Método Pominola


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Ponerse en marcha

Haciendo el vago

 

Miro atrás y me doy cuenta de que llevo casi una semana sin aparecer por aquí.

No ha sido por vagancia, no he estado tirada en el sofá como en la foto… Es que, por fin, he empezado a escribir mi libro de historia familiar. Total, sólo llevaba 25 años posponiéndolo.

Seguramente ya lo he contado antes, pero desde que era pequeña me han fascinado las historias familiares. Debía de tener 13 o 14 años cuando dije que, algún día, escribiría un libro con todos aquellos relatos que tanto me gustaba oír. Mis padres no hicieron caso, naturalmente, y me olvidé de aquello.

En 2006, cuando nació mi hija, sentí la necesidad de investigar y comencé mi búsqueda. Fue en verano. Pronto se cumplirán 7 años de aquello.

Al principio, decidí que debía esperar un poco para escribir el libro. Recabar más información, tener más datos, más “chicha”. Fui reuniendo papeles, fotos y testimonios. Mucha chicha.  Pero no tenía tiempo, la niña era pequeña y demandaba mucha atención; y luego llegó su hermano.

“Cuando tenga tiempo, lo escribiré; la culpa la tienen los niños y las tareas domésticas, que no me dejan un minuto libre”. Eso pensé. Era más fácil que reconocer la verdad: que me daba miedo, pereza, que no sabía por dónde ni cómo empezar.

Y esta semana, por fin, me he sentado y he empezado a escribir. Y no han importado los niños parloteando, la lavadora que centrifugaba a toda pastilla ni mi marido contándome no-sé-qué historias de la comunidad de vecinos. He escrito mientras los niños danzaban a mi alrededor, ignorando los dibujos animados, pidiendo la merienda. He escrito una palabra detrás de otra, una página y otra y otra. Sólo porque, por fin, había decidido hacerlo.

Y es que, cuando decides hacer algo, lo haces.

 


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Más cosas erróneas que me enseñaron de pequeña

Difícil

 

Cuando era una niña, oí muchas veces decir que “las cosas que merecen la pena son las que cuestan trabajo y esfuerzo”. De hecho, aún lo oigo algunas veces porque mi marido lo aprendió también. Cada vez que lo dice (él o cualquier otro)  me chirrían los oídos.

Cuando afirmas eso, la deducción que uno saca inmediatamente es que las cosas fáciles, las que no te cuestan, no valen nada. No pueden ser valiosas si te resultan fáciles, y no digamos ya si encima te gusta hacerlas…

Durante 10 años (de los 4 a los 14) asistí a un colegio de monjas. Todavía no entiendo cómo mi padre, que es ateo, consintió en matricularnos a mi hermana y a mí. Supongo que los hombres no se implicaban demasiado en esos temas de la crianza y la educación de los hijos, y eran las madres las que decidían esos asuntos.

El caso es que, durante todos esos años, tuve que escribir montones de redacciones y ejercicios de todo tipo. Hubo un año (yo tenía 12) en que la casa de la cultura de mi localidad convocó un concurso de redacción sobre la semana santa. Iba dirigido a escolares, y siendo el mío un colegio religioso, tuvimos que participar. Recuerdo palabra por palabra la primera frase de mi ejercicio; decía así:   “Oigo el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado y pienso que, quizá, también llovía cuando crucificaron a Cristo”.

Me acuerdo de que acababa de descubrir el verbo repiquetear, y quería incluirlo en mi ejercicio. Me pareció que quedaba bien, y a la maestra también debió de parecérselo, porque mi redacción fue la seleccionada para representar al colegio en el concurso.

Hubo más redacciones, más escritos, más concursos; y gané muchos de ellos.  A mí me encantaba ganarlos (¿a quién no le gusta algo así?) pero no me parecía gran cosa, porque no me costaba esfuerzo. Y además, me gustaba escribir. Empecé a los 8 años y siempre se me ha dado mejor que la expresión oral; en otras palabras, que prefiero escribir a hablar.

Quizá fue por eso que nunca me tomé en serio lo de la escritura; no podía merecer la pena, si me salía de forma natural y sin grandes esfuerzos. Con el dibujo me sucedió lo mismo. Me gustaba, me pasaba horas dibujando, pero nunca lo consideré nada más que un hobby sin importancia.

Dejé de lado las dos únicas cosas que me hacían feliz para dedicarme a ocupaciones “que merecieran la pena”, es decir, que me costaran trabajo y sacrificio. Y conforme las hacía, con enorme desgana y esfuerzo, me consolaba pensando que eran valiosas, útiles, productivas. Qué extraño resultaba que no me reportaran ninguna satisfacción, ni siquiera un poco de orgullo al conseguirlas. Y desde luego, ni el más mínimo disfrute. Algo debía de estar mal en mí si no era capaz de apreciar el valor de todo aquello que iba consiguiendo.

Hace poco me di cuenta de que el fallo no estaba en mí, sino en la estúpida frase. Mi hija estaba pintando con acuarelas y vino a enseñarme su obra. Mientras yo contemplaba el trozo de cartón lleno de coloridas manchas, me preguntó: “¿Lo estoy haciendo bien, mamá?” .

Y yo, no sé porqué, le respondí: “¿Te lo estás pasando bien?  -ella asintió- Pues entonces, lo estás haciendo genial”.

Es tan sencillo que parece una estupidez decirlo, pero… ¿por qué no podemos, simplemente, hacer las cosas que nos gustan por puro placer? ¿por qué todo ha de ser eficaz, productivo, orientado a la obtención de un resultado? ¿no es el deleite en sí mismo un resultado lo bastante bueno?

Te propongo algo: piensa en tus momentos de mayor felicidad cuando eras una niña. ¿Qué hacías para sentirte tan contenta? ¿Qué cosas has dejado de hacer, a pesar de que te gustaban, porque parecían una pérdida de tiempo?

 

Y ahora, dime: ¿mereció la pena abandonarlas en el camino? Quizá estés a tiempo de recuperarlas.

 

 

 

 

 


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Personas que me inspiran: mis hijos

Nada es imposible para un niño

Seguro que lo has leído un millón de veces, igual que yo. Durante muchos años me pareció que era innecesario añadir “y de la vista”. ¿Es que no basta con mantenerlo fuera del alcance de los niños? ¿Por qué también de la vista?

Entonces fui madre, y comprendí. Es necesario, imprescindible, añadir “y de la vista”. Porque la primera parte de la advertencia es estúpida e inútil.

NO HAY NADA EN EL MUNDO QUE ESTÉ FUERA DEL ALCANCE DE UN NIÑO.

O dicho de otra manera: si el niño lo quiere alcanzar, lo hará. Quizá no hoy, ni mañana, pero lo terminará haciendo. Es sorprendente e inspiradora la perseverancia de los niños.

Un niño no se da nunca por vencido; si quiere conseguir algo, insiste una y otra vez. Al principio te hace gracia, luego te resulta conmovedor e intentas ayudarle. Mi hijo, que tiene tres años, se ofende muchísimo si trato de ayudarle; me aparta a un lado diciéndome, con energía: “¡Yo solo!”.

Al rato ya deja de conmoverte y te agota, te cansa, te aburre, te irrita. Pero él sigue, sigue y sigue. Y cuando finalmente consigue lo que quería, viene triunfante y te dice “Lo he hecho yo solito”.

Mi hija tiene siete años y ya pasó por esta etapa de descubrir su propia autonomía, así que no se empeña en hacerlo todo por sí misma y es capaz de aceptar ayuda. Pero no acepta que haya cosas imposibles de conseguir.

Para ella, los logros se dividen en dos categorías: fáciles y difíciles. Pero no acepta (aunque lo comprende) el concepto de “imposibilidad”. De modo que si me dice que quiere hacer algo y yo le digo que no puede ser, empezamos con la mecánica enervante de los “porqués”. Y cuando vas respondiendo a los “¿por qué?” uno por uno, consecutivamente, al final llegas a una conclusión aplastante y perturbadora. Lo que quiere hacer no es imposible, es sólo difícil o incómodo o molesto. Pero se puede hacer, así que me mira sonriente y me repite que quiere hacerlo.

Una vez leí acerca de la “técnica de los porqués” (usado para la resolución de problemas, lo puedes ver aquí),  y resulta que es un recurso psicológico potente. Yo lo he usado a veces, y me ha ayudado a aclarar muchas cosas.

Mis hijos no entienden de técnicas ni de psicología; ellos sólo quieren hacer cosas. Y las hacen, la mayoría de las veces.

Cuando te conviertes en madre, da un poco de vértigo pensar en la cantidad de cosas que tendrás que enseñar a tu hijo. Pero resulta que ellos me enseñan a mí mucho más de lo que yo puedo darles. Yo les transmito creencias rígidas y equivocadas que recibí de mis padres; les enseño que hay que limitar los objetivos, las aspiraciones; les digo que la vida es complicada y que a veces hay que renunciar a lo que deseamos… Y a cambio, ellos me miran sonriendo y dicen: “VOY A HACERLO PORQUE QUIERO HACERLO”.

Les miro con ternura y un poco de lástima, pensando que tienen mucho que aprender de la vida; y entonces me doy cuenta de que un día, hace muchos años, yo fui también una niña que no creía en lo imposible. Mírame.

 

Comerme el mundo

 

¿Cuándo perdí la certeza de que podía comerme el mundo? ¿Cuándo la perdiste tú?


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Historia de una toalla

la toalla

Esta toalla la bordó a mano mi abuela para su ajuar de boda. Como se casó en 1930, a los 22 años, la toalla tendrá ya… ¿85 años?

Siempre me emociona encontrarme con objetos hechos a mano. Para mí, la toalla tiene mucho más valor que el anillo del que te hablé hace unos días. Ella colocó este trozo de tela sobre su regazo, hace más de 80 años, y dedicó horas a bordarlo. Mientras lo hacía, quizá fantaseaba con el momento de usarla en su propio hogar, casada ya con mi abuelo. Casi puedo verla, ilusionada pero también un poco temerosa, una puntada tras otra, intentando imaginar cómo sería su vida de casada.

Mi abuela lleva 30 años muerta y yo tengo su toalla. Coloco la tela en mi regazo y paso el dedo despacio sobre las puntadas, y es una sensación extraña.

No es la primera vez que siento esa conexión con el pasado, con mi pasado. En 2008 visité el archivo municipal del pueblo de mis antepasados paternos, y me encontré con unos documentos firmados por mi tío abuelo en 1932. Coloqué la mano derecha sobre el papel, en el mismo lugar donde tuvo que apoyarla él para firmar, y cerré los ojos. Firmó aquello un año antes de desaparecer para siempre, dejando atrás a su esposa, sus cinco hijos, sus padres y sus hermanas. Él no sabía lo que iba a ocurrir, ¿cómo podría? Nadie sabe todavía lo que le pasó.

Cuando abrí de nuevo los ojos, tropecé con la mirada del bibliotecario, que me observaba como si estuviera loca. A lo mejor no estaba tan equivocado, después de todo.

 

 


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Matar un sueño

matar un sueño

 

Fue hace muchos años, quizá veinticinco. Recuerdo que era domingo.

Iba con mi madre cuando nos encontramos con Andrés, un amigo de mis padres. Se conocían desde siempre (mi padre y él estudiaron juntos en el colegio) de modo que se hablaban con confianza.

Mi madre le preguntó por sus hijas, que ya habían terminado el bachillerato, y él le explicó a qué se dedicaba cada una. La mayor estudiaba enfermería, y esto a los padres les parecía acertado. Y la pequeña… La pequeña les había preocupado un poco, porque estando en el instituto se le ocurrió decir que quería estudiar bellas artes. Así que su padre la subió al coche y la llevó a una plaza donde solían reunirse “artistas callejeros”. Cuando llegaron, un hombre joven estaba pintando con tizas una escena bíblica en el suelo. Un poco más allá, había puesto una caja de cartón para que le echasen unas monedas.

Andrés llevó a su hija hasta allí, señaló al joven y su obra, y le dijo: “¿Ves esto? Este hombre dibuja muchísimo mejor que tú, y mira dónde está. ¿Así quieres terminar tú?”.

Algún tiempo más tarde, la chica terminó el bachillerato y comenzó a estudiar enfermería, como su hermana. El padre se felicitaba por su intervención, que sin duda había salvado el futuro de su hija. Y, lo peor de todo, mi madre le daba la razón.

Cuando el hombre se marchó, me quedó una sensación muy desagradable. Le comenté a mi madre que aquel padre había sido cruel con su hija, y la respuesta que recibí me dejó aún más triste y decepcionada.

Lo ha hecho por su bien. Los padres nos preocupamos por los hijos, y tenemos que cuidar de que hagan lo que más les conviene.”

No recuerdo la edad que tenía yo, serían 14 o 15 años, y también me gustaba dibujar. No me había planteado todavía cuál quería que fuera mi profesión, pero aquel episodio me dejó una cosa muy clara: que es mejor no compartir tus sueños. No vaya a ser que, con las mejores intenciones, los aplasten de un pisotón; y encima luego esperen que estés agradecida por hacer “lo mejor para ti”.

 


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La comunidad del anillo

la comunidad del anillo

Este anillo no tiene poderes sobrenaturales; sólo esconde una historia que nadie conoce ya.

Este anillo perteneció a mi abuela materna, y fue un regalo que recibió de su hermana Isabel el día de Reyes de 1969. En el interior están grabadas las iniciales de mi abuela, y la fecha 6-1-1969. Es una alianza de oro, de boda, pero mi abuela la recibió de su hermana a los 60 años.

Mi abuela no tenía anillo de boda, y mi madre no sabe porqué. Nunca se lo preguntó; imagino que no le parecía importante. Como suele decir mi padre, “a los jóvenes no les interesan todas esas historias de viejos, y no preguntan nada; luego crecen, sienten curiosidad… y ya no queda nadie a quien preguntar”.

Mi abuela no tenía anillo de boda, y su hermana le regaló uno el día de Reyes de 1969. Lo llevó en el dedo corazón de la mano izquierda hasta su muerte, en 1982. Tras su fallecimiento, mi madre se lo quitó del dedo para ponérselo en el suyo.

Cuando yo tenía 13 o 14 años, a finales de los años ochenta, un tipo forzó la puerta de casa y entró a robar. Se llevó las joyas de mi madre, el sello de oro de mi abuelo paterno y todo lo que pudo coger antes de que mi madre le sorprendiera. Ella le conocía: era un drogadicto del barrio, que robaba para pagarse las dosis de veneno.

No se pudo recuperar nada; las joyas de mi madre, el sello de mi abuelo, se convirtieron en papelinas para que aquel idiota siguiera matándose un poco más.

El anillo se salvó, porque estaba en el dedo de mi madre. Años más tarde, cuando sus dedos empezaron a enflaquecer y el anillo se escapaba una y otra vez, mi madre me lo dio.

Se ha formado una comunidad (femenina) en torno al anillo. Mi abuela y su hermana, mi madre y yo. Más tarde, mi hija y quizá mi nieta…

Algún día, se lo daré a mi hija y le diré: “Mi abuela no tenía anillo de boda, y no sé porqué.”