Método Pominola

Dando palos de ciego a la depresión

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En mi familia conozco dos casos de depresión. El primero fue el de mi madre, que tuvo depresión posparto tras nacer su primogénito, un bebé muy deseado. Me ha contado muchas veces la historia de terror de su parto (dio a luz en casa, en su cama, que era lo que se acostumbraba entonces). Dolores tremendos, gritos, desgarros y demás. Pero dice que eso no fue nada con lo que vino luego: la depresión.

Se sentaba en una silla en el pasillo de casa, frente a la puerta abierta, para ver a la gente pasar. Lloraba todo el tiempo, sin descanso, mientras miraba hacia la calle. No se ocupaba del bebé, ni de la casa, ni por supuesto de ella misma. Sólo lloraba desde la mañana a la noche, sentada frente a la puerta.

El segundo caso es también de una persona muy cercana. La depresión llegó sin avisar, sin motivo aparente, y la postró en una cama. Quince días llorando, sin comer ni dormir, sin poder ni hablar, queriendo morir. Ocho kilos menos en aquellas dos semanas de agonía. Finalmente consintió en visitar a un médico, y el  diagnóstico fue: principio de depresión leve.

Principio de depresión leve. Eso dijo. Y yo pensé:  si esto es un princpio de depresión leve, ¿cómo será una depresión “normal”, o grave?

Siempre he pensado que yo era “indeprimible”, que para sufrir depresión debías responder a un cierto tipo de personalidad, a un “patrón” que te hacía más propenso; y yo no me ajustaba a aquel patrón. Por eso me ha sorprendido comprobar que durante los últimos 6 años he estado deprimida sin saberlo. Pensé que las personas deprimidas se pasaban el día gritando “quiero morirme”, y yo jamás he dicho tal cosa… Desde que nació mi hija, ni siquiera me he sentido libre para desear morirme. Me debo a mis hijos: así me lo enseñaron. No puedo ni debo desear la muerte hasta que ellos sean mayores y autosuficientes.

Mi maternidad la he vivido así: como una losa que me aplasta y me roba mi libertad. Me doy cuenta ahora, pero durante seis largos años he vivido para otra persona que no era yo, y en ese camino tortuoso me he ido difuminando hasta casi desaparecer. Me miro y no me reconozco, soy una extraña para mí misma. De repente me llega un recuerdo vago, como un fogonazo, de algo que yo solía hacer en otro tiempo; algo que disfrutaba, que me hacía sentir viva. Y me pregunto: ¿cuánto tiempo hace que no pintas/lees/coses/dibujas/inventas algo? ¿por qué dejaste de hacerlo? Y no tengo respuesta.

Los últimos seis años son un borrón en mi memoria, una mancha difusa, un desierto yermo en el que se oye: cuando los niños sean mayores… cuando recupere mi vida… cuando tenga tiempo para mí otra vez…

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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