Método Pominola

Cuestión de suerte

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Mi amiga Ángela terminó sus estudios universitarios y se puso enseguida a preparar oposiciones, porque en pocos meses se celebraba una convocatoria. Se examinó, lo hizo lo mejor que pudo y consiguió aprobar una parte de la prueba. Al poco la llamaron de la bolsa de interinos para hacer una sustitución, y luego otra y otra. Siempre en pueblos pequeños y distantes de su casa, siempre períodos cortos en los que no podía establecerse en el lugar.

De modo que, durante los dos años siguientes, pasó muchas horas metida en autobuses que la transportaban cada día desde su casa hasta el lugar de trabajo. Se levantaba a las 6 de la madrugada, y a la vuelta llegaba justo a tiempo para cenar y meterse en la cama.

Los trayectos de autobús duraban una hora y media. Tres horas de viaje cada día, más los ratos perdidos en la parada. En ese tiempo, algunos viajeros dormitaban y otros leían una novela o alguna revista. Ángela llevaba siempre un puñado de folios del temario de su oposición, y lo estudiaba en el autobús. A veces, en la parada; de pie o sentada, daba igual.

Pasaron dos años, se celebró la nueva convocatoria y ella aprobó todos los ejercicios y consiguió su puesto de funcionaria. Me llamó por teléfono, emocionadísima, para contármelo. Estaba tan nerviosa y excitada que apenas me dejaba hablar. En un momento de la conversación, me explicó que se había encontrado por la calle a una amiga de su madre; la señora, con toda su buena voluntad, la felicitó diciendo: “¡Enhorabuena, Ángela! ¡Qué suerte has tenido!”.

Mi amiga se indignó y, sin poderse contener, respondió: “¿Suerte? ¿Qué suerte? Esto no ha sido la suerte. Han sido los dos años estudiando en un autobús mientras los demás daban cabezadas o escuchaban la radio con sus auriculares”.

Entiendo que la señora se lo dijo sin maldad, o eso quiero pensar, pero atribuirle el aprobado a la suerte es quitarle a mi amiga todo el mérito, ignorar todo su esfuerzo y su sacrificio.

Hay personas que funcionan así. No consideran que los resultados que obtienen (sean buenos o malos) dependan de ellos, sino de algo externo y etéreo como la suerte, el destino o Dios. No se responsabilizan de sus acciones, y esto les trae dos consecuencias indeseables:

  • si no eres responsable de los buenos resultados, no puedes sentirte orgulloso de ti mismo, de tu esfuerzo y tu trabajo. Al fin y al cabo no es mérito tuyo, es sólo “suerte”, o un favor que el cielo te ha concedido.

  • si no eres responsable de los malos resultados, no aprendes de ellos. ¿Para qué vas a intentar analizar lo que ha pasado, intentar hacerlo mejor la próxima vez? Ha salido mal porque era tu destino, porque naciste con mala suerte, porque era la voluntad de Dios. No controlas nada. Eres una pobre criatura zarandeada por las tempestades de la vida.

Yo soy del tipo de persona que se responsabiliza de todo. Incluso demasiado. Y me culpo insistentemente si algo sale mal, pero no me felicito si sale bien (“total, no era para tanto, cualquiera podría haberlo hecho”).

Ignoraba que estos dos tipos opuestos de actitud tuvieran un nombre específico, y por eso me gustó aprender algo acerca del locus de control. Según la wikipedia, es “el grado en que un sujeto percibe que el origen de eventos, conductas y de su propio comportamiento es interno o externo a él”. Puedes ver la entrada completa aquí.

Y tú, ¿controlas tu vida o sólo tienes “buena o mala suerte”?

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

Y tú, ¿qué opinas?

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