal. Lo dijo en voz alta. Ya he dicho que parecía enfadado.

Uno de mis defectos es que tengo muy poca paciencia; yo también solía irritarme con mi madre hace unos meses. Me ponía nerviosa comprobar cómo necesita ayuda para cosas que siempre ha hecho sola; cosas que, de hecho, me enseñó a hacer a mí. Me dolía darme cuenta de que se hace vieja, de que ya no es la misma de antes. Me acordé de una charla a la que asistí hace años…

Cuando mi hija empezó el colegio a los tres años, el orientador del centro nos convocó a las madres (a los padres también, pero no fue casi ninguno) para una charla informativa sobre temas de interés general: celos entre hermanos, adaptación al colegio, y cosas así. Pero su tema preferido, en el que más se extendió, fue el de la autonomía personal. Habló de fomentar la autonomía del niño permitiéndole hacer cosas, y ayudarle de ese modo a mejorar su autoestima. Y en un momento dado hizo un símil muy curioso comparando a los niños con los ancianos. De cómo sobreprotegemos a los unos y a los otros, llevándoles de la mano todo el tiempo para que no se caigan. De cómo les robamos su autonomía (y su autoestima) al tratarlos como bebés.

Habló de abuelos a los que sus hijos no permiten ir solos al médico, “porque el hospital es muy grande y seguro que te pierdes, que últimamente andas muy despistado”. Y tanto se lo repiten, que el abuelo al final se lo termina creyendo, y se pierde en el hospital que conoce hace más de cincuenta años. Y los hijos, triunfantes, confirman lo que ya sospechaban: “¿lo ves? Ya no puedes ir solo a ningún lado”. Creo recordar que este fenómeno se llama “profecía autocumplida”.

Cuando salí del banco, iba pensando en esta similitud entre niños y ancianos. En el niño todo son promesas y expectativas, es sólo el comienzo de un camino que esperamos largo y dichoso; pero en el anciano, en el abuelo… El anciano viene ya de vuelta, desandando el camino, para regresar al no-lugar de donde el niño acaba de llegar.

Yo solía impacientarme con mi madre cuando me preguntaba lo mismo varias veces seguidas, creyendo que cada vez era la primera. Me molestaba que no pudiera hacer las cosas de siempre, tareas anodinas y rutinarias que hizo durante cinco décadas. Me irritaba su excesiva preocupación por banalidades, minucias que yo consideraba poco (o nada) importantes. Y sin embargo, ahora que lo pienso, no era impaciencia ni molestia ni irritación. Era solamente dolor. El dolor insoportable de asistir a su decadencia.

Mi madre fue un árbol fuerte y recio a cuya sombra y cobijo me crié, pero ahora no es más que un tocón viejo herido por un rayo. También yo tendré que desandar el camino cuando llegue mi momento. Y tú también lo harás…

Piensa en ello. Cuando camines trabajosamente hacia el no-lugar del que viniste, tus hijos o personas queridas estarán a tu alrededor. Y alguno dirá, en voz alta y delante de extraños: “TÚ NUNCA TE ENTERAS DE NADA”. No te gustará. Te hará sentir mal, inútil, un estorbo.

La próxima vez que estés con tu madre, tu padre, tus abuelos, acuérdate de mí. Un día, tú también desandarás el camino.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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