Método Pominola

¿De verdad lo has elegido tú?

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Mi mejor amiga durante los años de instituto se llamaba Isabel, y tenía una hermana dos años mayor llamada Natalia que también era amiga mía.

 

Isabel era una chica buena y apacible, dócil, tranquila y un poco lenta. Nunca la vi nerviosa o acelerada; transitaba por la vida con aparente paz y sosiego. Natalia era todo lo contrario: un genio vivo, un rabo de lagartija, un par de ojos siempre fuera de las órbitas. Nerviosa y locuaz, hiperactiva casi. Se llevaban muy bien, y para Isabel, Natalia era un referente o ejemplo a seguir. No es que ella lo dijese así de claramente, pero se notaba que quería imitarla en todo. Quizá lo hacía sin darse cuenta.

 

Con el tiempo, me percaté  de que Isabel casi siempre comenzaba sus frases diciendo: “mi padre opina…”, “mi hermana cree…”, “mi madre piensa…” . Creo no era consciente  de ello. Natalia no hablaba así, desde luego; era tan arrolladora en su conversación como en todo lo demás.

 

Cuando terminamos el instituto, Isabel decidió estudiar la misma carrera que estaba haciendo su hermana. Repitió el segundo curso igual que ella, aunque habría podido evitarlo. Al terminar la carrera, hizo las mismas oposiciones que su hermana para optar a un puesto de trabajo del mismo tipo.

 

En el trabajo conoció a un chico, como le había pasado unos años antes a su hermana, y se casó con él. En la misma iglesia, el mismo mes del año, a la misma hora y con un vestido del mismo diseñador que su hermana. Quiso celebrar la cena en el mismo lugar, pero no pudo ser porque había sido reservado por otra pareja. Le propuso a su marido ir de luna de miel a la misma capital europea a la que había viajado su hermana años antes, pero él prefirió otro destino.

 

Natalia había tenido ya dos hijos, de modo que es fácil suponer cuál era el siguiente paso para Isabel. Pero aquí se le cruzó la biología.

 

La última vez que hablé con Isabel fue hace más de 3 años. No teníamos mucho contacto, pero al menos nos llamábamos por navidades y fechas significativas.  En su última llamada, me preguntó por mi embarazo; yo esperaba mi segundo hijo para el mes siguiente. No sé si escuchó lo que le dije; me contó que acababan de hacerle un legrado y que llevaba ya varios abortos espontáneos, de pocas semanas. Trataba de hablar con naturalidad, con su serenidad de siempre, pero el desgarro estaba ahí.

 

De vez en cuando tengo noticias de ella, a través de terceras personas, y sé que aún no lo ha conseguido. Quizá se haya rendido ya, o puede que siga luchando por ¿su? sueño.

 

No sé si realmente es SU sueño, o sólo el reflejo del sueño de su hermana mayor. Nunca hablamos de tener hijos, ni de formar familia. Éramos demasiado jóvenes.

 

En los últimos meses me he acordado muchas veces de ella, y he sufrido por el dolor que imagino que estará padeciendo. Pero no puedo evitar preguntarme si DE VERDAD ella quiere tener hijos, o si sólo está siguiendo el patrón trazado por Natalia. Lo ha hecho durante tanto tiempo, que debe de resultarle difícil distinguir qué es lo que realmente desea ella.

 

Esto me hizo reflexionar sobre mi propia vida. Nunca me han gustado los niños, ni los bebés, pero desde los 13 o 14 años he sabido que algún día tendría hijos. No me preguntes el motivo, porque no tengo ni idea; simplemente lo deseaba, o PENSABA QUE LO DESEABA. Hay una gran diferencia.

Tras darle muchas vueltas, he llegado a la conclusión de que creía desearlo. Porque eso era lo que mi madre pensaba que debían hacer las mujeres: parir hijos y dedicarles la vida entera.

 

He tardado 39 años en ser consciente de esto: tuve a mis hijos para complacer a mi madre, para hacer lo que ella creía que era lo correcto. Para cumplir su deseo, no el mío.

 

Mi hermana decidió hace mucho que no tendría hijos. Mi madre no lo comprende: “¿Pero por qué? Si TODAS las mujeres quieren tenerlos. Algunas se llevan años intentándolo.”

Una amiga de mi madre opina que mi hermana actúa así por egoísmo, porque quiere disfrutar de la vida en vez de sacrificarse por un hijo. Ella tuvo cuatro hijos “para que la cuidaran cuando fuera vieja”. ¿Quién es más egoísta? ¿Es egoísta querer disfrutar de tu propia vida? ¿Es obligatorio tener hijos?

 

Ahora yo te pregunto: ¿estás segura de haber elegido tu propio camino, o estás recorriendo el camino marcado por otro?

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

Y tú, ¿qué opinas?

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