Método Pominola

Creerte tu propia mentira

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la plaga

El mes pasado estuve en un taller sobre liderazgo. El profesor era de esos que hacen muchas preguntas y dan pocas respuestas, así que fue sobre todo una clase práctica. Nos propuso hacer una serie de ejercicios por escrito, y hubo uno que me dejó mal. Todavía estoy mal por ello, porque no he podido encontrar la respuesta.

Tras hablar un poco sobre lo que significa el liderazgo, explicó que es sobre todo un tema de percepción. De cómo te perciben los demás. Hicimos entre todos los asistentes una lista con las cualidades que debe poseer un líder, y luego pasamos a los ejercicios centrados en nosotros mismos. Para detectar si tenemos o no esas cualidades, y saber cuán lejos estamos de ser líderes.

Empezamos escribiendo las cosas que hacemos bien, nuestros puntos fuertes. A continuación nos pidió que escribiéramos los aspectos más flojos, nuestras flaquezas o puntos débiles. Hasta aquí iba bien. Al ser un ejercicio privado y personal, no había que andarse con falsas modestias ni pudor.

El problema vino a continuación, cuando dijo “escribid ahora cuál es vuestro valor añadido, lo que os hace únicos y especiales”.  Y nos dejó unos pocos minutos. Yo llevo un mes pensando en ello y aún no sé cuál es mi valor añadido. No sé porqué soy única y especial, y ya empiezo a dudar que lo sea realmente…

Dando vueltas y vueltas a este tema, recordé algo que me ocurrió en el colegio. Mi colegio era de monjas, y sólo para niñas, y tenían costumbre de ponernos documentales sobre niños africanos muertos de hambre. Para hacernos sentir culpables, supongo, por tener comida y tantas otras cosas. En fin.

Un día, justo después de comer, nos llevaron a ver uno de estos programas. Teníamos 11 años y nos pusieron  imágenes sangrientas acerca de mutilaciones genitales practicadas a niñas pequeñas. Mi mejor amiga de entonces, Beatriz, empezó a llorar; era una niña de lágrima fácil, pero aquel día estaba justificada. No recuerdo si alguien más lloró, aunque seguramente sí. Pero yo sólo la recuerdo a ella porque más tarde me dijo:  “eres muy fuerte. No te he visto llorar nunca”.

Su comentario me pareció del todo equivocado, porque yo no me consideraba fuerte en absoluto; había sentido náuseas al ver aquellas imágenes, y tenía que obligarme a pensar en otra cosa para no romper a llorar. Pero me gustó que lo dijera, que de verdad creyera que yo era fuerte. Aunque estuviera equivocada.

A lo largo de mi vida, muchas veces se ha repetido ese comentario acerca de mi fortaleza. Y nunca me lo he creído, siempre me he sentido una impostora porque la gente confunde fuerza con autocontrol. La gente tiene una percepción de mí que no se corresponde con la realidad (¿o sí?). Me creen fuerte porque no lloro en público, porque no me expreso como ellos; pero es sólo una cuestión de autocontrol emocional. No lloro nunca delante de nadie porque es signo de debilidad (otra cosa equivocada que me enseñaron de niña) y no quiero ser débil.

¿Soy fuerte porque todo el mundo crea que lo soy? ¿Aunque todos estén equivocados, engañados? ¿O sólo cuenta lo que yo crea? ¿Es posible engañar a todos tus conocidos, durante toda tu vida? ¿O lo que ellos perciben es lo que hay en realidad?

En el último año de universidad tuvimos que hacer un trabajo por grupos y exponerlo delante del resto de la clase. Todos estábamos horrorizados con la idea, naturalmente, porque hablar en público es algo que a nadie le gusta demasiado en principio. Las personas de mi grupo, en mayor o menor medida, se veían nerviosas y alteradas; y casi todas se quejaban de “lo mal que lo iban a hacer”. Yo no dije ni una palabra. Hice un esfuerzo titánico por simular tranquilidad,  y empecé a oír comentarios acerca de mi fuerza, mi serenidad y mi valor. Quise decirles que no, que se equivocaban, pero no lo hice. Y mientras fingía estar tranquila, me fui tranquilizando de verdad; expuse mi parte del trabajo de forma que recibí felicitaciones de mis compañeros y del profesor.

Ese día me di cuenta de que, cuando finges algo durante el tiempo suficiente, al final te lo terminas creyendo. Y así es como hoy puedo decir que sí, que soy una persona fuerte. No porque llore siempre en privado. Soy fuerte por mi forma de enfrentarme a la vida y a los problemas, y por mi confianza en mí y en mi capacidad para salir adelante.

Y de aquí salió una de las bases del método pominola: Interpreta un papel hasta hacerlo tuyo.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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