Método Pominola

Es tiempo de poda

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Durante mi adolescencia escribí mucho. Diarios, cartas, relatos… Me llevó muchas horas destruir aquellos cientos de páginas.

Más tarde, viviendo ya sola en mi apartamento, volví a escribir. En esta ocasión no rompí los papeles, sino que los quemé en la cocina, dentro de una papelera de metal.

Después de varios años de matrimonio, rebusqué un día entre los papeles de mi marido en busca de las cartas que le escribí cuando éramos novios. Las rompí antes de que regresara de la oficina, y las tiré a la basura. No las ha echado en falta.

A veces pienso que me gustaría tener todas aquellas páginas y releerlas, aunque seguro que me daría vergüenza (suele ocurrir, ¿verdad?). Pero las destruí por un motivo, y aún sigo revisando mis papeles periódicamente y destruyendo muchos de ellos. Para hacer espacio.

Uno de los libros que he leído en los últimos meses es el que se llama “El poder está dentro de ti”, escrito por Louise L. Hay.

Cuando se refiere a la necesidad de liberar sentimientos y emociones negativas, dice “puedes escribir una carta de odio y luego quemarla”. Como si, en cierta forma, los sentimientos se transfirieran al papel en que los escribes.

Al leer esto me acordé de todos esos centenares de páginas que he ido destruyendo a lo largo de los últimos 25 años. En casi todos los casos lo hice porque necesitaba liberarme de una carga, cerrar una etapa para pasar a la siguiente; y me parecía que no podría hacerlo si los papeles continuaban guardados en un cajón.

Sólo una vez tuve que deshacerme de papeles que no estaban “preparados para marcharse”. Tenía 21 años, creo recordar, y descubrí que una persona muy cercana a mí, un familiar, los estaba leyendo a escondidas mientras yo acudía a las clases de la universidad. Me sentí tan mal como si me hubiera estado espiando en la ducha, y tardé años en perdonar (que no olvidar) aquella traición. No volví a escribir hasta que me marché de la casa de mis padres.

Escribir aquellas páginas era muy parecido a desnudarme, pues sabiendo que nadie más que yo las leería, me mostraba tal y como soy en realidad. Todo lo más oscuro y oculto de mí estaba escrito en aquellas hojas de papel. También las cosas más tontas e insignificantes, ésas que no muestras por pudor, para que no piensen que eres una ingenua.

Todavía escribo, aunque no tanto como antes. La escritura tiene para mí un valor terapéutico y también práctico, pues me ayuda a organizar y clarificar mis pensamientos de una forma metódica y precisa. Cuando hablo en voz alta, e incluso cuando pienso, tengo tendencia a “irme por las ramas”, o más bien a ramificar el tema principal… Mi marido tiene serios problemas para mantener una conversación conmigo, porque me cuesta seguir una línea recta de pensamiento.

¿Ves? Ya me estoy saliendo del tema. Lo que quiero decir, en resumen, es que en ciertos momentos de la vida tenemos que eliminar lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Hacer una poda de las ramas secas para dejar que broten los tallos verdes. Para seguir creciendo, en definitiva.

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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