Método Pominola

La contadora de historias

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Me acuerdo de la parra.

En el patio de la casa de mis padres había una parra. Salías de la cocina al patio encalado, y a la derecha de la puerta brotaba el tronco retorcido. Mi madre lo había fijado a la pared, obligándolo a trepar hasta una red de alambres perfectamente cuadriculados en los que se enroscaba una y otra vez.

Si te digo que en verano nos sentábamos a comer higos a la fresca sombra de la parra en el patio de mis padres, suena muy bien. Suena a una casa en la toscana.

En realidad, la parra estaba llena de pequeños insectos que se comían las uvas, chiquititas y verdes y un poco ácidas. Mi padre espolvoreaba la parra con azufre. O quizá era mi madre quien lo hacía. Recuerdo el color amarillo del azufre. Recuerdo que en verano nos sentábamos bajo la parra, después de merendar, y mi madre nos contaba historias. Las historias de nuestra familia.

Mi madre tiene un talento especial para contar historias, o más bien lo tenía. La edad ha hecho estragos en su memoria. Pero hace 30 años, cuando yo era una niña, mis hermanos y yo nos sentábamos a su alrededor a escuchar la historia de mi abuelo, que emigró a Cuba en busca de una vida mejor y sufrió calamidades. Y que regresó a España buscando tranquilidad justo antes de comenzar la guerra civil.

Historias de bebés que morían a causa de una diarrea prolongada. De hombres que desaparecían dejando mujer e hijos tras de sí. De leyendas familiares que incluían crímenes, robos, fugas.

Mi madre era una gran contadora de historias porque siempre te quedabas con ganas de saber más. Entonces no lo sabía, pero ella “adornaba” un poco las historias para hacerlas más interesantes; y “rellenaba” los huecos y lagunas como mejor podía. A fuerza de repetir la misma historia y los mismos añadidos de su propia cosecha, se terminó creyendo (y nosotros también) que las cosas habían ocurrido realmente así.

Contaba las historias de un modo tan vívido y emocionante, que yo me imaginaba en el barco camino de Cuba, en una travesía larguísima y llena de incomodidades. Y pensaba que algún día escribiría aquella historia, para que mis hijos pudieran disfrutarla tanto como yo.

Pasaron los años y las décadas y las historias seguían ahí, esperando; y ocurrió una cosa muy curiosa que no me esperaba en absoluto.

En 2006, cuando tenía 32 años, nació mi hija. No sé a las otras madres, porque nunca he hablado con nadie de esta tema, pero a mí me ocurrió que no dejaba de pensar en el futuro. En el futuro de mi hija. En cómo serían las cosas cuando ella tuviera mi edad. La imaginé haciéndome las mismas preguntas que yo le hacía a mi madre de pequeña: “¿cómo era tu colegio?” o “¿a qué jugabas con tus amigas?”

Entonces me di cuenta de que, cuando mi hija tenga 32 años, mi madre ya llevará muchos años muerta y no podrá contestar preguntas. Si yo no recojo todas esas historias, si nadie lo hace, se perderán para siempre. Mis abuelos, a los que mi hija no ha conocido, se convertirán en nombres y fechas en un papel. En rostros descoloridos en fotos viejas que se han ido apagando con el tiempo.

De algún modo, sentí que debía preservar el pasado para dárselo a ella, a mi hija. Como un legado o una herencia que debe transmitirse a fin de no desaparecer. Así, al mirar al futuro me di cuenta de que debía regresar al pasado.

Desde 2006 estoy elaborando mi árbol genealógico y recogiendo las historias y leyendas familiares. Es mi única pasión verdadera.

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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