Método Pominola

Palabras, palabras, palabras…

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Nunca me ha gustado mucho hablar con niños, ni con personas mayores. No conecto con ellos, no sé porqué.

Pero Carmela es una excepción; tiene más de 90 años y su cabeza funciona como un reloj suizo. Se acuerda de todo, y con detalle; tanto es así, que cuando me cuenta historias de la guerra civil se pone nerviosísima y se le saltan las lágrimas. Es de esas personas que consigue emocionar con sus relatos, y por eso me gusta hablar con ella.

No sé si te has dado cuenta, pero a las personas mayores les apasiona contar “batallitas”, historias de su niñez o juventud. Carmela no es distinta a los demás abuelos, así que no hay que insistir demasiado para que te cuente una historia fantástica. La última vez que estuve con ella, me habló de cómo tuvo que huir de su pueblo a los 17 años por ser republicana. Del empleo que encontró, como sirvienta de una familia que tenía una hija de su edad. De las cartas que no podía escribir a sus padres por ser analfabeta. Del hombre de su pueblo que asesinó a su esposa y a sus hijos, envenenándoles la comida, para vivir con su amante.

Carmela te cuenta las historias con nombres y apellidos, con fechas exactas y lugares; y cuando llegas a casa y buscas en google (yo busco TODO en google), allí están los nombres, las fechas, los lugares. Tiene una memoria y una lucidez sorprendentes, y me maravilla oírla hablar porque es como viajar en el tiempo. Pero su hija no opina igual.

Ese día, la última vez que hablé con Carmela, estábamos sentadas en el salón de su hija. Esta entró de repente, irritada, y le gritó a su madre “que lo dejara ya, que a nadie le importan esas historias”.

En ese momento me molestó mucho, porque a mí sí que me interesaba la historia (de hecho, le había pedido yo que me la contara). Luego me quedé pensando en los motivos de la hija para estar tan irritada. Sólo se me ocurre una cosa. Que la hija piense que su madre se altera mucho al hablar de esas cosas, y prefiere que no lo haga. Pero es que las historias siguen ahí, en su memoria, tan vívidas como si hubieran sucedido ayer… ¿Desaparecen las cosas si no hablamos de ellas?

Evidentemente, no. Pero es cierto que las palabras son poderosas cuando las decimos en voz alta. Creemos que algo no es grave, pero basta decirlo en voz alta para que adquiera otra dimensión.

Mi madre tiene un tumor. Es tratable y tiene buenas expectativas, y lo puedo escribir con facilidad. Pero me cuesta decirlo en voz alta. Cuando digo las palabras, en vez de escribirlas, es como si el asunto fuera mucho más grave… Al decírselo a mi marido, se me rompió la voz y empecé a llorar. Con lo mucho que detesto hacerlo, no lo pude evitar.

Las palabras tienen poder. Una palabra amable a primera hora de la mañana te alegra el día entero. Un comentario hiriente te amarga durante horas, días o semanas. Las palabras pueden causar heridas profundas, que quizá no curen nunca. Puedo recordar unas palabras que me dijeron cuando era niña (menor de 10 años) y todavía me duelen. En ocasiones detesto tener tan buena memoria… Recuerdo exactamente las palabras, el tono, el contexto. Todo. Y duele todavía, después de tantos años, a pesar de que la persona que las dijo ya las habrá olvidado, con toda seguridad.

¿Cómo te hablas a ti misma? ¿Te dices palabras duras, hirientes? ¿Te recriminas por los pequeños errores que cometes a diario? Piensa en ello.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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