Método Pominola

¿Quién soy?

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Ni idea.

De verdad, no tengo ni idea.

 

¿Qué es lo que ocurre cuando una se da cuenta de que lleva toda su vida (39 años) viviendo la vida que los demás esperaban que viviera?

 

¿Qué cara se te queda cuando te das cuenta de que tus deseos más antiguos y profundos no eran tuyos, en realidad, sino que alguien los había infiltrado allí?

 

¿Qué haces cuando ves que todos tus esfuerzos por agradar, por hacer lo “correcto”, no han servido para nada?

 

¿A dónde te agarras cuando tus creencias más arraigadas se tambalean, cuando te falla aquello en lo que confiabas ciegamente desde niña? Cuando todo lo que era conocido y seguro desaparece, te quedas sin asideros y sin ancla. Te vas a la deriva, te quedas al pairo. Y duele.

 

Ya lo creo que duele. Duele tanto que al principio no reaccionas, te quedas encogida esperando que pase todo y regrese la normalidad, la tranquilizadora normalidad. Pero eso no ocurre, y empiezas a sentirte enfadada y rabiosa. Te sientes traicionada. Has hecho todo lo que tenías que hacer, todas las cosas “correctas”, lo que la gente esperaba de ti. No te has salido del camino en ningún momento, pero ahora ya nada de eso cuenta. No importa una leche nada de lo que has hecho; lo importante es lo que queda por hacer. Se te seguirá evaluando, controlando, mirando con lupa; es tu vida pero debes vivirla según unos cánones que no son los tuyos. Son los de tu madre. O mejor dicho, los que su madre le inculcó a ella hace 70 años.

 

Cuando te das cuenta de esto (que no es fácil, porque te han estado inoculando montones de pensamientos y creencias desde que naciste) reparas en que ya no sabes quién eres.

No sabes dónde empiezas tú y dónde acaban los demás. No sabes qué pensamientos son realmente tuyos y cuáles no… Es como una especie de alienación. Tu madre (y tu padre) se entretuvieron durante tus primeros años de vida en meterte cosas en la cabeza; cosas que ahora te estorban pero no sabes cómo desprenderte de ellas. Porque en muchos casos, ni siquiera sabes que ellos las pusieron ahí. Piensas que son ideas originales tuyas, que se te ocurrieron a ti o las aprendiste de algún modo por ti misma.

 

En 2012 hubo un acontecimiento en mi familia más próxima (padres y hermanos) que marcó un antes y un después.

 

No fue algo demasiado grave, en realidad. Una situación inesperada, nada más. Yo estaba segura de saber cómo reaccionaría cada miembro de la familia, y me equivoqué estrepitosamente. Sobre todo, con mi madre.

 

En 6 meses, mi vida se puso patas arriba; nada era como tenía que ser. Nadie hacía “lo correcto”, lo que “debía hacer”, salvo yo. Y se me miraba mal por ello. No entendía nada, y no podía creer que aquello estuviera pasando. No a nosotros, a mi familia. Esas cosas les pasan a los otros, a las familias que no están unidas.

 

Cuando todo terminó (tan abruptamente como había empezado) yo ya no era la misma. Una parte de mí se perdió entre febrero y agosto de 2012, y no quiero recuperarla. Me abrió los ojos de una forma que nunca hubiera imaginado, y ya me es imposible volver a cerrarlos.

 

Los cimientos de mi vida, aquello en lo que me había apoyado desde niña, se ha venido abajo. Ahora tengo que volver a construirme a partir de los escombros, pero aprovechando solo las partes útiles y desechando las demás.

 

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Autor: Conchi

Eternamente enredada en ideas y palabras. En búsqueda permanente de mí misma.

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