Método Pominola

La pasión prestada

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Se llamaba Antonio.

Bueno, aún se llama así, pero hablaré de él en pasado porque hace casi 20 años que no le veo y supongo que no volveré a verle nunca. Forma parte (indisoluble) de mi pasado.

No sé si lo he leído en alguna parte, o quizá lo dijeron en una película, aquello de que en la vida de toda persona hay un profesor especial que marca una diferencia.

En mi caso, fue él. Fue mi profesor de física y química en el instituto y me regaló el primer suspenso de mi vida. En el colegio fui una alumna ejemplar, siempre la primera de mi clase, y en primero de bachillerato tuve varias matrículas de honor, incluida la de matemáticas. Pero llegué al segundo curso y me encontré con él, que tenía enamoradas a todas las niñas (y quizá alguna profesora) del instituto.

En cuanto le oías hablar, entendías porqué. No he conocido nunca en mi vida a nadie tan especial, y aunque entonces no comprendía qué era lo que le diferenciaba del resto, ahora lo veo con claridad.

La pasión.

Ponía pasión en todo lo que hacía. Tenía intereses muy diversos, aparte de la ciencia, y se entregaba a ellos con una alegría y una ilusión desbordada. Era imposible hablar con él y no contagiarte de su entusiasmo; todo que él contaba estaba pintado de brillantes colores, lo mismo daba que fuera una reacción química o la ley de gravitación universal.

Como ya he dicho, en la primera evaluación suspendí (sólo aprobaron unos pocos, quizá tres o cuatro).  El primer suspenso de mi vida. Me sentó fatal, como si fuese el fin del mundo, y lo peor de todo fue la reacción de mis padres:  “bueno, te tendrás que apuntar a clases particulares”. Ni siquiera me dieron una oportunidad de comprobar si podía hacerlo yo sola.

Naturalmente, no fui a clases particulares. Creo que saqué de la biblioteca del instituto todos los libros de problemas de física que había. Resolví cientos de ejercicios, y ya nunca saqué menos de sobresaliente. Años más tarde me licencié en químicas, y fue por él. Quise hacer mía su pasión, robársela, pensando que así viviría y sentiría tan intensamente como él. Pero no funcionó. La pasión no funciona así.

Ayer pensaba en esto por enésima vez (la elección de mis estudios universitarios, y el motivo) y me acordé de una película, Lo que el viento se llevó. El momento cuando Ashley le dice a Escarlata (nada de Scarlett, para mí será siempre Escarlata) que la ama porque “tienes una pasión por la vida de la que yo carezco”. No sé si son las palabras exactas que dice, pero lo mismo da. Es justo lo que a mí me pasaba con Antonio: le envidiaba su pasión por la vida, su entusiasmo, su energía. Yo jamás he sentido algo igual. Todo en mi vida ha sido tibio y mesurado.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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