Método Pominola


1 comentario

Cosas (erróneas) que me enseñaron de pequeña

 

Una frase que me martillea el cerebro desde que tengo uso de razón es aquella de “Primero es la obligación, y después la devoción”. Es decir, primero hay que cumplir con los deberes, y luego ya te puedes divertir.

La frase está bien cuando tienes 8 años y “la obligación” se reduce a media hora de deberes diarios. El problema viene cuando eres adulta, tienes una pareja e hijos (o no), un trabajo y una hipoteca. ¿Qué ocurre entonces? Pues que la diversión nunca llega, porque las 24 horas del día están llenas de obligaciones. No sólo falta tiempo para la diversión, sino que el tiempo no cunde para responder a las obligaciones. Te pasas la vida corriendo de un lado a otro para llegar a todo, y no llegas.

Durante muchos años he observado fielmente esta enseñanza que recibí de pequeña, de manera que la mayoría de las veces me he sentido culpable por divertirme. Porque aún tenía obligaciones que cumplir, y en lugar de eso salía a tomar algo o me sentaba en el sofá a leer o mirar la tele.

Solía ponerme tareas del tipo “cuando tenga la casa limpia de arriba a abajo, me tomaré un fin de semana entero para mí”. Resultado: la casa nunca estaba limpia del todo (tal cosa es una utopía) y yo no podía recompensarme. Me pasaba el fin de semana pensando, amargada, que tendría que haber limpiado más, o más rápido, o de modo más eficiente.

Si me liaba la manta a la cabeza y me recompensaba de todas formas, me pasaba el fin de semana recriminándome por mi falta de firmeza y mil cosas más.

No seas cruel contigo misma. Si tú misma te maltratas, ¿quién te va a cuidar?

Aprende a distinguir qué obligaciones son realmente inaplazables. El resto, que se pongan a la cola; y mientras, tú, dedícate a disfrutar, que te lo mereces tanto como el que más.


Deja un comentario

Eres un recipiente

 

Yo también lo soy. Y como recipientes que somos, tenemos una cierta capacidad; no cabe todo.

Esto lo he descubierto hace poco, cuando me sentía llena de sentimientos negativos (resentimiento, ira, frustración y tantos otros).  Rezumaba negativismo por todos lados, y no dejaba entrar nada más.

Un día me cansé, o más bien exploté, y decidí que ya estaba bien de lamentarme. Que iba a hacer cosas agradables en vez de pasarme las horas pensando en todo lo malo que había en mi vida.

Conforme iban entrando cosas buenas, las malas salían porque no había sitio para ellas.  Así fui recuperando mis viejas aficiones: leer, dibujar, oír música, estudiar. Cada actividad agradable que hacía desplazaba a un pensamiento negativo y finalmente lo expulsaba. Llegó un momento en que el resentimiento se había ido, y pude perdonar. No tuve que forzarme a hacerlo: fue sencillo porque el rencor ya no estaba. Es difícil sentir rencor, o ira, cuando llenas todos tus días de momentos placenteros. Poco a poco se van diluyendo sin que tengas que luchar contra ellos. Si te esfuerzas en luchar, no haces más que magnificarlos porque les concedes más importancia y tiempo del que merecen.

Ignóralos. No pierdas más tiempo y energía torturándote con ellos. Cuando te des cuenta, se habrán ido.


Deja un comentario

Amor de madre

Amor de madre

El jueves recibí una carta de mi amiga Sonia, que es alemana. La conocí hace más de 10 años a través de un club de amigos por correspondencia (pen friends, se llamaba). Nos escribimos regularmente desde entonces, y en este tiempo ambas nos hemos casado y hemos tenido 2 hijos cada una.

 

En esta carta me explicaba que su madre murió el mes pasado, de forma repentina, y está destrozada. No creo que nadie esté preparado para algo así, aunque todos sabemos que ha de ocurrir algún día.

 

Recuerdo vagamente a mi abuela materna. Yo tenía 8 años y ella se había quedado ciega a causa de la diabetes, así que se consumía de aburrimiento y de tristeza. Cuando mi hermana y yo volvíamos del colegio, mi madre nos mandaba a darle un beso a la abuela, que vivía en un apartamento independiente en nuestro propio patio. No recuerdo si mi hermana protestaba o no, pero yo iba a regañadientes. La casa de mi abuela olía raro, como ella, y no me gustaba el olor. Le daba el beso y salía corriendo, una vez cumplido el trámite.

 

Ahora lloro mientras escribo esto, pensando en cómo debía sentirse ella. Poco después murió, también de forma repentina; recuerdo a mi madre llorando en la cocina con la ropa de mi abuela entre las manos.

 

Mañana hospitalizan a mi madre para hacerle unas pruebas. Está enferma desde hace años y se deteriora rápidamente, se va quebrando como un trozo de papel quemado.

 

Cuando las personas se van, ya NUNCA regresan. No las recuperamos. Si tienes algo que decir a un ser querido, acuérdate de hacerlo antes de que sea tarde.


2 comentarios

Hazlo lo mejor que puedas

Eso solía decirme mi madre cuando yo era una niña, refiriéndose a los temas escolares. Quería decir: “no necesito que saques un sobresaliente, sólo que lo hagas lo mejor que puedas”.

En teoría está bien. Pero a mí nunca me sirvió, porque no es objetivo. Si te propones sacar un sobresaliente y lo sacas, es una meta que claramente has conseguido; pero ¿cómo sabes que lo has hecho lo mejor que podías?

Eso me ha ocurrido este fin de semana. Asistí a un curso en el que me tocó hacer un ejercicio práctico que consistía en hablar unos minutos en público. Delante de unas 50 personas.

Obviamente, ninguno de los asistentes se ofreció voluntario; todos nos removíamos inquietos en los asientos temiendo que nos tocara salir. Y me tocó a mí.

El nerviosismo me duró unos segundos, y luego hice lo que pude . No me salió del todo mal,  en ese momento pensé que lo había hecho bastante bien. Los compañeros y el profesor me dieron unas pocas indicaciones, pero coincidieron en que había estado bien.

Volví a mi sitio, más aliviada que satisfecha, y comencé a darle vueltas al asunto. A la media hora ya me sentía un poco mal. Conforme pasaban los minutos y las horas, me preguntaba porqué había dicho esto en vez de aquello, si obviamente era mejor y más apropiado. ¿Por qué no dije tal y cual? ¿Por qué me bloqueé durante unos segundos?

Ya no recordaba nada de lo que había hecho bien. Sólo lo que podría haber hecho mejor. “Hazlo lo mejor que puedas”. Yo no lo había hecho lo mejor posible.

¿Por qué tenemos que complicarnos tanto la vida? ¿Por qué no disfrutamos, simplemente, de las cosas que nos salen bien? ¿Por qué siempre tiene que ser perfecto, o mejor?


Deja un comentario

Atreverse

A veces decimos que queremos cambiar, pero que no podemos. En realidad, no nos atrevemos.

Podemos cambiar. Por supuesto que sí. Pero nos tenemos que atrever.

Ayer fui a cortarme el pelo, para ponerme un poco presentable. He pasado meses y años sin cuidar lo más mínimo mi aspecto, y hubo un tiempo en que la sola idea de cepillarme los dientes se me hacía un mundo.

Pues eso, que estaba allí y la peluquera me dijo:  “¿Nunca te has dado un baño de color? Para variar un poco.”

Lo he pensado muchas veces, lo de cambiar el color de mi pelo, pero nunca me he atrevido. ¿Y si no me gusta como queda? ¿Y si me veo rara?

Cuando empezó el año 2013 me hice un único propósito de año nuevo: obligarme a hacer cosas nuevas. Tanto da que sean grandes o pequeñas; de hecho, la mayoría serán pequeñas.

Durante muchos meses he estado leyendo libros de autoayuda de todo tipo, buenos y malos, intentando averiguar “el secreto” para recuperar mi autoestima. He leído que tienes que ponerte frente al espejo y decirte cosas bonitas, decirte en voz alta que te quieres y te aceptas y todo eso. Lo intenté pero me sentía rara.

Leí acerca del niño interior, hice las meditaciones y lloré a mares durante horas. Lloré hasta creí que me había secado por dentro, y entonces volví a llorar.

Leí sobre las afirmaciones positivas y las creencias limitantes; sobre el perdón y un millón de cosas más. Y un día me dije que ya estaba bien de tanto leer, que había que ACTUAR.  Y decidí obligarme a hacer cosas.

Hace unas semanas recorrí casi 500 kilómetros para asistir a las clases de un curso que hago a distancia. He hecho ese mismo viaje muchas veces, pero la última vez fue hace varios años y no iba sola. Me sentí extraña y un poco perdida; pero todo salió bien. Las clases fueron aburridas y cansadas, no me parecieron muy productivas pero me dio igual. Había ido yo sola, había planeado todo aquello como una prueba y la había superado.

Ayer me cambié el color del pelo (no demasiado, para ir poco a poco) y me veo bien.

En Septiembre me inscribí al gimnasio y fue un subidón de moral…

Ahora ya sé cuál es el secreto de la autoestima:  HACER COSAS. Grandes o pequeñas, fáciles o difíciles. Tú sola o con compañía. Hacerlas por ti misma. Y felicitarte por ello.

 


Deja un comentario

Y cielos grises

Mi color favorito

 

Cuando tenía 12 años, unos familiares de mi padre que vivían en Estados Unidos me enviaron un regalo. El mejor de mi vida, creo yo, porque han pasado 27 años y todavía me emociono al recordarlo.

 

Una caja de lápices de colores. Pero no unos lápices cualesquiera, no. Una caja enorme de lápices de colores de la marca Prismacolor, que no creo ni que se conociera en España. Acuérdate de que entonces no teníamos internet, y todo estaba lejos y era desconocido.

 

La caja era negra y estaba articulada para que al abrirse se quedara de pie, mostrando dos niveles de lápices de colores que yo jamás había visto antes. Todos tenían un código y un nombre, grabados en el extremo opuesto a la punta. Aún conservo dos o tres de aquellos lápices, pequeñitos y gastados; cuando los tengo entre los dedos es como si viajara en el tiempo.

 

Hace algún tiempo, cuando andaba perdida y sin rumbo, compré un puñado de lápices Prismacolor a través de ebay. No sabía muy bien porqué, pero necesitaba tenerlos. Ahora me doy cuenta de que, como no sabía qué camino tomar, decidí retroceder hasta el refugio seguro de mi infancia.

 

Cuando los lápices llegaron, contuve la respiración mientras desenvolvía la caja. Eran los mismos, aquellos que me regalaron, y de repente tuve 12 años otra vez. ¿Quién ha dicho que no se puede viajar en el tiempo?

 

Tenía 12 años otra vez y no era feliz. Hace pocos meses que he recordado (o aceptado, o comprendido) que no fui una niña feliz; estaba demasiado ocupada intentando ser perfecta para que me quisieran. Pero mientras acariciaba los lápices, si bien no era feliz, al menos me sentía satisfecha.

 

De vuelta a los treinta y tantos años, examiné el contenido de la caja con reverencia, casi podría decir que en éxtasis; pero no estaba allí. Mi color favorito no estaba.

No recuerdo su nombre. No era gris, ni azul; tenía el tono exacto del cielo justo antes de una gran tormenta. Ahora me doy cuenta de que era un color que presagiaba horas frías e inhóspitas, no era un color tranquilizador y sin embargo a mí me llenaba de calma.

 


1 comentario

Árboles desnudos

 

Esta tarde he salido a un recado y me he sorprendido a mí misma. Llevaba mucho tiempo ya (años) sumida en una especie de letargo, un vivir a medias donde no era muy consciente de nada. Como cuando vas con el piloto automático y no te detienes a contemplar las cosas… Algo así como mirar la vida a través de una lente desenfocada o sucia. No ves más que bultos y formas confusas, sin detalles, sin colores, sin vida.

 

Iba caminando tranquilamente, sin prisas, y sin darme cuenta me he fijado en los árboles desnudos. Me gustan los árboles cuando están así, desnudos, y entre las ramas se pueden ver retazos de cielo. Un árbol con hojas es más vistoso, más bonito quizá, y está lleno de vida; pero me angustia pensar en lo que puede esconder entre su follaje. A ver, no es que tenga fobia a los árboles frondosos; no paso corriendo junto a ellos ni me santiguo ni nada parecido. Pero un árbol desnudo me da una sensación como de paz, porque se ve claramente todo lo que hay en él. No esconde nada, no hay secretos ni cosas ocultas. Es sólo un tronco erguido y ramas que se alejan de él, puro y sin artificio.

 

A lo mejor piensas: “Ya, ¿y qué? No es más que un árbol. ¿Tanta historia por un árbol?”

Pero no es sólo por el árbol. Es porque en los últimos meses he pasado muchas veces por ahí, y nunca miré hacia arriba para comprobar si los árboles estaban desnudos o no. He vivido anestesiada, aletargada o como le quieras llamar; y el darme cuenta de ello ha sido como despertar. Una lucidez repentina, deslumbrante, cegadora. Allí estaban, delante de mí, todos aquellos árboles desnudos, los colores, los sonidos. La vida, al fin y al cabo.