Método Pominola


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Eslabones de una cadena

Familia

Cuando tenía alrededor de 20 años me aficioné a leer biografías de personajes históricos; tanto fue así, que cuando iba a la biblioteca pública ya no tenía ni que pedirlas, porque la bibliotecaria me había preparado un montoncito de libros bajo el mostrador.

Recuerdo una tarde que acompañé a una amiga al psicólogo. Tenía problemas con su familia y acudía a la consulta cada 2 semanas. Como la sesión duraba una hora (y solía alargarse), me llevé el libro que estaba leyendo en ese momento: era la biografía de Alejandro Magno escrita por Valerio Massimo Manfredi.

Cuando mi amiga terminó, el psicólogo la acompañó a la sala de espera y ella nos presentó. El hombre me preguntó qué leía, y cuando le mostré el libro me hizo una pregunta que no supe responder. Dijo: “Ah, te gustan las biografías… ¿por qué?”

No había pensado nunca en ello, al menos de forma consciente. Pero a raíz de aquella pregunta empecé a reflexionar, y me di cuenta de que soy una cotilla. Pero no una cotilla de las que espían a sus vecinos tras los visillos del salón para ver a qué hora llegan o con quién, no. No de ese tipo.

Me gustan las biografías porque me enseñan cosas del pasado pero también de mí misma. Me pongo en el lugar del personaje y me pregunto cómo reaccionaría yo, si sería capaz de hacer esto o aquello. Cuando les ocurren desgracias o están en situaciones difíciles, pienso en cómo las afrontaría.

Dirás que esto también se puede hacer con una novela de ficción, pero no es lo mismo. En una novela, por muy bien escrita que esté, los personajes no tienen vida propia y el autor los va dirigiendo por un camino previamente marcado. No es la vida la que los va zarandeando de un lado a otro.

Cuando empecé a estudiar la historia de mis antepasados sentí la misma fascinación, con el aliciente de que son personas cercanas a mí, ligadas a mí de alguna forma. Rebuscar en el pasado de mi familia es la única cosa en mi vida que realmente me apasiona, y al principio no sabía porqué. Hace poco me di cuenta de que es lo mismo que me ocurría con aquellos libros que leía hace 20 años. Me conozco más a mí misma a través de mis antepasados.

Estudiar la historia de tu familia tiene muchas ventajas y aspectos gratificantes, y el autoconocimiento es uno de ellos. Pero también aprendes muchas cosas sobre los demás.

Aprendes cómo eran tus padres de pequeños, cómo vivían y las cosas que tus abuelos les enseñaban; entiendes entonces porqué tu madre es tan rígida o tu padre tan permisivo. Te das cuenta de porqué valoran tanto las cosas que tú consideras anodinas y corrientes, como el hecho de que los niños puedan estudiar e incluso haya una escolarización obligatoria.

Mi madre quería ser maestra, tener una profesión para ganarse la vida. Pero a los once años, sus padres decidieron que ya sabía suficiente y la sacaron del colegio. Cuando preguntó el motivo, su madre le explicó que “una mujer no necesita saber tanto, sólo ha de saber llevar una casa”. Y vinieron largos años aprendiendo a coser, bordar, cocinar y hacer las tareas domésticas.

Cuando me contó esto, comprendí su insistencia en que mi hermana y yo estudiáramos y fuésemos independientes económicamente. Vi con claridad muchas cosas de mi madre, sentimientos íntimos y de frustración que antes no comprendía o no sabía interpretar. La vi como una mujer que había sido una niña mucho tiempo atrás, no solamente como a mi madre. Mirándola a ella, pensando en cómo fue su niñez y comparándola con la mía, aprendí mucho de ella pero también de mí.

A veces se dice que para conocerte a ti misma has de mirar en tu interior. Pero hay ocasiones en que está demasiado oscuro y da miedo. Prueba a mirar a los demás, a los que tienes cerca, porque te pueden enseñar mucho. De ellos y de ti.


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Palabras, palabras, palabras…

 

Nunca me ha gustado mucho hablar con niños, ni con personas mayores. No conecto con ellos, no sé porqué.

Pero Carmela es una excepción; tiene más de 90 años y su cabeza funciona como un reloj suizo. Se acuerda de todo, y con detalle; tanto es así, que cuando me cuenta historias de la guerra civil se pone nerviosísima y se le saltan las lágrimas. Es de esas personas que consigue emocionar con sus relatos, y por eso me gusta hablar con ella.

No sé si te has dado cuenta, pero a las personas mayores les apasiona contar “batallitas”, historias de su niñez o juventud. Carmela no es distinta a los demás abuelos, así que no hay que insistir demasiado para que te cuente una historia fantástica. La última vez que estuve con ella, me habló de cómo tuvo que huir de su pueblo a los 17 años por ser republicana. Del empleo que encontró, como sirvienta de una familia que tenía una hija de su edad. De las cartas que no podía escribir a sus padres por ser analfabeta. Del hombre de su pueblo que asesinó a su esposa y a sus hijos, envenenándoles la comida, para vivir con su amante.

Carmela te cuenta las historias con nombres y apellidos, con fechas exactas y lugares; y cuando llegas a casa y buscas en google (yo busco TODO en google), allí están los nombres, las fechas, los lugares. Tiene una memoria y una lucidez sorprendentes, y me maravilla oírla hablar porque es como viajar en el tiempo. Pero su hija no opina igual.

Ese día, la última vez que hablé con Carmela, estábamos sentadas en el salón de su hija. Esta entró de repente, irritada, y le gritó a su madre “que lo dejara ya, que a nadie le importan esas historias”.

En ese momento me molestó mucho, porque a mí sí que me interesaba la historia (de hecho, le había pedido yo que me la contara). Luego me quedé pensando en los motivos de la hija para estar tan irritada. Sólo se me ocurre una cosa. Que la hija piense que su madre se altera mucho al hablar de esas cosas, y prefiere que no lo haga. Pero es que las historias siguen ahí, en su memoria, tan vívidas como si hubieran sucedido ayer… ¿Desaparecen las cosas si no hablamos de ellas?

Evidentemente, no. Pero es cierto que las palabras son poderosas cuando las decimos en voz alta. Creemos que algo no es grave, pero basta decirlo en voz alta para que adquiera otra dimensión.

Mi madre tiene un tumor. Es tratable y tiene buenas expectativas, y lo puedo escribir con facilidad. Pero me cuesta decirlo en voz alta. Cuando digo las palabras, en vez de escribirlas, es como si el asunto fuera mucho más grave… Al decírselo a mi marido, se me rompió la voz y empecé a llorar. Con lo mucho que detesto hacerlo, no lo pude evitar.

Las palabras tienen poder. Una palabra amable a primera hora de la mañana te alegra el día entero. Un comentario hiriente te amarga durante horas, días o semanas. Las palabras pueden causar heridas profundas, que quizá no curen nunca. Puedo recordar unas palabras que me dijeron cuando era niña (menor de 10 años) y todavía me duelen. En ocasiones detesto tener tan buena memoria… Recuerdo exactamente las palabras, el tono, el contexto. Todo. Y duele todavía, después de tantos años, a pesar de que la persona que las dijo ya las habrá olvidado, con toda seguridad.

¿Cómo te hablas a ti misma? ¿Te dices palabras duras, hirientes? ¿Te recriminas por los pequeños errores que cometes a diario? Piensa en ello.


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Las bases del Método Pominola

las bases

 

 

Por fin están aquí, después de pensarlas y repensarlas y pulirlas y volverlas a pensar. Podrían ser 10, que es un número redondo y rotundo (como los diez mandamientos), pero no. Son 13, que es un número que a lo mejor no te gusta, pero es que las bases no las enuncié para que gustaran o fueran redondas o rotundas. Son eficaces. Funcionan. El número es sólo anecdótico.

Puedes descargarlas pinchando aquí:  Las bases del Método Pominola


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Creerte tu propia mentira

la plaga

El mes pasado estuve en un taller sobre liderazgo. El profesor era de esos que hacen muchas preguntas y dan pocas respuestas, así que fue sobre todo una clase práctica. Nos propuso hacer una serie de ejercicios por escrito, y hubo uno que me dejó mal. Todavía estoy mal por ello, porque no he podido encontrar la respuesta.

Tras hablar un poco sobre lo que significa el liderazgo, explicó que es sobre todo un tema de percepción. De cómo te perciben los demás. Hicimos entre todos los asistentes una lista con las cualidades que debe poseer un líder, y luego pasamos a los ejercicios centrados en nosotros mismos. Para detectar si tenemos o no esas cualidades, y saber cuán lejos estamos de ser líderes.

Empezamos escribiendo las cosas que hacemos bien, nuestros puntos fuertes. A continuación nos pidió que escribiéramos los aspectos más flojos, nuestras flaquezas o puntos débiles. Hasta aquí iba bien. Al ser un ejercicio privado y personal, no había que andarse con falsas modestias ni pudor.

El problema vino a continuación, cuando dijo “escribid ahora cuál es vuestro valor añadido, lo que os hace únicos y especiales”.  Y nos dejó unos pocos minutos. Yo llevo un mes pensando en ello y aún no sé cuál es mi valor añadido. No sé porqué soy única y especial, y ya empiezo a dudar que lo sea realmente…

Dando vueltas y vueltas a este tema, recordé algo que me ocurrió en el colegio. Mi colegio era de monjas, y sólo para niñas, y tenían costumbre de ponernos documentales sobre niños africanos muertos de hambre. Para hacernos sentir culpables, supongo, por tener comida y tantas otras cosas. En fin.

Un día, justo después de comer, nos llevaron a ver uno de estos programas. Teníamos 11 años y nos pusieron  imágenes sangrientas acerca de mutilaciones genitales practicadas a niñas pequeñas. Mi mejor amiga de entonces, Beatriz, empezó a llorar; era una niña de lágrima fácil, pero aquel día estaba justificada. No recuerdo si alguien más lloró, aunque seguramente sí. Pero yo sólo la recuerdo a ella porque más tarde me dijo:  “eres muy fuerte. No te he visto llorar nunca”.

Su comentario me pareció del todo equivocado, porque yo no me consideraba fuerte en absoluto; había sentido náuseas al ver aquellas imágenes, y tenía que obligarme a pensar en otra cosa para no romper a llorar. Pero me gustó que lo dijera, que de verdad creyera que yo era fuerte. Aunque estuviera equivocada.

A lo largo de mi vida, muchas veces se ha repetido ese comentario acerca de mi fortaleza. Y nunca me lo he creído, siempre me he sentido una impostora porque la gente confunde fuerza con autocontrol. La gente tiene una percepción de mí que no se corresponde con la realidad (¿o sí?). Me creen fuerte porque no lloro en público, porque no me expreso como ellos; pero es sólo una cuestión de autocontrol emocional. No lloro nunca delante de nadie porque es signo de debilidad (otra cosa equivocada que me enseñaron de niña) y no quiero ser débil.

¿Soy fuerte porque todo el mundo crea que lo soy? ¿Aunque todos estén equivocados, engañados? ¿O sólo cuenta lo que yo crea? ¿Es posible engañar a todos tus conocidos, durante toda tu vida? ¿O lo que ellos perciben es lo que hay en realidad?

En el último año de universidad tuvimos que hacer un trabajo por grupos y exponerlo delante del resto de la clase. Todos estábamos horrorizados con la idea, naturalmente, porque hablar en público es algo que a nadie le gusta demasiado en principio. Las personas de mi grupo, en mayor o menor medida, se veían nerviosas y alteradas; y casi todas se quejaban de “lo mal que lo iban a hacer”. Yo no dije ni una palabra. Hice un esfuerzo titánico por simular tranquilidad,  y empecé a oír comentarios acerca de mi fuerza, mi serenidad y mi valor. Quise decirles que no, que se equivocaban, pero no lo hice. Y mientras fingía estar tranquila, me fui tranquilizando de verdad; expuse mi parte del trabajo de forma que recibí felicitaciones de mis compañeros y del profesor.

Ese día me di cuenta de que, cuando finges algo durante el tiempo suficiente, al final te lo terminas creyendo. Y así es como hoy puedo decir que sí, que soy una persona fuerte. No porque llore siempre en privado. Soy fuerte por mi forma de enfrentarme a la vida y a los problemas, y por mi confianza en mí y en mi capacidad para salir adelante.

Y de aquí salió una de las bases del método pominola: Interpreta un papel hasta hacerlo tuyo.


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Momentos de felicidad por 1,47 euros

patio

Conozco a Rafaela desde que nací. Tiene más de 70 años, y hace 3 estuvo muy enferma; ya no ha vuelto a ser la misma de antes.

Vive en una casa antigua, de techos altos y paredes encaladas, pero su lugar preferido es el jardín. Allí pasa las horas cuando hace buen tiempo, entretenida con sus plantas y sus pájaros. Hace varias semanas me contó que, a causa de su enfermedad, se le han muerto casi todas sus flores. No tenía ganas ni fuerzas para ocuparse de ellas, y cuando se sintió un poco mejor ya era demasiado tarde.

El pasado lunes fui al supermercado a comprar unas cosas, y cuando me dirigía a la caja pasé junto al expositor de semillas. Me acordé de Rafaela, y compré 3 sobres de semillas de flores; me costaron 1,47 euros.

No puedes imaginar la cara que puso cuando se las di. Primero fue la sorpresa, porque lógicamente no se lo esperaba; y luego, la alegría. Las personas de más de 70 años que conozco no suelen estar muy alegres, pero ella se puso contenta de verdad. A la mañana siguiente me llamó para decirme que ya tenía preparadas las macetas para sembrar. Y por la tarde hablé con su hija, y me contó que habían estado sembrando juntas y que su madre se veía muy animada.

Así que primero se llevó una sorpresa, luego se puso contenta, después estuvo animada. Y a partir de ahora, cada mañana, saldrá al jardín para observar los nuevos brotes. Cuando florezcan, se sentará en su vieja silla de siempre a contemplarlas.

Sorpresa, alegría, animación, expectativa, placer… por 1,47 euros.  Si me hubiera comprado algo de 50 euros para mí, no me sentiría tan satisfecha. A veces, tenemos que salir de nosotros mismos y mirar alrededor… A veces, la felicidad no está en recibir, sino en dar.


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Lo que he aprendido de las metas

como agua que fluye

Ponerse metas parece muy sencillo. De hecho, seguro que cada día nos planteamos varias, del tipo: “no vuelvo a comer merengues en mi vida” (porque te cenaste una docena y has pasado una noche de perros). O “de hoy no pasa; esta tarde sin falta me pongo y ordeno/clasifico todas las facturas desde 2001”. Pero se pasa la tarde y no te acuerdas siquiera de las facturas. O piensas “total, si llevan ahí desde 2001, bien pueden esperar un poco más”.

Ponerse metas es sencillo. Lo difícil es hacerlo bien…

Cansada ya de fracasar una y otra vez, me puse a leer acerca de las metas y los objetivos; y con todo lo que aprendí en decenas de lecturas me he elaborado mi propio “manual de metas”. ¿Quieres saber lo que aprendí? Sigue leyendo.

  • Las metas tienen que ser POCAS. En algún sitio he leído que media docena está bien, pero yo las considero demasiadas. Por mi experiencia, dos o tres está más que bien.

  • Las metas tienen que estar bien claras, así que tendrás que tomarte un tiempo para pensar qué es lo que realmente quieres conseguir. Está bien que te propongas “ser feliz”, pero es un propósito demasiado vago e impreciso. Concreta más.

  • Las metas deben ser simples y detalladas. O, dicho de otra forma, debes fraccionar cada meta todo lo que puedas, hasta convertirla en una serie de pequeños pasos que sean fácilmente asumibles. Si quieres perder 20 kilos, plánteate 20 etapas o mini-metas de un kilo cada una. Y concéntrate en la mini-meta actual, no en el conjunto. Decir “perder 20 kilos” suena bastante difícil, pero pensar en un solo kilo parece perfectamente realizable. Otro ejemplo: “quiero escribir un libro sobre tal tema”. En principio, escribir un libro puede parecer una tarea fuera de tu alcance; pero todo consiste en plantearlo bien.

  • Las metas deben plantearse en positivo. No digas: “no comeré más chocolate” porque enseguida te darán ganas de atracarte. Plantéalo como “llevaré una dieta más sana”. Usa frases positivas, que resulten motivadoras, y no negativas o prohiciones.

  • Las metas deben ser realistas. Decir: “voy a perder 20 kilos en un mes” es sinónimo de fracaso. Una cosa es tener confianza en ti mismo, y otra muy distinta ser un iluso.

  • Las metas deben tener una fecha tope para su realización. Como dije antes, hay que ser lo más preciso que se pueda. No digas: “quiero escribir un libro sobre tal tema” sino “escribiré un libro sobre tal tema antes de fin de año”. Al decir “escribiré” en vez de “quiero escribir” le indicas a tu cerebro que pase a la acción y no se quede en el simple deseo. Y le pones un plazo tope: el final del año.

  • Elabora metas a corto, medio y largo plazo y ve revisándolas periódicamente. Para ello, importantísimo:

  • PON TUS METAS POR ESCRITO. Ya sabes aquello de “lo escrito, escrito queda; las palabras, el viento se las lleva”. Algunos recomiendan escribirlas en un póster o cartel grande y ponerlas en un lugar visible, para recordarlas continuamente.

  • Por cada meta importante lograda, concédete un pequeño premio o compensación.

  • Lo más importante de todo: EMPIEZA YA. No lo dejes para mañana, el lunes o la semana que viene. Para tomar un poco de impulso, empieza por algo fácil que puedas conseguir sin demasiado esfuerzo. Estos pequeños logros se convierten en “experiencias de éxito controlado” que te ayudarán a seguir adelante y a ganar confianza en ti mismo y en tus capacidades.


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¿Perseverar? ¿Eso qué es?

En 2005 visité a una psicóloga varias veces por mis problemas de ansiedad. En una de las sesiones estuvimos hablando acerca de los aspectos de mí que no me gustaban y me hacían sentir mal. Y salió el tema de las miles de cosas que comienzo y nunca termino.

Le expliqué eso, que tengo tendencia a empezar muchas cosas y luego no terminarlas. Ella me pidió que le pusiera ejemplos, y yo le puse un par de ellos que recordé en ese momento. Opinó que no eran tantas cosas, al fin y al cabo, sino sólo dos.

Pero no eran sólo dos, claro. Desde que terminé la universidad, hace ya 15 años, puedo nombrar montones de cosas que me he propuesto hacer y sólo he empezado: aprender francés, alemán y esperanto; leer una serie de clásicos de la literatura que yo misma elaboré; tener una tienda online (esto lo hice brevemente, aquí está la prueba); crear y mantener un blog (y tuve varios, por ejemplo este, que duró muy poquito); comer más sano; cuidarme más. Y miles de propósitos más que no llegaron a nada.

En unos casos porque no me interesaban lo suficiente (por ejemplo, aprender esperanto). Otros, porque requerían demasiado esfuerzo. Otros, porque me aburrían nada más empezarlos. Soy experta en buscar excusas para todo, y también en culparme.

Otro de mis motivos de insatisfacción en 2005 era la sensación de no controlar mi propia vida. La psicóloga me preguntó: “¿Quién crees tú que la controla?” y yo respondí: “Nadie. Mi vida simplemente transcurre, un día tras otro, y yo estoy ahí pasando el tiempo”.

He tardado más de 7 años en darme cuenta de lo que significaba aquello en realidad: yo no tenía metas, ni objetivos, ni expectativas. Desde que hice este descubrimiento, he leído y estudiado mucho acerca de las metas y su realización. Si te pasas por aquí mañana, te cuento todo lo que he aprendido.